31.1.08

¿El primer sociólogo de la historia?

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En esta biografía de Ibn Jaldún la Organización Islámica Argentina, da elementos para considerar a Ibn Jaldún, como el padre de la Sociología, o el primer Sociólogo de la Historia. Ives Lacoste, en una cita al final de esta biografía, lo reputa como el iniciador de la ciencia de la Historia. También otros lo reputan como el primer economista y sus observaciones sobre el sistema de precios en su época atestiguan su aporte científico. Ciertamente la Sociología, la Historia y la Economía son ciencias sociales muy próximas y en su origen, no estan diferenciadas en el pensamiento científico. En la actualidad cada una de ellas tiene un cuerpo teórico propio, sólido, con sus teorías, leyes y categorías; pero también, paradójicamente, están más separadas pero más unidas, todo hecho social es un hecho histórico y la esencia de los hechos sociales se basa en los intereses económicos. De ser así, la presencia de Ibn Jaldún conforme lo descrito en esta biografía, es justificada.

Véase completa en:

http://www.organizacionislam.org.ar/articulos/ibnjaldun.htm

1406 - 2006

SEXTO CENTENARIO DE LA DESAPARICIÓN FÍSICA DE IBN JALDÚN

EL PADRE DE LA SOCIOLOGÍA MODERNA

Ibn Jaldún, un precursor del historiador moderno

Por el Prof. Ricardo H. S. Elía (Codirector del Instituto Argentino de Cultura Islámica)

«El futuro y el pasado se parecen como dos gotas de agua»

Ibn Jaldún

«Estudiar la obra de Ibn Jaldún no es volver la espalda a nuestro tiempo, sino más bien, hacer avanzar el análisis de las causas profundas de nuestros grandes problemas actuales».

Yves Lacoste

Hace seis siglos se manifestaba por primera vez una concepción científica de la historia. El hecho ocurrió en el mundo islámico y el honor cayó sobre el erudito Ibn Jaldún. Fue contemporáneo del infatigable viajero tangerino Ibn Battuta, de Giovanni Bocaccio, el autor italiano de ‘El Decamerón’, y del tristemente célebre conquistador Tamerlán con quien tuvo un breve pero conflictivo encuentro.

Abu Zayd Abd ar-Rahmãn Ibn Muhammad Ibn Jaldún al-Hadrami vio la luz en Túnez el 27 de mayo de 1332, en un mundo culto y elegante, donde las fuentes murmuraban en los soleados patios y la música, los libros y el sosiego meditativo alternaban con los asuntos de estado, siempre interesantes pero no exentos de peligros.

Su familia, oriunda de la Arabia meridional (Hadramaut), había emigrado a España en el siglo VIII, durante los primeros años de la conquista musulmana, y se había radicado en la Sevilla (al-Isbiliyya) a orillas del Guadalquivir

Tres siglos más tarde, los Banu Jaldún eran los líderes políticos e intelectuales de aquella Sevilla dorada. En la mitad del siglo XIII, huyendo de los ataques castellanos, los orgullosos patricios de raigambre árabe pasaron al noroeste de África donde, merced a la influencia de sus amigos, pronto recuperaron riqueza y honores. El abuelo y el padre de Ibn Jaldún además de desempeñar cargos políticos en el gobierno hafsí (1) integraron cofradías místicas.

Tras el restablecimiento del puro monoteísmo por el Profeta Muhammad, hacia el 630, cuando los musulmanes entraron en La Meca, el Islam se extendió rápidamente más allá de las fronteras de la península arábiga, y siguió extendiéndose hasta mediados del siglo X, época en que llegó a su cenit al abarcar la mayor parte de la ecumene. Por el oeste llegaba hasta África del Norte y el Atlántico, las islas de Sicilia y Creta y casi toda España (con una posesión en la costa azul francesa). Por el norte, Siria, Armenia y las regiones del Cáucaso estaban bajo la dominación islámica, así como, más al este, Mesopotamia, Irán, Afganistán, la Transoxiana y parte de las llanuras del norte de la India.

Los horizontes culturales y geográficos de Europa estaban limitados en casi todos los sentidos por el Islam, que mientras las civilización occidental dormitaba en una profunda tiniebla, llegó a alcanzar el cenit de su prosperidad.

Pero hacia el siglo XII, la decadencia de la civilización islámica se había manifestado ya y, en la época de Ibn Jaldún, ofrecía un espectáculo de esplendor fatalmente marcado por el morbo de la desintegración. En sus años de grandeza, sin embargo, no sólo conservó encendida el Islam la antorcha de la sabiduría que Grecia alumbrara, sino que hizo valiosas contribuciones propias, en lo científico y lo espiritual.

Por aquel entonces los musulmanes cultivaban casi todas las artes, además de la navegación, el comercio y la arquitectura y transmitían al Occidente los frutos y técnicas de toda esa actividad. En ciencia y filosofía, los pensadores musulmanes no sólo conservaron todas las conquistas de los griegos sino que, en aspectos tan importantes como prácticos, perfeccionaron y desarrollaron todas las disciplinas enriquecidas por el genio de éstos, convirtiéndose así en nexo entre lo antiguo y lo moderno. El interés europeo por la obra de Aristóteles, por ejemplo, se despertó por primera vez a través del contacto con el pensamiento de Averroes, el filósofo, médico y juez cordobés.

Esta civilización dio al mundo eminentes eruditos, médicos, físicos, astrónomos y naturalistas. Los musulmanes perfeccionaron el cálculo aritmético y fundaron el álgebra y la trigonometría. Resulta más difícil definir la influencia literaria y puramente intelectual del Islam, ya que como ocurre con muchos estudios árabes, persas y turcos, en este caso los textos se perdieron hace siglos o no han sido todavía objeto del necesario análisis.

Hacia el siglo XII, la Europa occidental, latina y cristiana, comenzó a traducir y aceptar las obras de los eruditos musulmanes. Hacia mediados del siglo XIII, el mundo islámico y el Occidente estuvieron más unidos intelectualmente que nunca.

Sin embargo, a partir de la desaparición de la Sicilia arabizada de Federico II en 1250, y particularmente al caer el sultanato de Granada en 1492, se perdieron todos aquellos conocimientos orientales que no habían sido absorbidos ya. Mucho, felizmente, se había asimilado, y los musulmanes fueron objeto del mismo respeto que los griegos hasta que los métodos científicos modernos acabaron con las nociones de unos y otros. Precisamente en este aspecto de los métodos modernos, Ibn Jaldún, primero en tratar a la historia como objeto digno de una ciencia especial, fue un precursor asombrosamente prematuro, y cabe preguntarse cómo se adelantó tanto a su tiempo.

Los Banu Jaldún hicieron estudiar a Abd ar-Rahmãn con los mejores maestros del Magreb (Occidente musulmán) de su época. Él recibió una educación árabe clásica, estudiando el Sagrado Corán y la lingüística árabe, y las bases para la comprensión del Corán y la ley islámica (Shari’a), Ahadiz (narraciones sobre el modelo profético) y Fiqh (jurisprudencia). El místico y filósofo al-Abili lo introdujo en las matemáticas, la lógica y la filosofía. Así estudió la obra de Ibn Sina, Ibn Rushd, ar-Razi y at-Tusi.

A los 17 años, este hombre de múltiples talentos perdió a sus padres y a muchos de sus maestros durante la terrible epidemia de la Peste Negra (1348-1349).

La formación de un erudito musulmán se consideraba entonces como un proceso que tomaba la vida entera, y la escrupulosa lista que Ibn Jaldún hace de sus profesores es imponente. Pero al dar esta lista está presente al mismo tiempo sus credenciales académicas, de las que se deduce que su mente abarcaba un panorama muy vasto, por no decir enciclopédico, rehuyendo la especialización, rasgo que tiene especial importancia dentro de su obra.

África del Norte se dividía por aquel tiempo en tres reinos, en pugna unos con otros y desgarrados por luchas internas (2). La participación activa que tuvo en política permitió a Ibn Jaldún recoger el material que luego iría a servirle para su teoría sobre la grandeza y decadencia de las naciones.

A la edad de 20 años comenzó su carrera política en la Cancillería del soberano hafsí Ibn Tafrakin con el cargo de Kātib al-‘Alāmah, el cual consistía en escribir en una refinada caligrafía las típicas notas introductorias a los documentos oficiales. Ese mismo año, Abu Ziad, el sultán de Constantina marchó sobre Túnez y derrotó a Ibn Tafrakin. Ibn Jaldún, infeliz con tamaña suerte, siguió a su maestro al-Abili a Fes (Marruecos). Allí, el sultán meriní Abu Inan Faris (1348-1358) le otorgó una posición como calígrafo de proclamaciones reales. Sin embargo, en 1357 una desavenencia en la corte provocó que Ibn Jaldún (que por entonces tenía 25 años) fuese condenado con una larga sentencia en prisión. A la muerte de Abu Inan en 1358, su visir al-Hasan Ibn Umar lo liberó (luego de 22 aciagos meses en las mazmorras) y lo reinstaló con su cargo y honores en la administración de los Banu Marin (Meriníes).

Completamente insertado en el campo político, Ibn Jaldún conspiró contra el sucesor de Abu Inan, Muhammad II as-Said, con su tío exiliado, Abu Salim. Cuando Abu Salim tomó el poder le dio a Ibn Jaldún una posición ministerial, la primera que colmó las expectativas del noble tunecino.

Paradójicamente, después de la caída de Abu Salim (1359-1361), Abu Umar Tashfín, amigo de Ibn Jaldún desde hacía cierto tiempo, no le reconoció sus valores y tampoco le distinguió con cargo alguno. Al mismo tiempo, el ingrato reyezuelo le previno de no acudir a ningún tipo de alianza con los Abd al-Wadids de Tlemcén. Por esa razón, Ibn Jaldún creyó prudente cruzar el mar e irse a Granada.

Ibn Jaldún había rendido ya servicios al sultán nazarí, por lo que éste lo recibió fastuosamente enviándolo luego como emisario pacífico a ver al rey castellano Pedro el Cruel. Este fue el primero y único contacto directo del historiador con la Europa cristiana. Además, gracias a este viaje, Abd ar-Rahmán pudo visitar Sevilla, cuna de sus antepasados. Pero en 1365 estaba de vuelta en África del Norte, en Bugía, como primer ministro del sultán hafsí Abu Abdallãh. Éste había sido su compañero de prisión en Fes y lo recibió muy cordialmente.

Los nueve años que siguieron fueron, sin duda, los más inciertos en su azarosa carrera. En el complicado caos político de los reinos norteafricanos no resultaba fácil encontrarse siempre del buen lado. Constantemente se requerían sus servicios como juez, como funcionario y como político. Las exigencias de los príncipes y las intrigas de los rivales que sospechaban de él frustraban todos sus esfuerzos por tener un poco de paz, por gozar de un poco de contemplación.

Durante este período Ibn Jaldún llevó a cabo una aventurera misión para cobrar impuestos de las tribus beréberes locales que además le sirvió de mucho para sus estudios sociales.

Después de la muerte de Abu Abdallah en 1366, Ibn Jaldún cambió varias veces de lado con el nuevo gobernante de Tlemcén, Abu-l Abbãs. Años más tarde, éste fue tomado prisionero por Abd al-Aziz quien derrotó al sultán de Tlemcén y se hizo dueño del trono. Ibn Jaldún optó por entonces ingresar en una cofradía sufí y permanecer en una especie de retiro espiritual hasta que en 1370 fue llamado por Abd al-Aziz.

Después de la muerte de Abd al-Aziz, Ibn Jaldún residió en Fes disfrutando del patronazgo y confidencias de la corte meriní. Fue entonces cuando sucedió una noche entre Mayo-Junio de 1375 el trágico episodio durante el cual fue estrangulado su íntimo amigo Ibn al-Jatib (1313-1375). El eminente polígrafo y ex canciller del sultanato de Granada había caído en desgracia con el sultán Muhammad V y había sido obligado a solicitar refugio en la corte meriní donde fue traicionado por su anfitrión. Ibn Jaldún deplora así la muerte de su amigo y colega: «... Ibn al-Jatib, que murió recientemente en martirio, víctima de sus adversarios».

Ese mismo año, luego de haber abandonado intempestivamente Fes (hoy Marruecos), fue enviado por Abu Hammu, el sultán Abd al-Wadid de Tlemcén (hoy Argelia) para una misión entre las tribus Dawadida, Ibn Jaldún bastante preocupado por los trágicos avatares de la vida política, y particularmente por la muerte de Ibn al-Jatib, decidió refugiarse en el seno de una tribu bereber, los Awlad Arif de Argelia central, en la localidad de Qalat Ibn Salama (en el sudoeste de Frendah, 46 kms. al oeste de Tiaret, Orán).

Allí pasó más de tres años rodeado de paz, de comodidades y de soledad, gracias a los cuales comenzó a escribir la primer aparte de su gran historia universal.

«Completé la introducción —dice Ibn Jaldún— con el extraordinario ánimo que me inspiraba aquel retiro. Las palabras y las ideas brotaban en mi cerebro con la misma fluidez con que cae la crema en una mantequera».

Luego le llevó tres años más el completar su inmensa obra, que retocó y se pasó poniendo al día durante largo tiempo. En la Muqaddimah, o Prolegómenos —que seguramente son su título mayor a una fama duradera— el autor establece la primera teoría realista de la historia. Del volumen II al VII se ocupa de los sucesos registrados en el mundo preislámico y de la civilización musulmana y árabe oriental. En el volumen VIII y en el IX trata del Occidente musulmán. Como Ibn Jaldún fue testigo presencial de los hechos que refiere, estos documentos se consideran todavía hoy la fuente más auténtica de la historia bereber y del norte africano.

En 1378 Ibn Jaldún volvió a su Túnez natal que por entonces estaba en las manos de Abu l-Abbãs Ahmad II, el otrora gobernante de Tlemcén que volvió a tomar a Ibn Jaldún en su servicio. Las relaciones de Ibn Jaldún con su antiguo empleador no fueron nada felices, especialmente después de que Ibn Jaldún le presentó al soberano una copia de su obra completa que omitía el habitual panegírico con que se honraba al príncipe de turno. Con la excusa de realizar la santa peregrinación a La Meca —algo que no podía ser negado a ningún musulmán— Ibn Jaldún abandonó para siempre su querida Túnez.

El 24 de Octubre de 1382, el escritor se embarcaba rumbo a Alejandría sin su esposa e hijos, que quedaban atrás, quizás como rehenes para forzarlo a volver. A partir de entonces, sus únicos contactos con el Occidente islámico fueron por carta y a través de los viajeros que llegaban o partían del y hacia el Magreb. Llegar a la antigua capital de los Tolomeos le llevó cuarenta días debido a las fuertes tormentas que obligaron al navío a recalar en distintos puntos de la costa africana. Pocas semanas después se dirigía a El Cairo, donde, salvo alguno que otro viaje al este —dentro del mundo musulmán— permaneció el resto de su vida.

Egipto, gobernado por la dinastía de los mamelucos circasianos (3) era por aquel entonces la parte más estable y próspera del Islam. A Ibn Jaldún lo maravilló la belleza de El Cairo, cuyos colegios, mezquitas, calles repletas de gente y jardines le parecían otros tantos rincones del paraíso. Poco después de su llegada dictaba conferencias en la Universidad del Azhar y, en

1384 cuanto se produjo una vacante, el sultán al-Malik udh-Dhahir Barquq lo nombró profesor de jurisprudencia maliki en la Madrasa Qamhiyyah.

No pasó mucho tiempo sin que se lo designara jefe de los jueces malikíes de Egipto(4). Una vez más, pese a las adversidades y sinsabores, se encontraba Abd al-Rahmãn Ibn Jaldún en una situación de prestigio e influencia.

Sin embargo ese año de 1384 traería una gran fatalidad a Ibn Jaldún. Su esposa e hijos que finalmente habían podido salir de Túnez para reunirse con él murieron en la travesía al naufragar el barco que los traía en las afueras de Alejandría.

En 1387 emprendió por fin el viaje a La Meca, travesía de la que debía regresar en mayo de 1388 para ser objeto de nuevos nombramientos académicos y nuevos honores.

En 1399 murió Barquq, a quien sucedió, a los diez años de edad, su hijo Faraÿ apodado an-Nasir. Ibn Jaldún, como uno de los cuatro jueces principales de Egipto que era, acompañó oficialmente al príncipe niño a Damasco, visitando a la vuelta, en calidad de peregrino, Jerusalén, Belén y otras ciudades santas, tanto cristianas como musulmanas, lo cual no puede extrañar a nadie si se piensa que los musulmanes consideran a Jesús, el hijo de María, como un Profeta de Dios.

En el otoño boreal de 1400 Timur —mejor conocido por el nombre de Tamerlán y bien llamado "el príncipe de la destrucción" (5)— amenazaba con sus crueles hordas a Siria. En octubre conquistaba Alepo y su poderoso ejército comenzó avanzar hacia Damasco. Contra su deseo, Ibn Jaldún tuvo que acompañar otra vez a Faraÿ. como juez y consejero, en una expedición que tenía por fin el de liberar a la capital de Ash-Sham del azote turco-mongol. Un cronista contemporáneo, Al-Qalqashandi (6) describe despectivamente esta fuerza llamándola "ejército sin general y general sin ejército".

En los alrededores de Damasco tuvieron lugar varios encuentros no decisivos entre ambas fuerzas, pero en la primera semana de 1401 llegaron allí noticias que una revuelta amenazaba estallar en Egipto de un momento a otro. Faraÿ regresó a su palacio, dejando en Damasco a Ibn Jaldún y la mayor parte del séquito que lo acompañaba para que defendieran y salvaran la ciudad... si podían. Pero contra la opinión de los militares mamelucos, los habitantes de la ciudad se pusieron de acuerdo con las autoridades civiles para rendirse.

Tamerlán, muy bien informado por sus espías, supo que Ibn Jaldún estaba en Damasco y expresó el deseo de verlo, de modo que lo bajaron en secreto, atado a unas cuerdas, por las murallas de la ciudad, y lo condujeron a presencia del conquistador.

Hasta fines de la década de 1940, las únicas fuentes autorizadas de tan fabulosa entrevista fueron algunos historiadores musulmanes del siglo XV, que evidentemente adornaron a su gusto los pocos datos de que disponían. En todos los manuscritos conocidos la autobiografía de Ibn Jaldún se detenía en 1395. Pero a partir de 1946 se encontraron en Estambul y en El Cairo tres copias de un nuevo manuscrito, la más importante de las cuales contiene notas del propio Ibn Jaldún; y en ese manuscrito, analizado y comentado oportunamente por el arabista Walter Joseph Fischel (7), el relato de su vida se detiene pocos meses antes de la muerte de éste.

Al tener lugar las conversaciones de Tamerlán e Ibn Jaldún, en los meses de enero y febrero de 1401, Ibn Jaldún tenía cerca de setenta años, y Tamerlán una edad similar. Los que lo conocieron dicen que Ibn Jaldún, hombre bien parecido, tenía una personalidad atractiva; la rapidez con que obtuvo favor y honores dondequiera que se dirigió confirma esta especie. Tamerlán, según al-Suyuti (8), «era alto, fornido y de frente despejada. Tenía la piel rojiza, los hombros anchos, gruesos los dedos de las manos, y llevaba una barba larga y sedosa. Una de sus manos estaba paralizada, a además era rengo de la pierna derecha. La muerte no le atemorizó nunca. Con sus ojos brillantes y su voz de trueno, llegó a los ochenta años en plena posesión de sus sentidos y su vigor». Pero a diferencia de Ibn Jaldún, Tamerlán poseía un aspecto horrible: sus rasgos eran sumamente feos (9).

En suma: dos hombres de la misma talla, que no perdieron tiempo en medirse mutuamente. Aunque Ibn Jaldún, como historiador, le intrigaba la figura de un conquistador tan célebre como Tamerlán, su preocupación principal al verlo era la de liberarse, liberar también a sus colegas y regresar a Egipto, ya que no le seducía la idea de pasar al servicio de otro déspota (ya había conocido a bastantes de todo calibre en su pasado norteafricano).

Por otra parte, Tamerlán sabía que Ibn Jaldún era uno de los principales expertos sobre el Magreb, es decir, el occidente islámico, que se extendía desde Libia hasta Granada, y, por razones militares, quería a toda costa emplearlo en sus servicios de espionaje.

Pero dejemos a Ibn Jaldún relatarnos el encuentro con sus propias palabras:

«Lo encontré reclinado en un almohadón. Sus esclavos le presentaban bandejas con diversos platos que fue enviando, uno tras otro, a los grupos de mongoles sentados en círculo frente a la tienda. Yo fui el primero en hablar: "La paz sea contigo", dije, con gesto de humildad. Tamerlán levantó la cabeza y me dio la mano a besar. Luego hizo un gesto invitándome a sentarme, cosa que hice en el mismo sitio en que me encontraba. Enseguida el guerrero llamó a un erudito jurídico hanafi de su séquito para que nos sirviera de intérprete».

Tamerlán, que no se andaba con vueltas, hizo a Ibn Jaldún preguntas directas sobre el Magreb, que su interlocutor supo esquivar hábilmente. Los dos pasaron cierto tiempo entregados a esta esgrima verbal, hasta que Tamerlán se cansó y dijo:

«Esto no me satisface. Quiero que me escribas una descripción de todo el Magreb, sin omitir detalle, y poniendo tanta vida que le parezca a uno que lo está viendo».

Los criados trajeron tazas de rishta —especie de sopa de macarrones— que Ibn Jaldún elogió a más no poder. Todo parecía marchar a las mil maravillas... si no hubiera sido por el silencio que guardaban los dos hombres. Por su parte, Ibn Jaldún pensaba qué castigo le caería sobre la cabeza si cometía un error.

En ese momento se anunció que las puertas de la ciudad se habían abierto para dar paso a las autoridades civiles de Damasco, que se rendían. Tamerlán y su séquito, en medio de un escándalo de bronces, se dirigieron a Damasco. Ibn Jaldún, mientras tanto, se retiró a escribir su informe sobre el Magreb. Pese a que alrededor suyo el ejército del conquistador saqueaba e incendiaba la ciudad, nadie lo molestó.

Una vez terminado su trabajo, Ibn Jaldún lo entregó a Tamerlán, que le dispensó múltiples muestras de respeto pidiéndole su parecer en ciertas cuestiones legales, por ejemplo. Pero así y todo el problema vital —el de saber cuándo podría el erudito volver a su país para proseguir sus estudios y tareas— quedaba sin abordar. Ibn Jaldún se convenció que sólo un ardid posibilitaría su retorno al país del Nilo. Así que esperó pacientemente la oportunidad que, sin lugar a dudas, sería una sola.

Un día Tamerlán le confesó con una amplia y pícara sonrisa que le podría gustar mucho que trabajara a su servicio y que fuera junto con él a conquistar los países de occidente. Ibn Jaldún vio venir su día y entonces, apelando a toda su diplomacia y astucia aprendida durante décadas de política en el Magreb le contestó con las palabras más elegantes y hábiles que tal vez nunca había pronunciado antes de manera tan taimada: «Con el mayor de los placeres, oh conquistador más prestigioso que Iskandar (Alejandro el Grande), más astuto que Aníbal el cartaginés, más fulminante que Genghis Jan...», etc. Las alabanzas y adulaciones fueran tantas y tan exquisitamente expuestas que Tamerlán tuvo un empacho de egoísmo.

Extasiado por aquellos elogios, le solicitó a Ibn Jaldún que éste le pidiese lo que quisiera que él se lo concedería al instante (riquezas, mujeres, palacios, etc.). Ibn Jaldún le dijo que sólo le apetecía volver a El Cairo por unos pocos días para recoger sus pertenencias y regresar "para pasar los últimos años de su vida a su augusta sombra..." Tamerlán, vanagloriado como estaba, aceptó sin vacilar e incluso ordenó una escolta para que acompañase al historiador hasta las líneas mamelucas.

Fue así como mediante esta hábil estratagema Ibn Jaldún salió por la puerta grande y se desembarazó de las garras del más feroz conquistador que conoció el Oriente bajomedieval.

Ni bien vuelto a Egipto, Ibn Jaldún escribió al Magreb hablando de la información que se había visto forzado a dar. Para disminuir los posibles malos efectos de tal revelación, transmitía al mismo tiempo todos los datos útiles que recogiera sobre Tamerlán. Pero este no llegó nunca a atacar al África del Norte.

Para Tamerlán la incursión sobre Damasco de ninguna manera era el comienzo de una invasión sobre el Egipto mameluco. Era simplemente una operación para cuidar su flanco izquierdo en su ofensiva contra el sultán otomano Bayaceto I a quien derrotó y capturó en la batalla de Ankara el 28 de julio de 1402. Seguramente tenía sus planes para Egipto y el Magreb pero no le quedó vida para llevarlos a cabo. Gracias a Dios.

Ibn Jaldún pasó el resto de sus días estudiando, escribiendo y ocupándose de sus deberes oficiales, y murió el 17 de marzo de 1406. Se sabe que fue enterrado en el cementerio de Sufi, en los alrededores de El Cairo, pero no dónde está su tumba.

En los siglos que siguieron, la influencia de las enseñanzas de Ibn Jaldún fue acrecentándose rápidamente pese a que su nombre, fuera del mundo islámico, no se volvió a mencionar hasta fines del siglo XVI.

Sabemos que Ibn Jaldún fue el primero en considerar a la historia, no como una crónica de sucesos más o menos fortuitos, sino como un movimiento continuo, colectivo y orgánico que rigen leyes secretas, pero susceptibles de descubrirse. Y yendo más allá todavía, este escritor calificó a la historia de ciencia de la civilización, comprendiendo que sólo el estudio de la humanidad y de sus innumerables actividades puede revelar el verdadero significado de los llamados "acontecimientos históricos", para que su estudio sirva de guía práctica a los estadistas.

La Muqaddimah

La metodología de estudio y análisis de Ibn Jaldún era empírica y se sustentaba en la contradicción entre los pobladores de las ciudades y de las zonas rurales, porque los primeros demostraban menos “espíritu de cuerpo” (asabiyya en árabe) y estaban inclinados al lujo y a un lenguaje obsceno e individualista. Distinguía los “astutos” —a los que el sociólogo francés Vilfred Pareto (1848-1923) llamaría los “zorros”— de los “leones”, en la terminología de Pareto. Se anticipó al italiano Giambattista Vico (1668-1744) como “filósofo de la historia” y en separar la política de la ética. Consideraba, como Aristóteles, “que el hombre es por naturaleza un ser social”.

La Muqaddimah fue redescubierta por los eruditos franceses Barthèlemy d’Herbelot (1625-1695), Antoine Isaac Barón Sylvestre de Sacy (1758-1838) y el austriaco Josef von Hammer-Purgstall (1774-1856), antes que otro galo, el académico Etienne-Marc Quatremère (1782-1857), hiciera la primera traducción completa en 1858.

El barón irlandés William McGuckin de Slane (ca.1801-1875) realizó una traducción que aún no ha sido superada (París, 1863-1868) y que respeta el estilo y las intenciones semánticas del autor tunecino mucho más que las recientes del islamólogo francés convertido al Islam Vincent Mansour Monteil (Ibn Khaldun: Discours sur l’histoire universelle, 3 vols., Beirut-París, 1967-1968) y de Franz Rosenthal en inglés (Ibn Khaldun: The Muqaddimah, an introduction to History, 3 vols., Princeton, 1958 y 1967).

En una parte de su obra, Ibn Jaldún expresa este elaborado pensamiento: «La norma observable para discernir en los relatos lo verdadero de lo falso se fundamenta en la apreciación de lo posible y de lo imposible, y consiste en examinar la sociedad humana, es decir, la civilización; distinguir, por un lado, lo que es inherente a su esencia y a su naturaleza y, por otro, lo que es accidental y no debe tomarse en cuenta, reconociendo asimismo lo inadmisible».

No hay que extrañarse de que tan ilustre historiador contemporáneo como Arnold J. Toynbee cite a este árabe del siglo XIV como elemento de inspiración de su monumental obra y salude en él al fundador de la historia como ciencia.

Nueva reedición castellana

El libro de Ibn Jaldún “Introducción a la historia universal, Al-Muqaddimah”. Traducción de Juan Feres. Estudio preliminar, revisión y apéndices de Elías Trabulse, con 1.166 páginas, ha sido reeditado especialmente por cuarta vez por el Fondo de Cultura Económica de México para conmemorar el aniversario del sexto centenario del fallecimiento del ilustre historiador y sociólogo musulmán. Las anteriores ediciones se realizaron en 1977, 1987 y 1997.

Ibn Jaldún y los especialistas

Relacionado con diversos poderes políticos, Ibn Jaldún fue testigo excepcional de una época cambiante, que estuvo marcada por grandes acontecimientos decisivos en la Historia de la Humanidad: el nacimiento de nuevos Estados, la agonía de al-Ándalus y el avance de los castellano-aragoneses, la Guerra de los Cien Años, la expansión de los pueblos turcos islamizados, el ocaso bizantino, la gran epidemia de Peste Negra (bubónica), etc...

Las referencias admirativas sobre Ibn Jaldún proceden de pensadores de diversos tiempos y lugares. Los grandes intelectuales modernos y contemporáneos que han conocido la obra de Ibn Jaldún son claros en valoraciones:

El jurista judío francés Jean Bodin (1530-1596), en su obra “Los seis libros de la República”, recogió muchos conceptos de Ibn Jaldún para la formulación de su método crítico de la historia: entre ellos el origen del Estado en las luchas entre agricultores y pastores. De igual modo, su teoría sobre los ciclos históricos parece haberse inspirado en las afirmaciones de Ibn Jaldún respecto a los cambios producidos por “evolución por adaptación lenta” (que Bodin llama “alteración”) y la afirmación que Ibn Jaldún hacía respecto a la “evolución por mutación rápida” (a la que Bodin llama cambio). También resulta llamativo el hecho que Bodin destaque —igual que el historiador magrebí— la influencia del “suelo” en las costumbres de los hombres de las ciudades que son mentalmente más móviles que los hombres del campo o de los pueblos agrícolas. Otras semejanzas se dan en la afirmación de que la familia y el lazo de parentesco es anterior a la subordinación política.

Por su parte el político y economista francés Robert Jacques Turgot (1727-1781) en su obra “Discurso sobre la Historia Universal” (1751) expresa que “la lucha es la madre de todas las cosas”, afirmación que coincide con la teoría sobre los ciclos de lucha expuesta por Ibn Jaldún. Asimismo se ha observado que el filósofo alemán Johann Gottfried von Herder (1744-1803), también tomó ideas de Ibn Jaldún respecto a que los montañeses son más belicosos que los habitantes de las llanuras, aplicando la ley del más fuerte.

El sociólogo polaco Ludwig Gumplowicz (1838-1909), uno de los fundadores de la sociología europea, en su libro Sociologische Essays del año 1899, le dedicó a Ibn Jaldún un capítulo que tituló “Un sociólogo árabe del siglo XIV”. Igualmente, el general, filósofo y sociólogo austriaco Gustav Ratzenhofer (1842-1904) y el sociólogo alemán Franz Oppenheimer (1864-1943) le elogiaron también.

El filósofo, historiador y matemático alemán Oswald Spengler (1880-1936) en su obra “La Decadencia de Occidente” y el sociólogo Pitirim Alexandrovitch Sorokin (1889-1968) en “Dinámica Social y Cultural”, reconocen haberse inspirado en las teorías de Ibn Jaldún. Otro tanto reconocieron el político, escritor y filósofo sardo conde Joseph de Maistre (1753-1821) y el sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim (1858-1917).

George Marçais (1876-1962), historiador e islamólogo francés, no escatima ponderaciones a la hora de brindar una definición sobre el sabio tunecino: «La obra de Ibn Jadún es una de las más substanciales y más interesantes que haya producido la inteligencia humana».

El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), en su voluminosa “El Espectador” (Madrid, 1916-1934), escribe este elogio: «Una mente clara y pulidora de ideas como la de un griego, va a introducirnos en el orbe histórico, donde nuestro espíritu no logra hacer pie. Es Abenjaldún, el filósofo de la historia africana. Los Prolegómenos Históricos de Abenjaldún son un libro clásico que desde hace casi un siglo ha entrado en el haber común... No contento con narrar los hechos del pasado, quiere comprenderlos».

Philip Khuri Hitti (1886-1978), arabista e islamólogo estadounidense de origen cristiano libanés, en su “Historia de los árabes” (Editorial Razón y Fe, Madrid, 1950) acredita que «Ibn Jaldún fue el más grande filósofo e historiador que dio nunca el Islam y uno de los más grandes de todos los tiempos».

El historiador británico Arnold Joseph Toynbee (1889-1975), en “Estudio de la Historia” (Emecé, Buenos Aires, 1959), hace el siguiente reconocimiento: «Ibn Jaldún concibió y formuló una filosofía de la historia que es sin duda el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una inteligencia en ningún tiempo y en ningún país».

El arabista e islamólogo británico de origen libanés, Albert Hourani (1915-1993), en “La Historia de los Árabes” (Ediciones B, Barcelona, 2003) dice que «La vida de Ibn Jaldún refleja el mundo al que perteneció. Era un mundo colmado de recordatorios de la fragilidad de los esfuerzos humanos. Su propia carrera reveló cuán inestables eran las alianzas de intereses en que las dinastías se apoyaban para mantener su poder; el encuentro con Timur (Tamerlán) frente a Damasco demostró de qué modo el surgimiento de un nuevo poder podía afectar a la vida de las ciudades y los pueblos».

Ernest Gellner (1925-1995), sociólogo y antropólogo francés, destaca: «En este asombroso pensador del siglo XIV, encontramos ecos y sugerencias de los temas que dominan hoy el pensamiento social europeo».

Su compatriota Yves Lacoste (1929-), geógrafo nacido en Fes (Marruecos), en su importante trabajo “El nacimiento del Tercer Mundo. Ibn Jaldún” (Península, Barcelona, 1985), es sumamente elocuente: «Una obra tan extraordinaria como la de Ibn Jaldún, marca el nacimiento de la Historia como ciencia».

Fabian Estapé (1923-), economista catalán, en Ibn Jaldún o El precursor (Barcelona, 1993) opina sobre la importancia del fenómeno jalduní en la convivencia: «Hoy puedo afirmar que Ibn Jaldún constituye, en estos momentos de recuperación histórica del mundo y del pensamiento musulmán, un nexo de unión entre culturas que han vivido demasiado tiempo de espaldas».

Por último, se puede afirmar sin temor a equivocarse que Ibn Jaldún se anticipa en varios siglos a Karl Marx (1818-1883), en la afirmación que es el medio social y no la herencia “quien condiciona al individuo y los grupos sociales”.

NOTAS

(1) Los Hafsíes (1228-1569) conformaron una dinastía bereber en Tunicia, Argelia oriental y Trípoli (Libia). Su capital principal se constituyó en Túnez. Los Banu Hafs eran una tribu masmuda del Alto Atlas.

(2) Además de los Hafsíes, estaban los Abd al-Wadíes y los Mariníes. Los Abd al-Wadíes, también llamados Zayadíes, fueron una dinastía bereber en Argelia occidental con capital en Tlemcén. Su nombre proviene de los Banu Abd al-Wad, también conocidos como los Banu Zayad., pertenecientes al grupo tribal de los zanata del extremo norte del Sahara, emigrado al norte argelino en el siglo XI. Los Abd al-Wadíes fueron clientes de los almohades quienes les asignaron la gobernación de Tlemcén. Cuando los almohades se derrumbaron, Abu Yahya Yaghmurasan (1236-1283) consiguió la independencia y estableció una rígida estructura estatal. Bajo él y sus sucesores, Tlemcén se convirtió en centro cultural y comercial. Los Abd al-Wadíes se dedicaron a un balanceo político tramposo entre los más poderosos mariníes (Marruecos) y los hafsíes (Argelia oriental y Tunisia) quienes se encargaron de neutralizarlos en varias ocasiones durante los siglos XIII y XIV. Finalmente, los Abd al-Wadíes fueron forzados a aceptar la soberanía de los mariníes. Sin embargo, experimentaron una gran restauración y un apogeo cultural sin precedentes bajo el sapiente Abu Hammu I Musa (1359-1389), antes de sucumbir a la autoridad de los hafsíes. Como resultado de las incursiones militares españolas desde 1510, los abd al-wadíes se ampararon bajo la protección de los otomanos. En 1516/17 Argel y Tlemcén fueron ocupados por el corsario otomano Barbarroja. En 1552-1554 los otomanos finalmente ocuparon Argelia occidental y echaron al último de la casa abd al-wadí. Por su parte, los Mariníes (1244-1465) fueron una dinastía bereber en Marruecos con capital en Fes. Los Banu Marin, castellanizados Benimerines o Mariníes, eran una tribu zanata nómada de la frontera oriental del Sahara, establecida en las regiones del este y el sudeste de Marruecos desde principios del siglo XII. Luego de crecientes tensiones con los almohades reinantes, los mariníes, bajo el liderazgo de los hermanos Abu Yahya Abd al-Haqq (1244-1258) y Abu Yusuf Yaqub (1258-1286) tomaron Meknés (1244), Fez (1248), y otras importantes ciudades de Marruecos. Depusieron al último de los almohades en Marrakesh en 1269 y extendieron su poder hasta convertirse en la más importante fuerza militar del Magreb. En distintas ocasiones lanzaron ataques militares en España. Bajo Abu Yaqub Yusuf (1286-1307) se expandieron hasta Argelia. Los reinados de Abu l-Hasan Alí (1331-1351) y Abu Inan Faris (1351-1358) trajeron un período de éxitos políticos que además permitieron desplazar a los Abd al-Wadíes y ocupar Tlemcén, llegando a regir hasta en Tunicia por un breve tiempo. Un fulminante declive vino a partir de 1358: sultanes niños reinaron entre 1358-1374 y 1393-1458 bajo la tutela de los parientes wattasíes y entre 1374-1393 bajo los nasríes de Granada. El último soberano mariní, Abd al-Haqq (1421-1465), acabó temporalmente con el dominio Wattasí mediante una masacre en 1458 pero murió tiempo después durante un alzamiento popular en Fez. Marruecos cayó entonces en poder de los beréberes Wattasíes (1472-1554).

(3) Los Mamelucos (1250-1517), dinastía turca de militares esclavos en Egipto, Siria e Irak, con capital en El Cairo, constituyeron uno de los sultanatos más poderosos de la historia islámica. De esta casta surgieron dos casas regentes, los bahríes (de bahr, "río", referido al Nilo, pues se entrenaban en la isla nilótica de al-Rawa), de la etnia turca kipchaq, que reinaron entre 1250-1382, y los burÿíes (de burÿ, "torre", ya que originalmente su cuartel estaba coronado por una torre de vigilancia), de origen circasiano o cherkés (procedentes del Cáucaso), en el poder entre 1382-1517.

(4) El estado teocrático mameluco estaba regido por los jueces supremos musulmanes (Qadi al-Qudat Madhab) de las cuatro escuelas de pensamiento sunníes: shafii, maliki, hanafi y hanbali. Con éstos magistrados colaboraban distintos funcionarios: el inspector general de pesos y medidas y de la moral y el orden público (Muhtasib), el Sheij responsable de los hospitales y monasterios de las órdenes sufíes, los Imames de las mezquitas y los predicadores y los Alfaquíes (Fuqaha), jurisperitos.

(5) Tamerlán (del persa Timür-i lang), Tamorlán, Timur Lang, Timur Lenk o simplemente Timur el Cojo (más correctamente, Temür, su nombre turco de acuerdo con la grafía moderna) fue un conquistador, líder militar y político turco-mongol, el último de los grandes conquistadores nómadas del Asia Central. Se le da por nacido en Kesh, Transoxiana, Asia Central, el 8 de abril de 1336 (25 Shabān, 736) aunque fecha y lugar son casi con certeza inventados y su nacimiento debería ubicarse entre finales de la década de 1320 y comienzos de la de 1330. Muerto en Otrar, en camino a conquistar China, el atardecer del 17 de febrero de 1405 (17 Shabān, 807). Este caudillo de origen turco (aparentemente convertido al Islam, muy probablemente por razones políticas de coyuntura) conquistó enormes extensiones de Eurasia en poco más de dos décadas. Entre 1382 y 1405 sus grandes ejércitos atravesaron desde Delhi a Moscú, desde la cordillera T’ian Shan del Asia Central hasta los Montes Tauros de Anatolia, conquistando y reconquistando, arrasando algunas ciudades y perdonando a otras. Su fama se extendió por Europa, donde durante siglos fue una figura novelesca y de terror, mientras que para aquellos involucrados más directamente en su trayectoria su memoria, siete siglos después, permanece aún fresca, ya sea como destructor de ciudades del Medio Oriente o como el último gran representante del poder nómade.

(6) Al-Qalqashandi (1335-1418) fue canciller de los mamelucos, conocido con el título de «Secretario del secreto» (kãtib al-sirr). Su obra enciclopédica la terminó en 1412, a la edad de setenta y siete años. El nombre que le dio, un tanto extraño debido a las exigencias de estilo de la época, en la que los títulos debían tener una rima elegante, encierra una metáfora relativa a la búsqueda de la luz y la inspiración literaria: «La mañana del hemeralope en las artes de la redacción» (Subh al-a’sha fi sina’at al-insha’). Esta contiene una información valiosísima, muy precisa y detallada, sobre la historia y la civilización islámica en el Egipto y la Siria de los siglos IX a XV. Fue publicada en 14 volúmenes en El Cairo, entre 1913 y 1919. Al-Qalqashandi, al igual que sus pares antes citados, demuestra tener una cultura y unas informaciones históricas, geográficas y científicas considerables, producto del riquísimo universo mameluco, tan poco estudiado hasta el presente.

(7) Walter Joseph Fischel (1902-1973) fue un erudito judío especializado en civilización islámica y tradiciones judeo-orientales Nacido en Frankfurt am Main (Alemania) se doctoró en ciencia política en la Universidad de Giessen. En 1926 se trasladó a Jerusalén donde logró un cargo académico en la Universidad Hebrea en la Facultad de Estudios Orientales. En 1945 emigró a EE.UU. estableciéndose en la Universidad de California en Berkeley como profesor de Lenguas y Literaturas Semíticas hasta su retiro en 1970. Luego continuó una cátedra de estudios judaicos en la Universidad de California en hasta su muerte. Sus trabajos y estudios sobre Ibn Jaldún y Tamerlán son los más completos hasta la fecha: "Ibn Khaldun and Timur" in Actes du XXI’ Congres International des Orientalistes. París, 1949. Cf. pp. 286-87; "Ibn Khaldun and Timur" en Bulletin des etudes arabes (Algiers), 1950, no. 47, p. 61; "Ibn Khaldun's Activities in Mamluk Egypt (1382­1406)" en Semitic and Oriental Studies Presented to William Popper. Berkeley y Los Ángeles, 1951. Cf. pp. 102-24; Ibn Khaldun and Tamerlane: Their Historic Meeting in Damascus, A.D. 1401 (803 A.H.). A study based on Arabic Manuscripts of Ibn Khaldun’s "Autobiography", with a translation into English, and a commentary. Berkeley y Los Ángeles, 1952: "The Biography of Ibn Khaldun" en Yearbook: The American Philosophical Society, 1953. Filadelfia, 1954. Cf. pp. 240­41; "Ibn Khaldun’s Use of Jewish and Christian Sources" in Proceedings of the 23rd International Congress of Orientalists. Cambridge, 1954. Cf. pp. 332-33; "Ibn Khaldun and Josippon" in Homenaje a Millas-Vallicrosa. Barcelona, 1954-1956. 2 vols. Cf. I, 587-98; "Ibn Khaldun’s ‘Autobiography’ in the Light of External Arabic Sources" en Studi orientalistici in onore di Giorgio Levi Della Vida. Roma, 1956. 2 vols. Cf. 1, 287-308; "Ibn Khaldun’s Sources for the History of Jenghiz Khan and the Tatars", Journal of the American Oriental Society (Baltimore), Lxxvl (1956), 91-99; "Ibn Khaldun: On the Bible, Judaism and Jews" en Ignaz Goldziher Memorial Volume. Budapest, 1948; Jerusalem, 1956. Cf. 11, 147-71; "A New Latin Source on Tamerlane’s Conquest of Damascus (1400/1401)": B. de Mignanelli's Vita Tamerlani (1416), Translated into English with an Introduction and a Commentary, Oriens (Leiden), Ix (1956), 201-232.

(8) Ÿalaluddín Abu-l Fadl Abdurrahman al-Assuiuti, más conocido por la fonética de al-Suyuti (1445-1505), era oriundo de una familia persa establecida desde hacía más de tres siglos en Assuiut, en el Alto Egipto. Afamado polígrafo y enciclopedista, es autor de trescientos quince escritos sobre la Tradición del Profeta (Sunna), Narraciones y dichos (Ahadiz), jurisprudencia (fiqh), lingüística, ciencias, historia y literatura. Su «Historia de los Califas» (Tarij al-Julafã) fue muy admirada por sus valiosos detalles (publicada por al-Sa’ada, El Cairo, 1959). Se extiende desde Abu Bakr hasta el año 1497. Su «Historia de Egipto y de El Cairo», llamada en árabe Husn al-Muhadara, es una compilación de veintiocho obras históricas. Su Taqrir al-istihad fi tafsir al-iÿtihãd fue publicado por Dar al-Dawah, El Cairo, 1983.

(9) Se cuenta que un día Tamerlán vio su rostro por primera vez en un espejo y al verse tan mal parecido prorrumpió en un fuerte llanto. Su bufón que estaba a su lado casi inmediatamente emitió un alarido aún más fuerte. Entonces Tamerlán se dirigió al cómico y le preguntó: «—¿Por qué lloras más fuerte que yo?». Le contestó el bufón: «—Imagínate amo, tú lloras por haberte visto sólo una vez. Pero yo lloro por tener que verte muchas veces todos los días». Se ignora la suerte corrida por el histrión después de semejante rapto de sinceridad.
*

28.1.08

Los precios según Ibn Jaldun

SOBRE LOS PRECIOS (DE ARTÍCULOS Y MERCANCÍAS) EN LAS CIUDADES

En los mercados se encuentran las cosas que son necesarias para los hombres; en primer lugar, las que les son indispensables y que sirven para la alimentación, como el trigo y los demás productos análogos, tales como legumbres, garbanzo, guisantes verdes y otros granos alimenticios, así como las plantas empleadas como sazonamiento, tales como la cebolla, el ajo y otras hierbas del mismo género. Asimismo se encuentran las cosas de necesidad secundaria y superfluas, tales como los condimentos, las frutas, las vestimentas, los utensilios de menaje, los arneses, los productos de diversas artes y los materiales de construcción.

Si la ciudad es grande y encierra numerosa población, los artículos alimenticios de primera necesidad, y todo lo que se entiende dentro de esta categoría, son baratos; pero los superfluos, tales como los condimentos, las frutas y demás cosas similares, son caros. Lo contrario ocurre en las ciudades de pocos habitantes y de escaso progreso. He aquí la razón: los cereales son indispensables para la alimentación del hombre: por tanto sobran los motivos para que cada quien trate de abastecerse de ellos; nadie dejaría su casa sin un aprovisionamiento suficiente para un mes o un año, pues la mayor parte de las gentes, si no la totalidad, se ocupan de la provisión de cereales, tanto los citadinos como los que residen en las cercanías. Norma invariable. Además, cada jefe de familia se hace de provisiones que exceden generalmente de sus necesidades, excedente que bastaría a un buen número de habitantes de esa ciudad. De tal suerte la existencia en dichos granos alimenticios supera a la exigencia de la población; y por consiguiente baja su precio en el mercado, excepto en algunos años en que las influencias atmosféricas perjudican a su producción. Ahora si los habitantes, con el temor de una tal desdicha, no acaparan a tiempo esos cereales, se brindarían graciosamente y sin compensación, debido a su gran abundancia por el crecido número de la población.

En cuanto a los demás artículos, como condimentos, frutas y otras cosas por el estilo, cuya necesidad no es tan común y cuya producción no requiere el trabajo de toda la población, ni siquiera de la mayor parte. Sin embargo en una ciudad de considerable desarrollo social, de bastantes exigencias del lujo, habrá suficientes motivos para que estos artículos tengan mucha demanda y cada quien procure proveerse de ellos tanto como sus medios le permitieran. La cantidad que de ellos exista en la ciudad se vuelve completamente insuficiente; los compradores se hacen numerosos y esas cosas, de por sí limitadas, se escasean totalmente. Entonces los interesados se aglomeran, luchan porfiadamente por lograrlas, y los opulentos, teniendo más menester de ellas que el resto de la población, las pagan a excesivos precios. De ahí la causa de su encarecimiento.

Por cuanto respecta a las artes, el encarecimiento de sus productos en las ciudades muy pobladas, estriba en tres razones:

1ª. la crecida demanda, a consecuencia del lujo que allí prevalece y que es siempre en relación con la importancia del desarrollo social;

2º. las altas pretensiones de los obreros, que no quieren trabajar ni fatigarse mientras que la abundancia de los artículos alimenticios que existen en la ciudad les permite mantenerse con poco costo;

3º. el gran número de individuos que viven en la abundancia y que, teniendo menester de que otros trabajen para ellos, toman a sus servicios a gentes de diversos oficios.

Por estos motivos, los artesanos reciben mayores salarios que el valor real de sus labores; se lucha a porfía con los competidores, a fin de apropiarse de los productos del trabajo, y de ahí resulta que los obreros y los artesanos se vuelven muy exigentes y ponen un alto precio a sus servicios. Esto absorbe una gran parte de los recursos que poseen los habitantes de la ciudad.

En las pequeñas ciudades, de poca población, los artículos alimenticios son escasos, debido al poco trabajo y al temor a la carestía, cosa que induce a los habitantes a acaparar todos los granos que puedan alcanzar. Lo cual conduce a la carencia de los granos (en el mercado) y a la subida de su precio para los que desean comprarlos. En cuanto a los artículos de necesidad secundaria, su demanda es bien exigua, dado el corto número de los habitantes y sus raquíticos medios; por eso dichos artículos son muy poco buscados entre ellos y se venden bien baratos.

Por otra parte, los comerciantes, al fijar los precios a los granos, toman en cuenta los derechos e impuestos que se les asigna en los mercados y en las puertas de la localidad, a nombre del sultán; tampoco olvidan la contribución impuesta por los receptores sobre todos los efectos vendibles. Por ello los precios son más elevados en las ciudades que en los campos, donde los impuestos y demás derechos son insignificantes o no existen. Todo lo contrario en las ciudades (los impuestos son numerosos y pesados), particularmente en la época en que la dinastía reinante se inclina hacia su ocaso.

Además, al establecer los precios de los artículos alimenticios, se incluyen inevitablemente los cuidados especiales que pueda exigir la labranza: tal ocurre actualmente en España. La población musulmana de ese país, al dejarse arrebatar sus buenas tierras y sus fértiles provincias por los cristianos, se vio empujada al litoral y reducida a las comarcas más accidentadas, impropias para la agricultura y poco favorables a la vegetación. De ese modo se encuentra obligada a preparar minuciosamente estas tierras para el cultivo, a fin de obtener algunas cosechas regulares. Los trabajos de esta índole ocasionan fuertes gastos y requieren el empleo de diversos accesorios de los cuales algunos, como el abono, por ejemplo, son bastante costosos. Por tanto los gastos de labranza son muy elevados entre los musulmanes de España y cuentan necesariamente en el precio de venta. De ahí la carestía que reina en esa parte del territorio español, desde que los cristianos forzaron a dicha población a retroceder hacia el litoral.

Cuando los hombres hablan de la elevación de precios en España, la atribuyen a la escasez de víveres y cereales; pero se equivocan, porque, de todos los pueblos del mundo, los españoles son los más industriosos y los más hábiles. Toda la gente entre ellos, desde el sultán hasta el hombre del pueblo, poseen una finca rústica o una fanega que explotan. Las únicas excepciones son los artesanos, los profesionales y los hombres venidos al país con la intención de hacer la guerra santa. El sultán asigna incluso a estos voluntarios, a título de sueldo y manutención, unas tierras que pudieran proporcionarles la subsistencia, a ellos y a sus caballos. Pero la verdadera causa de la carestía de los granos en el medio ambiente de los muslimes españoles es aquella que acabamos de señalar. Todo lo opuesto son las circunstancias en el país de los bereberes: la vegetación bien frondosa, el suelo fértil y no exige ningún apresto dispendioso; las tierras cultivadas muy extensas y toda la gente posee su porción. De ahí resulta que los víveres son baratos en esta región. Y Dios determina las noches y los días.

Nota histórica de la Sociología

Un aceptable esbozo tomado de wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_Sociolog%C3%ADa

Ubica a Herodoto e Ibn Jaldún como los primeros sociólogos.

La Sociología es una ciencia social relativamente nueva, que apareció a mediados del siglo XIX. Fue Auguste Comte quién acuñó el término en 1838 en su Curso de Filosofía positiva. Pero no fue hasta mediados del siglo XIX que se consolidó con una ciencia autónoma. A partir de mediados del siglo XX ya se puede hablar de varias escuelas o corrientes más o menos dominantes. En la actualidad existe una gran diversidad de autores y perspectivas que enriquecen a la sociología, así como esfuerzos para integrar las diversas corrientes.

Prehistoria de la sociología y precursores

Si bien Auguste Comte es llamado "padre de la sociología", los estudios de carácter sociológico se habían desarrollado mucho antes de que Comte acuñara el término o incluso de que se delimitara su propio campo de estudio. Durante muchos siglos pensadores de muchas partes del mundo intentaron dar explicaciones acerca del funcionamiento de la sociedad. Por ejemplo, Herodoto en el siglo V ad C. se interesó en civilización Egipcia; Ibn Jaldún(llamado así el primer sociologo) hizo lo mismo pero describiendo a las sociedades del Magreb, teorías sobre la sociedad y acuñó el termino 'Ilm al Umran' para denominar a la ciencia de la sociedad.

Durante la Ilustración lo social y las actividades del hombre cobran gran interés. Escritores como Voltaire, Montesquieu, Giambattista Vico y otros se interesan por analizar las instituciones sociales y políticas europeas. También surge una corriente conservadora, critica de muchas de las premisas de la Ilustración, muy interesada en saber las razones de los cambios y estabilidad existentes en la sociedad tales como Joseph de Maistre y Edmund Burke.

La voluntad de crear una "física social", es decir un conocimiento indiscutible de la sociedad de la misma forma que la Física, apareció con el positivismo del siglo XIX. El primero en defender una teoría e investigación científica de los fenómenos sociales fue Henri de Saint-Simon (1760-1825) a mediados del siglo XIX. Auguste Comte, quien fue secretario de Saint-Simon entre 1817 y 1823, desarrolló sus teorías sociológicas bajo la premisas del positivismo. Influido por éste, Comte desarrolló un concepto de sociología en donde la consideraba un pilar para el progreso humano.

También se le reconoce como a uno de los precursores de la sociología a Alexis de Tocqueville (1805-1859), por sus estudios sobre la revolución francesa y sobre los Estados Unidos. Analizó a las sociedades en general e hizo una comparación entre las sociedades americanas y las sociedades europeas.

La Sociología Clásica y la institucionalización francesa y alemana

La sociología nace en plena revolución industrial; los clásicos de la sociología retoman muchos elementos de esas transformaciones, preocupándose por preguntarse sobre los efectos positivos y ante todo negativos de una sociedad en plena modernización.

La sociología continuó con un desarrollo intenso y regular a finales y en los albores del siglo XX. Emile Durkheim, quien se inspiró en algunas teorías de Auguste Comte para renovar la sociología, quería en particular "estudiar los hechos sociales como si fueran cosas". Uno de los retos de la sociología era desarrollarse como una ciencia autónoma. Durkheim, retomando algunas de las precocupaciones de Comte buscó distinguir a la sociología de la filosofía por un lado (cuestión que Comte no había hecho) y de la psicología por el otro.

Él postuló las bases de una metodología científica para la sociología, en particular en la obra "Las reglas del método sociológico" (1895), y en "La división del trabajo social" (1893), libro que además es su tesis. Su método reposa esencialmente en la comparación de estadísticas y características cuantitativas, buscando liberarse de todo subjetivismo ligado a toda interpretación cualitativa, y a desembarazarse de todos los prejuicios morales o moralizadores a priori para comprender los hechos sociales como en su obra: "El Suicidio". El primer departamento europeo de sociología fue fundando en 1895 en la Universidad de Bordeaux por Emile Durkheim.

Karl Marx es otro pensador que ha tenido una profunda influencia en el pensamiento social y la crítica del siglo XIX. Si bien es un autor inclsificable por lo profundo de su obra, ha dotado de todo un enfoque trascendental para la sociología. Marx influyó en la sociología otorgnádole conceptos como el de clase social e ideología, así mismo conceptualizó a la sociedad como una esfera de conflicto en donde las relaciones sociales estaban orientadas por la dominación de unos sobre otros. Son notables sus estudios sobre la dominación capitalista a mediados del siglo XIX.

Max Weber, contemporáneo de Durkheim, tomó un camino diferente. Empleó la Ciencia política, la Economía política, la Filosofía de la cultura y del derecho, los estudios religiosos que son, según él, todo como la sociología, las "ciencias de la cultura". Según toda una tradición de la filosofía alemana (sobre todo Wilhelm Dilthey), estas ciencias son diferentes de las ciencias naturales ya que tienen su propio método. Ellas proponen una comprensión de los fenómenos colectivos antes que la búsqueda de leyes (es el método comprensivo). Su trabajo fue notable al desarrollar una idea de la Acción social y de los tipos de racionalidad, los tìpos de autoridad y de la legitimidad en el contexto de las transfomaciones capitalistas del mundo occidental pero sin dejar de lado las reflexiones sobre otras culturas.

Menos conocido pero de gran aporte para diversas corrientes contemporáneas es Georg Simmel. Simmel desarrolló el concepto de interacción social y algunos pequeños estudios clásicos sobre la moda, el dinero y el papel del extraño en la relación social.

En 1919 fue fundando un depatamento en Alemania en la Universidad de Munich por Max Weber con la colaboración de George Simmel y Tonnies.

Institucionalización de la Sociología en Estados Unidos

A partir de la llegada del pensamiento social evolucionista a Estados Unidos, llegó de manera importante la influencia de Herbert Spencer y de Georg Simmel. Fruto de esta influencia surgieron dos corrientes. Por un lado, el efímero darwinismo social principalmente desarrollado por Lester Ward. Por otro, surgió la Escuela de Chicago, más que una escuela todo un enfoque relacionado con los estudios urbanos, interaccionistas (influencia de Simmel)y centrados en el sujeto social.
Sigue, en elaboración con la temática de la Sociología después de la Segunda Guerra Mundial.

13.1.08

Sociología como ciencia omnipresente

Desde Durkheim, la Sociología es omnipresente.

Todo lo humano es un hecho social, que puede ser examinado "como cosa" con las reglas que él nos legó y que otros científicos antes de Durkheim han contribuido a perfilar o afilar, como las precisas y punzantes teorías de Marx.

La misma naturaleza se convierte cada vez más en un hecho social debido a la transformación que el ser humano realiza en ella por medio del trabajo. El elemental conocimiento de la naturaleza es también un fenómeno sociológico.

Este carácter omnipresente de la Sociología permite muchas aplicaciones que constituyen elementos básicos para la comprensión de los fenómenos. Sin pretender que existan millares de "sociologías" porque la Sociología, como ciencia es una sola con diversas corrientes, pueden caracterizarse sus aplicaciones como, por ejemplo, Sociología del Arte o Sociología del Deporte y más como Sociología de la Música o Sociología del Fútbol.

Así también por ejemplo, la Sociología de la Guerra, que puede verse como parte de otra aplicación, de la Sociología Militar. La Sociología de la Guerra tiene relación directa con la Sociología Política. Recordemos que Engels señaló que la base material de vida de la sociedad, incluyendo la tecnológica, determina la organización de los Ejércitos y que la lucha armada es la expresión concentrada de intereses económicos de clases sociales.

Sin Francia, no hay Sociología. Sin Escocia e Inglaterra no hay Economía Política. Compte y Saint Simon, crearon la Sociología. Smith y Ricardo la Economía Política. Sin Alemania no hay crítica filosófica, económica y sociológica; no hay Hegel, Marx ni Engels. La Sociología es una ciencia comprehensiva, como dice Weber y sustantiva diríamos, porque sustenta el análisis de todo fenómeno del ser humano.

22.12.07

Anécdotas navideñas de científicos sociales

Max Weber

"El regalo de Navidad para sus padres en 1876, cuando contaba con trece años, fue dos ensayos históricos titulados "Sobre la maldición de la historia alemana, con referencias especiales a la posición del emperador y el papa" y "Sobre el período imperial romano desde Constantino a la migración de las naciones"."

En:

http://weber.pais-global.com.ar/index.php/4858

Federico Engels

En plena crisis económica de 1857 Marx le escribía:

“No sé absolutamente nada respecto de lo que debo hacer y mi situación es, realmente, más desesperada que nunca.”

Para Engels fue un mazazo, acababa de comprarse un caballo con el dinero que le regaló el padre por Navidad.

“...y me da rabia ―contestaba el 22 de enero― tener un caballo para pasear, mientras tú en Londres estás pasando agobios con tu familia.”

http://www.lajiribilla.co.cu/2005/n221_07/221_01.html

21.12.07

Socioeconomía: ¿nueva rama de la Sociología?

SOCIOECONOMÍA

Aunque la Sociedad Mundial de Socioeconomía (SASE) fue fundada por Amitai Etzioni en Harvard en 1989, sus premisas y desarrollo ideológico están empezando ahora a tener repercusión en el mundo de habla castellana. El Capítulo Español de la Sociedad Mundial de Socioeconomía (SASECE), fue oficialmente reconocido en el sexto Congreso Mundial de Socioeconomía, celebrado en París en 1994, y ya organizó sesiones propias a partir del octavo congreso, celebrado en Ginebra, en 1996. A SASECE pertenecen profesores de 18 universidades distintas del Estado Español, principalmente de las áreas de conocimiento de Economía, Sociología y Derecho.

Los propósitos que figuran en el ideario de la Sociedad Mundial de Socioeconomía son:

1.Promover una mayor comprensión del comportamiento económico y sobre todo de los mecanismos de decisión a través de una amplia y variada selección de disciplinas académicas.

2.Promover el estudio y la investigación de las implicaciones políticas y culturales que se derivan de un entendimiento pluricontextual (social, psicológico, histórico, filosófico y ético) del comportamiento económico dentro de comunidades.

3. Servir de vehículo de intercambio de ideas y experiencias a nivel global.

Un resumen de un párrafo de lo que significa este nuevo paradigma diría, en primer lugar, que la Socioeconomía asume que la Economía está inmersa en la realidad social y cultural y que no es un sistema cerrado y autocontenido. Después recalcaría que los intereses que generan comportamientos competitivos no son necesariamente complementarios y armónicos.

La Socioeconomía asume también que los mecanismos de decisión que usan los individuos están influenciados por valores, emociones, juicios y prejuicios, así como por afinidades culturales y otros condicionamientos, y no simplemente por un preciso cálculo de interés propio. En este sentido, no se presupone que los sujetos económicos actúan siempre racionalmente o que están motivados principalmente por el propio interés o por el placer.

Metodológicamente la Socioeconomía valora de igual forma los mecanismos inductivos y deductivos, de ahí que la Socioeconomía pretenda ser al mismo tiempo una ciencia descriptiva y normativa. En palabras de Etzioni, queremos conocer la realidad para contribuir a su mejora.

No tienen los socioeconomistas un exclusivo interés en criticar a la economía neoclásica en su fundamentación y aplicaciones, pero sí que pretenden desarrollar modelos alternativos que sean a la vez ejemplares, predictivos y moralmente justificables.

La Socioeconomía, por último, no implica ningún compromiso ideológico y está abierta a una gran variedad de posiciones que contemplan el comportamiento económico como lugar de acción de la totalidad de la persona y de todas las facetas de la sociedad.

En este contexto, no debemos confundir a la Socioeconomía con un "ismo" más: no se trata de una tercera vía. Las pretensiones de legitimación de esta nueva perspectiva son exclusivamente académicas.

La Socioeconomía se presenta para muchos como una de las novedades intelectuales más importantes aparecidas en los últimos años y, sin duda, una de las de más relevancia política. La constatación del excesivo formalismo en que ha resultado el discurso económico estándar o dominante, ha tenido como resultado la proliferación de propuestas de reforma e, incluso, la presentación de paradigmas alternativos a lo que se considera ortodoxia económica.

El auge actual de la Socioeconomía debe mucho, ciertamente, a esa vocación de paradigma alternativo de la que se ha dotado desde el inicio. Lo que esta nueva perspectiva pretende es reconducir la ciencia económica al seno del contexto social y moral que la vio nacer, con una formulación rigurosa de los criterios de racionalidad o coherencia interna en vista de los fines que se persiguen: la justicia, la solidaridad, y la felicidad globales, y no solamente la maximización de una utilidad llamada interés propio.

Algunos socioeconomistas, principalmente en los EE.UU., han iniciado una plataforma de acción solidaria -The Comunitarian Network- para llevar a la práctica desde la base propuestas operativas del modelo socioeconómico. Esto nos dice también, que la Socioeconomía nace con una finalidad operativa y que no se contenta con planteamientos exclusivamente teóricos o académicos.

La Sociedad para el Avance de la Socieconomía (SASE) está presente en más de 30 países. Además de con su fundador, Amitai Etzioni, cuenta entre sus miembros de honor con algunos de los más prestigiosos economistas y sociólogos del mundo en los últimos tiempos, cual ha sido el caso de K. Boulding, de A. Hirchman, y de J. Galbraith, A. Sen, y H. Simon por un lado, y de P. Bordieu, M. Douglas, y N. Smelser por otro. La sede central de la SASE está en los Estados Unidos.

En Valencia tiene su sede el Capítulo Español de la SASE (SASECE). Entre sus objetivos están:

a) favorecer un análisis pluridisciplinar dentro del dominio de las ciencias sociales,

b) promover el desarrollo de la Socioeconomía en y desde España,

y c) favorecer intercambios intelectuales entre los que trabajan en temas afines a la Socioeconomía. La dirección de contacto es: SASECE. Departamento de Sociología, Universidad de Valencia, Campus de Los Naranjos, 46022 Valencia.

José Pérez Adán

18.12.07

Las Instituciones Sociales: Un resumen

Encontramos este trabajo que contiene un resumen, que como una buena ficha bibliográfica, orienta en la temática, en este caso, de las instituciones sociales, aunque no agota lógicamente su tratamiento. Pero es una buena "prima" para iniciar el estudio. Puede verse en:

http://www.monografias.com/trabajos10/insoc/insoc.shtml?monosearch

Las instituciones sociales.

Indice

1. Introducción
2. La familia.
3. La institución educativa
4. La familia como institución
5. Características y diferencias entre la familia tradicional y la familia moderna.
6. Bibliografía

1. Introducción

La institución es definida como un sistema de pautas sociales, relativamente permanente y organizado que formula ciertas conductas sancionadas y unificadas con el propósito de satisfacer y responder a las necesidades básicas de una sociedad.
Es decir, son comportamientos de una sociedad regulados, procesos estructurados mediante los cuales las personas llevan a cabo sus actividades.
Las características generales de las instituciones son las siguientes:

Tienen un origen social.
Satisfacen necesidades sociales especificas.
Las pautas culturales que informan una institución son impuestas y sus ideales son aceptados por la gran mayoría de los miembros de la sociedad.
Las instituciones se diferencian mas o menos.

Además de estas características, la sociología ha asilado y clasificado en tres categorías características distintas, comunes a las instituciones:

Los símbolos culturales: son señales de identificación, que sirven para advertir la presencia de una institución: estos simbolos pueden ser materializados o inmateriales: la bandera, el himno nacional, etc.

Los códigos de comportamiento: son reglas formales de conducta y tradiciones informales, propias de ciertos roles. Si bien existen códigos de comportamientos comunes a todas las personas generalmente son reconocidos, no hay ninguna garantía de que haya individuos que se desvíen de tales pautas.

La ideología: es un sistema de ideas interdependientes, compartidas por un grupo. Una ideología justifica un interés particular social, moral, económico o político del grupo y explica el universo en términos aceptable.

Las instituciones sociales son las grandes conservadoras y transmisoras de la herencia cultural, función que ejercen como consecuencia de su carácter, es decir, de que no dependen de ningún individuo o grupo. Los patrones institucionales viven a través de las personalidades individuales.

El proceso a través del cual de las instituciones retienen y transmiten la herencia cultural es, en esencia, el mismo que forma la personalidad. La cultura se transmite por interacción de un ambiente institucional.

2. La familia.

La familia es un fenómeno histórico y debe ser considerada como un fenómeno social total. El resultado es que no puede hablarse teóricamente de la familia en general sino únicamente de tipos de familia tan numerosas como las religiones, las clases sociales y los subgrupos existentes en el interior de la sociedad global, dado el hecho de que en muchas sociedades un hombre puede tener varias esposas y muchos hijos, todos los cuales se consideran como miembros de una familia. En otras sociedades, una pareja vive con los familiares de la esposa. La pareja y los hijos se consideran, no como una familia distinta, sino como parte de un grupo mayor.
Entre los humanos hay familia porque hay matrimonio. El matrimonio es una relación estable de cohabitación sexual y domiciliar, entre un hombre y una mujer, la cual es reconocida por la sociedad como una institución domiciliar y educativa de la prole que pueda surgir. También se denomina matrimonio al rito mediante el cual mediante el cual la mayoría de las culturas sancionan la formación de esta relación estable relativa.

El matrimonio tiene todas o algunas de las siguientes funciones:

Establecimiento de una relación sexual; la satisfacción del erotismo.
Domiciliaridad.
División del trabajo.
Transmisión de la herencia patrimonial, jurídica de status y de poder.
Transmisión de derechos entre conyugues.
Creación de ligámenes nuevos interfamiliares.
Reconocimiento publico de la relación.

El matrimonio adopta formas diversas. Dos son fundamentales: la monogamia en la que él conyugue posee un solo esposo (a) en un momento dado y la poligamia en la que la pluralidad de esposos o esposas queda permitida la colectividad.

La familia se considera como la unidad social básica, como la institución fundamental. Como un grupo social fundamental, la participación en la vida familiar genera una intensidad de emociones, de satisfacciones sexuales y de exigencias con respecto a nuestros esfuerzos y lealtad y a las funciones en lo que se refiere a la educación y al cuidado del niño.

Ofrecer una definición sobre la familia es una tarea compleja debido a enormes variedades que encontramos y al amplio espectro de culturas existentes en el mundo. Familia es un grupo social de parentesco, en el que el acceso sexual esta permitido entre los miembros adultos, en el que la reproducción ocurre legítimamente, el grupo es responsable frente a la sociedad del cuidado y educación de los hijos y es, además, una unidad económica, por lo menos de consumo.

A partir de esta definición se derivan las principales funciones de la familia:

La regulación del comportamiento sexual.
La reproducción a fines de crear descendencia.
La socialización de los hijos.

Tales funciones son generalizadas y explican el carácter de la universalidad de la familia. Los estudios realizados conllevan a distinguir los siguientes tipos de familia:

La familia nuclear: es la unidad familiar básica que se compone de esposo (padre), esposa (madre) e hijos. Estos últimos pueden ser la descendencia biológica de la pareja o miembros adoptados por la familia.

La familia extensa: se compone de mas de una unidad nuclear, se extiende mas allá de dos generaciones y esta basada en los vínculos de sangre de una gran cantidad de personas, incluyendo a los padres, niños, abuelos, tíos, tías, sobrinos, primos y demás.

La familia compuesta: descansa en el matrimonio plural. En la poligamia, un hombre y varias esposas, la forma de familia compuesta más frecuente y generalmente la más popular, el hombre desempeña el papel de esposo y padre en varias familias nucleares y las une por tanto en un grupo familiar más amplio.

3. La institución educativa

Al igual que la institución familiar, la educación es la institución social esta orientado a la formación, transmisión y comunicación del conocimiento, de las habilidades y valores de la sociedad han visto el importante rol que juega la familia. Los grupos primarios y secundarios en el proceso de socialización y educación de niños, jóvenes y adultos, indicando con esto que la educación no se limita a la escuela.

En el trayecto de la historia, el conocimiento ha transformado a la sociedad y a la economía. El conocimiento es el único recurso significativo.

Los adicionales factores de la producción: La tierra, el trabajo, y el capital no han desaparecido, pero han pasado a ser secundarios. Hoy se esta aplicando el conocimiento al conocimiento.

Este es el tercer paso y tal vez el ultimo en la transformación del conocimiento. El conocimiento cambia fundamentalmente la estructura de la sociedad; crea una nueva dinamica economica. Crear una nueva politica través de la educación, las personas han obtenidos innumerables logros sociales relacionados con la movilidad, el ascenso, progreso social, mejores ingresos, con lo cual se contribuye al desarrollo y a la realización personal.

Pero además, la educación formal integra a la los individuos política y socialmente dentro de la cultura principal de la sociedad, enfatizando y reproduciendo los valores culturales dominantes.

En tal sentido, la escolaridad es considerada como una vía para el logro de oportunidades. Las escuelas apartan a los niños y jóvenes del mundo privado y de las reglamentaciones familiares para socializarlos en un mundo publico en le cual las reglas impersonales y los status sociales reemplazan las relaciones personales. En las escuelas, los niños aprenden a adaptarse a una institución jerárquica en donde el poder y los privilegios se distribuyen en forma impersonal y desigual.

Las nuevas exigencias educativas del mercado demandan una transformación radical del sistema de educación, a partir del cual la escuela habrá de proporcionar una educación universal de alto nivel, infundirle a los estudiantes en todos los niveles y de toda edad, la motivación para aprender y la disciplina para continuar aprendiendo, tiene que estar abiertas tanto a las personas que por cualquier razón no tuvieron acceso a una educación superior en sus anos tempranos.

Por otro lado, la escolaridad no puede ser el monopolio exclusivo de las escuelas. La educación tiene que saturar a toda la sociedad y a las organizaciones que dan empleo: las empresas, las oficinas gubernamentales, las instituciones sin fines de lucro.

En el marco de la dinamica de la sociedad actual y de los rápidos cambios tecnológicos ya paradigmas teóricos, se requiere que los médicos, los abogados, los ingenieros, ect. Vuelvan a la escuela cada cierto tiempo para mantenerse actualizados y que su conocimiento no caiga en la obsolescencia.

La nueva sociedad demanda que el sistema educativo produzca personas educadas como un requerimiento universal de la sociedad de conocimientos y además porque es global en su dinero, en su economía, en sus carreras en su tecnología y sobre todo en su información.

Esta nueva sociedad, dominada por el conocimiento requiere que un nuevo tipo de liderazgo que pueda enfocar las tradiciones locales, particulares, separadas, en un concepto común de excelencia y de respeto mutuo, para poder vivir en un mundo cada vez más global.

En este proceso de transformación de la sociedad, el cambio más grande que habrá de producirse será le conocimiento; en su forma y en su contenido; en su significado; en su responsabilidad y en lo que significa ser una persona educada.

4. La familia como institución

La familia es la institución universal. La única, aparte de la religión formalmente desarrollada en todas las sociedades. Los papeles vinculados a ella influyen a todos los miembros de la sociedad. Todos nacen en una familia y la mayoría crean una propia. En nuestra sociedad solo una pequeña minoría queda sin contraer matrimonio y por tanto sin desempernar los papeles correspondientes; pero no escapa al de hijo o hija, ni quizá al de hermano o hermana. Los restantes papeles institucionales son más marginales, ya que una persona puede tener el papel mínimo en cualquiera de estos terrenos. Ahora bien: de una u otra forma, las demandas familiares pesan virtualmente sobre todos.

La familia es también la mas multifuncional de todas las instituciones, aunque en nuestra sociedad muchas de sus actividades tradicionales hayan pasado parcialmente a otras. Todavía quedan sociedades en las que la familia continua ejerciendo las funciones educativas, religiosas protectoras, recreativas y productivas, como en la estadounidense las cumplían no hace mucho tiempo, hasta que la industrialización, urbanización, especialización y secularización crecientes fueron privándola de la mayoría de ellas.

El desplazamiento progresivo de funciones fuera del circulo familiar ha producido disgusto a muchos, porque el modelo tradicional de familia ha adquirido una cualidad ideal en los mores de toda separación de ese ideal se considera una perdida de valores sagrados. La familia de otros tiempos, con su ambiente rural, sus muchos hijos, su carácter multifuncional y sus papeles patriarcales se convirtió en el patrón ideal de cómo debiera ser la familia y la actual familia urbana es, por todos conceptos totalmente distinta de este modelo, lo cual crea cierta intranquilidad en las personas que todavía basan sus valores en él.

No falta quien la acuse de incapacidad para la misión encomendada, de que no cumple con su deber, sea por negligencia deliberada o por torpeza moral. Pero, evidentemente, esas recriminaciones son absurdas, porque la familia no es una persona ni una cosa, sino una patrón cultural. Vive en el comportamiento de sus miembros, únicos responsables de sus actos. Además de esa transferencia de funciones no refleja tanto el fracaso de la familia como la capacidad de las demás instituciones para desempeñarlas mejor que ella. La antigua familia numerosa solía proporcionarse a sí misma diversiones porque era el único patrón cultural organizado de que podía disponerse para ese fin, pero hoy el cine del barrio o la televisión proporcionan una diversión mucho más perfecta, en cierto aspecto, que la que puede darse a sí misma la familia más genial.

No solo hay que considerar las instituciones como ejecutoras de ciertas funciones, sino también como realizadoras de ciertos valores. El concepto de función implica que las necesidades que satisface la institución son mas o menos continuas. El concepto de valor social implica que las posibilidades de satisfacer y fomentar esos valores carecen virtualmente de limites de limites. Como institución social, la familia puede considerarse correctora, reafirmadora y ampliadora de valores de sus miembros, haciéndoles participar de nuevas experiencias con otros. Las funciones familiares han sido transferidas a otras instituciones, muchas veces, no porque la familia sea incapaz de cumplir con su deber, sino porque esas otras instituciones proporcionan un medio mucho mas eficaz de conseguir los mismos propósitos.

5. Características y diferencias entre la familia tradicional y la familia moderna.

Familia tradicional.

El parentesco es el principio de organización de la sociedad.
La familia extendida es la unidad básica de residencia y de las funciones domésticas.
El hogar y el trabajo se fusionan; el hogar es el centro de producción.
Poca movilidad geográfica y social; los hijos heredan el status y el rol de los padres.
Altas tasas de fertilidad y de mortalidad, especialmente durante la infancia.
Las obligaciones con los parientes tienen prioridad por encima del logro individual.
Se da especial importancia al deber, la tradición, la sumisión del individuo a la autoridad y las necesidades de la familia.
Los hijos se consideran como individuos útiles económicos emocionalmente, aunque la subordinación y la dependencia a los padres puede continuar hasta que estos mueran.
Confusión de los límites entre el hogar y la comunidad principal; alto grado de sociabilidad comunal.

Familia moderna.

El parentesco esta separado de las esferas socioeconómicas y política.
La familia nuclear es la unidad básica de residencia y de las funciones domésticas.
El hogar y el trabajo esta separados; el hogar es el centro consumo.
Alta movilidad social y geográfica; los hijos logran su propio sus propios roles y posiciones sociales.
Tasas de fertilidad bajas y controladas y tasas de mortalidad bajas, especialmente durante la infancia.
Las obligaciones con los parientes pierden importancia a favor del logro individual.
Los derechos individuales, la igualdad, la realización personal y la búsqueda de la felicidad tienen una marcada importancia.
Gran preocupación por el desarrollo de los hijos, la adaptación inmediata y el futuro potencial; después de llegar a la edad adulta, los hijos se separan de la autoridad paterna.
Línea bien marcada entre el hogar y el mundo exterior; el hogar se considera como un refugio privado; se da mayor importancia a la privacidad familiar.

6. Bibliografía.


NOCIONES DE LA SOCIOLOGIA. Juan Frco. Martínez Almánzar. Impreso por editora centro adiestramiento e investigación social CASI. 7ma edición.

INTRODUCCION A LA SOCIOLOGIA. Francis E. Merril. Impreso por editora Aguilar. 2da edición.

Universidad Tecnológica de Santiago
Utesa
Facultad de Ciencias Económicas y Sociales.
Trabajo de Sociología
Presentado por:
Maridania Collado 99-3470
Agustín Delgado 1-00-
Madelin Rosario 99-3708
Santa margarita Tatis 1-00-2081
Presentado a:
Fausto bello
Santiago de los caballeros
21 de marzo de 2001.

Trabajo enviado por:
Mackaruchi
mackaruchi81[arroba]hotmail.com

23.11.07

Tipo Ideal

En:

http://www.angelfire.com/planet/danielmr/Max%20Weber/Tipo%20Ideal.htm

Tipo Ideal

El concepto de tipo ideal se sitúa en el punto de culminación de varias de las tendencias del pensamiento de Weber.

El tipo ideal está vinculado con la idea de comprensión, pues todo tipo ideal es una organización de relaciones inteligibles, propias de un conjunto histórico o de una realización de acontecimientos.

Por otra parte, el tipo ideal está vinculado con lo que es característico de la sociedad y de la ciencia moderna, a saber, el proceso de racionalización.

La construcción de tipos ideales es una expresión del esfuerzo de todas las disciplinas científicas para conferir inteligibilidad a la materia, deduciendo de la misma la racionalidad interna, y quizás aún construyendo esta racionalidad a partir de una materia a medias informe.

Finalmente, el tipo ideal se relaciona también con la concepción analítica y parcial de la causalidad. En efecto, el tipo ideal permite aprehender individuos históricos o conjuntos históricos. Pero el tipo ideal es una aprehensión parcial de un conjunto global. Mantiene el carácter parcial de toda relación causal, aun en aquellos casos en que, aparentemente, abarca a una sociedad entera.

La dificultad de la teoría de Weber acerca del tipo ideal consiste en que se utiliza simultáneamente este concepto para designar a todos los conceptos de las ciencias de la cultura, y para precisar determinadas especies de conceptos. Por consiguiente, creo que es más claro, aunque la distinción no aparece explícitamente en la obra de Max Weber, distinguir la tendencia ideal-típica de todos los conceptos de las ciencias de la cultura, y las especies definidas de tipos ideales que él reconoce por lo menos implícitamente.

Los tipos ideales se expresan mediante definiciones que no se ajustan al modelo de la lógica aristotélica. Un concepto histórico no conserva los caracteres que presentan todos los individuos in­cluidos en la extensión del concepto, y menos aun los caracteres medios de los individuos considerados; apunta a lo típico, lo esen­cial. Cuando se afirma que los franceses son indisciplinados e inteligentes, no se pretende decir que todos son indisciplinados e inteligentes, lo que es improbable. Se quiere reconstruir un in­dividuo histórico, el francés, deduciendo ciertos caracteres que parecen típicos y definen la originalidad del individuo. O también cuando cierto filósofo escribe que los hombres son prometeicos, que definen su futuro cobrando conciencia del pasado, y que la existencia humana es compromiso, no pretende afirmar que todos los hombres piensan su existencia apelando a una reflexión si­multánea acerca de lo que ha sido y lo que será. Sugiere que el hombre es realmente hombre cuando se eleva a esta altura de reflexión y de decisión. Trátese de la burocracia o del capitalis­mo, del régimen democrático o de una nación particular, por ejemplo Alemania, no se definirá el concepto por los caracteres comunes a todos los individuos ni por los caracteres medios. Será una reconstrucción estilizada, el aislamiento de los rasgos típicos.

La tendencia ideal-típica está vinculada con la filosofía general de Max Weber, e implica la relación con los valores y la comprensión. Comprender al hombre histórico como prometeico, es com­prenderlo en relación con lo que nos parece decisivo, es decir, su vocación misma. Para que sea posible denominar prometeico al hombre histórico, es necesario suponer que se interroga acerca de sí mismo, de sus valores y de su vocación. La tendencia ideal típica es inseparable del carácter comprensible de la conducta y la existencia humana, al mismo tiempo que de la actividad ini­cial de las ciencias de la cultura, la relación con los valores.

Simplificando, podemos afirmar que Max Weber denomina tipos ideales a tres clases de conceptos:

Una primera especie es la de los tipos ideales de individuos his­tóricos, por ejemplo el capitalismo o la ciudad de Occidente. En este caso, el tipo ideal es la reconstrucción inteligible de una realidad histórica global y singular; global, porque se designa con el nombre de capitalismo al conjunto de un régimen económico, y singular porque según Weber el capitalismo, en el sentido en que él define este término, sólo se ha realizado plenamente en las so­ciedades occidentales modernas. El tipo ideal de un individuo his­tórico continúa siendo una reconstrucción parcial: el sociólogo eli­ge en el conjunto histórico cierto número de rasgos para constituir un todo inteligible. La reconstrucción es una entre otras posibles, y no toda la realidad se incorpora a la imagen mental del soció­logo.

Una segunda especie es la de los tipos ideales que designan elementos abstractos de la realidad histórica, hallados en elevado número de circunstancias. Cuando se combinan, estos conceptos permiten caracterizar y comprender los conjuntos históricos reales. La oposición entre estas dos especies de tipos ideales se deli­neará claramente si se toma como ejemplo de la primera especie el capitalismo y como ejemplo de la segunda burocracia. Es el primer caso, se designa un conjunto histórico, real y singular. En el segundo, se define un aspecto de las instituciones políticas que no engloba a un régimen entero, y que reaparece muchas veces, en diferentes momentos históricos.

Estos tipos ideales de los elementos característicos de la socie­dad se sitúan en diferentes niveles de abstracción. En un nivel inferior, aparecen conceptos como los de burocracia o feudalismo.

En un nivel más elevado de abstracción, figuran los tres tipos de dominio (racional, tradicional y carismático).

Se define cada uno de estos tres tipos por la motivación de la obediencia o por la naturaleza de la legitimidad a la que el jefe aspira.

El dominio racional se justifica mediante las leyes y los reglamentos; el dominio tradicional por la referencia al pasado y a la costumbre; el dominio carismático por la virtud excepcional, casi mágica, que po­see el jefe y que le atribuyen los que lo siguen y se consagran a él.

Los tres tipos de dominio son ejemplos de conceptos a los que podríamos denominar "atómicos". Se los utiliza como elementos gracias a los cuales se reconstruyen y comprenden los regímenes políticos concretos. La mayoría de estos últimos combinan elemen­tos que corresponden a estos tres tipos de dominio.

Repitamos una vez más que, precisamente porque la verdad es confusa, te­nemos que abordarla con ideas claras; porque los tipos se mezclan en la realidad, es necesario definirlos rigurosamente; porque no existe un régimen que sea puramente carismático o tradicional, en nuestro espíritu es necesario separar rigurosamente estos dos ti­pos. La reconstrucción de los tipos ideales es, no el fin de la investigación científica, sino un medio.

Utilizando conceptos riguro­samente definidos, medimos la distancia entre nuestros conceptos y la realidad, y combinando conceptos múltiples aprehendemos una realidad compleja.

Finalmente, en un último nivel de abs­tracción, hallamos los tipos de acto: el acto racional con respecto a los fines, el acto racional con respecto a los valores, el acto tra­dicional, y el acto afectivo.

Finalmente, la tercera especie de tipos ideales está constituida por las reconstrucciones racionalizantes de formas de conducta de un carácter particular.

De acuerdo con Max Weber, el conjunto de las proposiciones de la teoría económica no es más que la reconstrucción ideal típica del modo en que los sujetos se conducirían si fueran sujetos económicos puros. La teoría económica piensa rigurosamente la conducta económica conforme a su esencia y definida de manera precisa.

21.11.07

Max Weber: Comprehensión

Un trabajo que nos da un panorama poco usual, por lo comprehensivo, así, con "h", de las concepciones y métodos de Max Weber. Relaciona ciertos trabajos con su obra final, Economía y Sociedad, y habilita una lectura con sentido lógico. Las características del método en Weber (comprender, interpretar y explicar) son aplicables a toda investigación.

En:

http://www.alcoberro.info/V1/weber.htm

INTRODUCCIÓN A MAX WEBER (1864-1920)

- UN CONTEXTO CULTURAL
- SOCIOLOGÍA DESPUÉS DE MARX Y NIETZSCHE
- CARACTERÍSTICAS DE UNA SOCIOLOGÍA DE LA ACCIÓN
- TRES MOMENTOS EN UN MÉTODO: COMPRENDER, INTERPRETAR, EXPLICAR
- CUATRO CONSTANTES WEBERIANAS
- «LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO»: ELEMENTOS PARA UNA - LECTURA
- RELIGIÓN Y ORGANIZACIÓN SOCIAL
- EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO
- DOMINACIÓN Y ACCIÓN POLÍTICA
- DOMINIO, OBEDIENCIA Y LEGITIMIDAD
- LA BUROCRACIA
- ÉTICA Y POLÍTICA COMO FORMAS DE TRAGEDIA
- LA ÉTICA DE WEBER: RESPONSABILIDAD Y CONVICCIÓN
- A MANERA DE CONCLUSIÓN

UN CONTEXTO CULTURAL

Max WEBER nació el 21 de abril de 1864 y murió el 14 de junio de 1920. Tal vez estas fechas digan poco a un lector del siglo 21, pero situándolas en su contexto histórico, se verá que fue testimonio de la creación del Imperio (1871), de su hundimiento (1918) y del nacimiento de la República de Weimar (1919) a la redacción de cuya constitución contribuyó decisivamente. A lo largo de su vida conoció dos guerras nacionales (1866 y 1870), una guerra mundial (1914-1918) y tres revoluciones (las de 1905 y 1917 en Rusia y 1918 en Alemania). Su disección de la sociedad burguesa es, pues, también una consecuencia de su conocimiento vivo de la historia y de su experiencia inmediata de la transformación del mundo cultural que había sido el de los grandes propietarios latifundistas prusianos aburguesados [Junkers] y acabará siendo el de las tensiones obreras y el ascenso de la socialdemocracia.

Nacido en la burguesía intelectual liberal (su padre era jurista y diputado) en el seno de una complicada familia de intelectuales y empresarios y formado en la brutal “cárcel de hierro” de la Universidad de su época –que le provocó sus conocidas depresiones y una muerte prematura a los 56 años– WEBER es testimonio del análisis de la concentración industrial [Konzern] y de las consecuencias ideológicas de la modernidad económica que hereda tanto como transforma radicalmente el viejo panorama ideológico protestante. Su análisis de la religión, de la política y de las formas de legitimación son indisociables del cambio que experimenta Alemania, y casi Europa occidental entera, entre 1864 y 1920.

Como sociólogo, WEBER ofrece un testimonio de primera mano sobre la crisis de la tradición prusiana (aristocrática, autoritaria, patriarcal) y el surgimiento de los Estados modernos (de democracia representativa, burocráticos, legal-racionales, etc.). La Alemania de su tiempo vive unos cambios sociales, históricos y culturales profundos que harán posible que, por primera vez, la modernidad tome conciencia de sus límites y de la distancia entre su marco jurídico y la realidad social. Ese proceso, que él denominó «racionalización del mundo», no puede pensarse sin tensiones y contradicciones y constituye el tema básico o el hilo conductor de toda su obra. WEBER fue capaz de ver hasta qué punto la racionalidad formal de la empresa, del derecho o del estado es inseparable de, y tiene en su vértice, la irracionalidad del dominio carismático y de la burocracia, expresión de una racionalización que se ha vuelto irracional:

«Junto con la máquina sin vida [la burocracia] está realizando la labor de construir la moralidad de la esclavitud del futuro en la cual quizá un día han de verse los hombres, como los “felagas” en el estado egipcio antiguo– obligados a someterse, impotentes a la opresión, cuando una administración puramente técnica y buena, es decir, racional, una administración y provisión de funcionarios, llegue a ser para ellos el último y único valor, el valor que debe decidir sobre el tipo de solución que ha de darse a sus asuntos».

WEBER se nos aparece casi un notario de estos cambios y como el narrador de la nueva concepción del poder, de lo sagrado y de la máquina que surge de la conciencia europea de su momento, y que, en buena parte, perdura en los tiempos posteriores.

Así cuando nos describe la personalidad carismática, convendría no olvidar que él es un contemporáneo de Bismarck, unificador de Alemania (1866-1871) y autor de las primeras políticas sociales modernas (1883-1889). Y cuando se leen sus trabajos sobre LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO (1904-1905), habría que tener a mano novelas como LOS BUDDENBROOKS de Thomas Mann (1901) donde se narra la decadencia de la vieja burguesía rigorista y protestante, substituida por una nueva burguesía arribista y mercantil.

WEBER fue un personaje complejo, por enciclopédico, e incluso por mal editado: la manipulación póstuma que su mujer, Marianne, ejerció sobre su obra –destrucción de manuscritos incluida– deja pequeña a la de la hermana de Nietzsche; se trata, además, un personaje psicológicamente atribulado, con unas complicadas relaciones familiares y acosado por la depresión, que le dejó “fuera de juego” en la Universidad entre 1897 y 1918, aunque practicase –cuando la salud lo permitía– el famoso “ocio eficaz” de los universitarios alemanes. La confidencia, que debemos a su esposa, según la cual no logró consumar su matrimonio hasta los 44 años (se había casado con 29), nos muestra hasta que punto era un individuo emocionalmente complicado. Y no debieran pasarse de largo sus obvios fracasos políticos, incluyendo el de la constitución de la República de Weimar que inspiró –y lo que ello pudo ayudar al posterior auge del nazismo. Pero su obra, tomada como “Corpus”, más que discutida y discutible en los detalles empíricos, inicia una manera de hacer sociología y de comprender la acción social que vale en tanto que clásica.

SOCIOLOGÍA DESPUÉS DE MARX Y NIETZSCHE

Max WEBER murió en 1920, Durkheim lo había hecho en 1917 y Simmel en 1918. Es demasiado simple convertir a estos tres pensadores, y particularmente a WEBER, en una especie de “anti-Marx” –o de reconstructores del pensamiento burgués– como ha sido tópico en el contexto ibérico. Más bien debiera considerarse a WEBER como el autor que ha comprendido hasta qué punto la “filosofía de la sospecha”, por usar una etiqueta bastante anacrónica, tiene razón en lo que critica pero es, a la vez, impotente por lo que propone. Según parece, WEBER habría confesado a Spengler, en febrero de 1920, que: «La honestidad de un intelectual puede medirse por su actitud frente a Marx y Nietzsche (...) El mundo en que existimos intelectualmente nosotros mismos es en gran parte un mundo formado por Marx y Nietzsche». Su proyecto no pretende, pues, la reconstrucción, sino la revisión de lo dicho por los maestros de la sospecha. Precisamente porque Marx y Nietzsche llevan a un callejón sin salida –porque son geniales y ciegos a la vez– es necesario asumirlos como ellos mismos, en su mejor momento, hubiesen querido: sin escolástica, pero sin perdonarles por estar vivos; sin menosprecio pero sin sumisión.

WEBER como pensador resume las tradiciones políticas de la Alemania de su época: fue liberal, se implicó en el pensamiento social cristiano y terminó en el Deutsche Demokratische Partei en 1919, después de haber estado vinculado a la socialdemocracia, que le desagradaba por burocrática; no pretende transformar el mundo pero comparte con Marx un enfoque metodológico básico: el de explicar las sociedades como un conjunto de estructuras y de prácticas sociales colectivas. Y lo hace con una perfecta distancia, o “neutralidad axiológica” si se prefiere, en lo que se refiere a las consideraciones morales. Así, en 1892 podía escribir, por ejemplo, que: «... desde el punto de vista de la razón de estado; éste no es para mí un problema referente a los obreros agrícolas, no pregunto si viven bien o mal y cómo se los puede ayudar». Podríamos encontrar textos de Marx sobre la situación de los obreros en la India que no estaría demasiado lejos de este enfoque.

Temas como el análisis del capitalismo y de la burocratización, e incluso la cosificación de las relaciones humanas, se hallan en Marx tanto como en WEBER. Sin embargo lo que les separa es obvio: WEBER no acepta el reduccionismo de la hipótesis central del marxismo, la primacía del sólo factor económico para explicar el capitalismo. La alternativa weberiana es bien conocida: si el capitalismo ha triunfado se debe no a la plusvalía ni al maquinismo, sino a la eficiencia social de unos valores encarnados por la ética, protestante, que ha hecho del trabajo un estilo de vida que va mucho más lejos del puro elemento económico e impregna todas nuestras acciones.

La segunda influencia crucial la recibió de Nietzsche. WEBER descubre en él la idea fundamental de su sociología: el lugar central que ocupan los valores, su papel fundador de la conciencia social que es, a la vez, conciencia moral. Nietzsche muestra a WEBER que los valores no son eternos y que lo fundamental para un sociólogo es comprender como determinados valores se han convertido en tópicos, hasta volverse incluso incapaces de identificarse como tales: es la aquiescencia social, el contexto histórico y la utilidad de los valores para fundar estilos de vida lo que nos ofrece el criterio para comprender cómo funciona y como se articula una acción social. Se ha podido decir que WEBER realiza empíricamente el programa de LA GENEALOGÍA DE LA MORAL. Pero encontraremos entre ambos una diferencia crucial: Nietzsche quiere «transvalorar», cambiar el signo de los valores; en cambio, lo que WEBER pretende es comprender la influencia indirecta de los valores sobre la vida y sobre la formación social, pero sin erigirse en juez. Los valores son “racionales”, incluso más racionales que los intereses económicos, y por ello la actitud axiológica de neutralidad es más conveniente que la del juicio moral o, peor aún, moralizante.

CARACTERÍSTICAS DE UNA SOCIOLOGÍA DE LA ACCIÓN

WEBER fue un autor enciclopédico, capaz, por ejemplo, de escribir dos tesis sobre derecho comercial en las ciudades italianas (1889) y sobre historia agraria de Roma, considerada en su relación con el derecho público y privado (1891). De ahí su agudo sentido de la historia, que lo enfrenta a la Escuela marginalista austríaca de Carl Menger (1840-1921) a la que consideraba sólo capaz de enunciar reglas abstractas. Pero fue también un empirista, capaz de realizar encuestas sobre el terreno, como la que dedicó a la situación de los trabajadores agrícolas del este del Elba (1892) y la estudió a los obreros industriales alemanes (1908). Sin embargo, WEBER no se limita al empirismo lato. Considera, más bien, necesario elaborar conceptos teóricos que permitan dar cuenta de las realidades sociales, desde un punto de vista dinámico.

No es función de la sociología establecer leyes de la «ciencia de la cultura», el sentido que, por ejemplo la entendía Wilhelm Dilthey (1833-1911) cuando distinguía entre explicación [erklären], propia de las ciencias naturales y comprensión [verstehen], propia de las ciencias sociales. A las ciencias sociales no les corresponde un estatuto minorizado. La sociología es una ciencia histórica que debe apartarse de toda clase de dualismos y, en consecuencia, no hay que fundar tampoco su método a partir de las ciencias de la naturaleza, como pretendían los positivistas. Lo que WEBER entendía por “acción social” se puede resumir en un párrafo de su propia obra:

«La sociología interpretativa o comprensiva considera al individuo y su acción como su unidad básica. Como su átomo, si puedo permitirme emplear excepcionalmente esta discutible comparación. Desde esta perspectiva, el individuo constituye también el límite superior y es el único depositario de una conducta significativa... En general, en sociología, conceptos tales como «estado», «asociación», «feudalismo», etc., designan categorías determinadas de interacción humana. En consecuencia la teoría de la sociología consiste en reducir estos conceptos a «acciones comprensibles», es decir, sin excepción, aplicables a las acciones de hombres individuales participantes».

Los dos conceptos que permiten comprender el desarrollo de la sociología weberiana son los de «actor socializado» y «acción instituida»; ambos permiten superar el tópico del “individualismo sociológico” que, como veremos, es más complejo de lo que su explicación elemental sugiere.

Hablar de «actor socializado», sugiere que el individuo forma parte de una serie de redes de relaciones sociales, fuera de las cuales no puede ser comprendido. El punto de vista del «actor socializado», es decir, la comprensión que los propios actores tienen de su propia función es sociológicamente fundamental. Esos actores, organizados, son la base de toda acción social.

WEBER distingue entre “clases sociales”, “grupos de estatus” y “partidos políticos”, estratos distintos que corresponden respectivamente a los órdenes económico, social y político.

Así, a diferencia de Marx, en WEBER las clases son únicamente una de las formas de la estratificación social, atendiendo a las condiciones de vida material, y no constituyen un grupo consciente de su propia unidad más allá de ciertas condiciones de vida.

Los “grupos de estatus” se distinguen por su modo de consumo y por sus prácticas sociales diferenciadas que dependen a la vez de elementos objetivos (nacimiento, profesión, nivel educativo) y de otros puramente subjetivos (consideración, reputación...). Estos “grupos de estatus” se distinguen unos de otros por estilos o “modos de vida” (concepto que hay que comprender por oposición a “nivel de vida”).

Finalmente, los “partidos políticos” expresan y unifican en forma institucional intereses económicos y estatus sociales comunes, aunque su creación puede fundamentarse también en otros intereses (religiosos, éticos, etc...).

Este análisis tridimensional pone de relieve que en las sociedades modernas hay diversos criterios de jerarquización de los grupos sociales. Entre los diversos modos de pertenencia a un grupo, el “grupo de estatus” posee una especial relevancia: es ahí donde se adquieren y se comparten los valores, las normas de comportamiento y las prácticas significativas que los especifican. Una teoría de la acción social debe dar cuenta, en consecuencia, de la forma como unos individuos interaccionan con otros para modificar sus comportamientos; lo que no necesariamente se produce de forma racional...

De ahí que la sociología deba dar cuenta también de la «acción instituida» que es algo más que la pura “elección racional” del supuesto individualismo metodológico. La elección de los valores, que incumbe al individuo, se refiere implícitamente a su “grupo de estatus”. Promocionar, o no, determinados valores depende de un grupo que siempre es institucional.

Si hablamos de un actor socializado y una acción instituida es porque la elección de valores de los individuos es social, elaborada en instituciones que de por sí son jerárquicas. La conformidad o disconformidad respeto a una regla constituye al individuo. De hecho actuar según la regla equivale a ser instituido por ella. Pero es el individuo, y no una totalidad “holística”, lo que explica la acción. Más que elaborar teorías holísticas, que por su alto nivel de generalización no explican nada, de lo que se trata es de elaborar un pensamiento complejo sobre el individuo. Lo instituido se expresa en su actor.

El individualismo metodológico no debe confundirse, pues, con el individualismo social, propio de algunas sociedades liberales que animan a ser “diferentes”; ni con el individualismo ético que se opone al “colectivismo”. Ambos ven al individuo como enfrentado al grupo, o “des/socializado”, mientras que el individualismo metodológico se ejerce en el contexto de una sociedad y de unas instituciones.

TRES MOMENTOS EN UN MÉTODO

WEBER en la famosa primera frase de ECONOMÍA Y SOCIEDAD, define la sociología como: «... una ciencia que se propone comprender por interpretación [deutend verstehen] la actividad social interpretándola, y a partir de ahí explicar causalmente [ursächlich erklären] su desarrollo y sus efectos».

De aquí se derivan las tres etapas de toda sociología: comprensión, interpretación y explicación, que no han de considerarse como peldaños de una escalera sino como formas de análisis convergentes de la realidad social, sin que quepa considerar a una “superior” a otra.

«Comprender» la acción social significa optar por la “neutralidad axiológica”, tanto por razones morales como por la propia especificidad de la teoría. No es necesario ponerse en la piel de los actores sociales para comprenderles, o como dice en ECONOMÍA Y SOCIEDAD: «No es necesario ser Cesar para comprender a Cesar». Ningún científico social tiene derecho a aprovecharse de su situación para hacer ostentación de sus sentimientos particulares. Y, por el mismo hecho de que en ciencias sociales es imprescindible seleccionar cuidadosamente los materiales, la neutralidad axiológica es imprescindible para el buen resultado del análisis. Sin neutralidad axiológica no hay comprensión científica de la sociedad. Como él mismo definió en un artículo póstumo (1927):

«No conocemos ideales que puedan demostrarse científicamente. Seguramente, la tarea más ardua es trazar la raya desde nuestro propio pecho en un periodo cultural que es tan subjetivo. Pero no tenemos ningún paraíso soñado, ni ninguna calle de oro que ofrecer ni en este mundo ni en el próximo; ni en el pensamiento ni en la acción; y es un estigma de nuestra dignidad humana que la paz de nuestras almas no pueda ser nunca tan grande como la paz de aquel que sueña en tal paraíso»


La ausencia de espíritu doctrinario, la renuncia a transformar la sociedad para lograr interpretarla ha de ser paralela a la apasionada exigencia de lucidez en el análisis. Como se verá la «ética de la responsabilidad» surge de la exigencia de comprensión por encima del prejuicio y de la utopía.

«Interpretar» la acción social llega a ser posible mediante la construcción de “ideales tipo” [Idealtipen – palabra también traducida por: “tipos ideales”, o “tipologías”]. Un “ideal tipo” es una construcción abstracta, de estatuto provisional, susceptible de ordenar el caos, la infinita diversidad de lo real. No expresan “la” verdad, que en tanto que concepto substancial es un ideal vano, sino uno de sus aspectos, a través de acentuar los rasgos cualitativos de una realidad. Su valor es, pues, utilitario, en tanto que permite una mayor inteligibilidad de lo real. El “ideal tipo” coincide con una «imagen mental obtenida por racionalizaciones de naturaleza utópica», es decir, sin contenido empírico, que retoma la distinción kantiana entre el “concepto” [verdad] y lo “real” [realidad]. Se trata así de evitar tanto la confusión positivista entre verdad y realidad cuanto la dimisión conceptual del puro relativismo empirista. En sus propias palabras:

«Se obtiene un “ideal tipo” al acentuar unilateralmente uno o varios puntos de vista y encadenar una multiplicidad de fenómenos aislados –difusos y discretos – que se encuentran en mayor o menor número y que se ordenan según los precedentes puntos de vista elegidos unilateralmente para formar un cuadro de pensamiento homogéneo».

El concepto de “ideal tipo” sirve a WEBER para superar la contradicción entre la subjetividad inherente a la selección de materiales que debe plantear cualquier sociólogo y la objetividad que se exige a sí mismo en tanto que científico que debe actuar desde parámetros de “neutralidad axiológica”. Y todavía más, el “ideal tipo” es una herramienta a través de la cual se supera la contradicción entre los hechos históricos singulares y la generalización a que obligan las reglas sociales. Finalmente, un “ideal tipo” es también útil para la reconstrucción racional de las conductas sociales. WEBER los usa tanto para su sociología de la acción (tipos de racionalidad), como para su sociología económica (tipos de capitalismo), su sociología de las religiones y su sociología política (tipos de dominación).

«Explicar» significa, en palabras de WEBER, establecer «juicios de imputación histórica» que, a diferencia de lo que ocurre en Marx, implican un pluralismo causal. Es importante establecer que un mismo fenómeno puede ser explicado de formas muy diversas. Debe, pues, tenerse muy presente, en la medida que concierne a la teoría Weberiana del “espíritu del capitalismo”, que el propio WEBER tenía más que reservas ante la sobrevaloración, atribuida a sus intérpretes, del papel de la ética religiosa sobre el famoso “espíritu”. Esta explicación no debiera generalizarse, ni universalizarse más allá de un contexto histórico muy concreto, fuera del cual no es válida –precisamente en la medida que sería monista, cuando lo que pretende WEBER es reivindicar el pluralismo. Habría que saber hasta que punto el pluricausalismo tiene que ver con la propia complejidad psicológica y las inseguridades de WEBER y hasta que punto se ha convertido después en un artefacto apto para garantizar el orden social cuando ciertas causalidades son incluso “demasiado” claras.

CUATRO CONSTANTES WEBERIANAS

Resulta complejo establecer períodos en la obra de un pensador como WEBER cuya obra, en gran medida, está condicionada por el sistema, francamente opresivo, de la Universidad germánica de su época. Un profesor nada convencional que muere a los 56 años y vive forzado a escribir sobre el Imperio chino, la agricultura tardoromana, los fundamentos racionales de la música, la historia comercial de la Edad Media, las sectas protestantes, la bolsa, el judaísmo antiguo y el formalismo en el derecho... difícilmente puede ser juzgado desde un planteamiento académico perfectamente convencional que distinga entre, por ejemplo, juventud y madurez en el sistema. En cualquier caso, WEBER es inmune a la fascinación de las filosofías de la historia, de las profecías sociales y del evolucionismo, que son las tentaciones más habituales de cualquier pensador social.

Por ello preferimos hablar de “constantes” que van apareciendo como un fondo en la obra de WEBER; hay algunos quasi-axiomas a lo largo de toda su obra y nos parece perfectamente asumible la continuidad de ciertas intuiciones básicas en sus textos principales.

1.- LA ESPECIFICIDAD DEL RACIONALISMO OCCIDENTAL: La especificidad del mundo occidental y de la modernidad está vinculada según WEBER a la «racionalización» y al «desencantamiento del mundo». Esos dos principios de acción social, que no se han dado en ninguna otra parte del planeta, se expresan de una forma especialmente significativa en la organización capitalista del trabajo y en el Estado burocrático moderno, con su énfasis en el criterio de eficacia. Algunos estudiosos de su obra sitúan ese descubrimiento hacia 1910 (en sus trabajos sobre la música) pero es obvio que se trata de una intuición que puede reencontrarse en sus obras mayores. Lo específico del racionalismo occidental es que su obra vincula formas económicas, estructuras sociales e instituciones políticas. No se trata de que WEBER sea “etnocéntrico”: como hemos dicho defiende metodológicamente el pluralismo causal; pero lo cierto es que el cúmulo de circunstancias que llevan a la racionalización en Occidente no surge en ningún otro lugar. Con todo, debe destacarse que WEBER nunca cree que exista ningún tipo de desarrollo lineal de las sociedades, ni que otras culturas deban “progresar” (concepto que tampoco asume) hacia el modelo occidental.

2.- LA ORDENACIÓN DE LA CONDUCTA Y CONSTRUCCIÓN DE UN “ORDEN VITAL” [LEBENSORDNUNG] Un segundo gran tema weberiano es el de la forma como las religiones construyen el “ethos” de los individuos, es decir, el orden normativo interiorizado, que da forma a la conducta. Para WEBER es importante destacar que ese “ethos” no constituye algo puramente limitado a las ideas, sino que tiene consecuencias sociales y, además, no surge de individuos aislados sino de grupos que consideran su ética como un signo distintivo explícito en la acción social. Las relaciones sociales y las formas simbólicas no pueden ser separadas, y constituyen un orden vital que identifica a determinados “tipos ideales”. Mecanismos subjetivos y eficiencia social no sólo no resultan contradictorios, sino que se necesitan, y se explican, mútuamente. Esa es la intuición que subyace a LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO.

3.- LA TENSIÓN ENTRE RACIONALIDAD E IRRACIONALIDAD Es uno de los temas básicos del mundo moderno. Una parte básica de los estudios históricos weberianos está orientada a mostrar cómo lo racional emerge de lo irracional, de manera que no resulta posible mantener una escisión entre ambos niveles; de hecho ni siquiera una pueden ser nítidamente diferenciados. Lo “irracional” fascina a su época: Freud, como Th. Mann i WEBER lo investigan –y se sienten atraídos por su estudio. Eso no significa que la obra Weberiana pueda confundirse con un “irracionalismo” sino que nos muestra lo extraordinariamente complejo, e incluso lo ambivalente, de la noción misma de racionalidad

4.- LA INFLUENCIA DE LAS DISPOSICIONES ÉTICAS es la otra gran constante del pensamiento social weberiano. La burguesía, además –y por encima– de ser un sistema económico, o una clase social con una serie de derechos jurídicos es un “ethos”, en ruptura con los principios tradicionales, centrada en la conciencia profesional y que sitúa el trabajo como valor central que da sentido a la vida. El “ethos” protestante puede parecer contradictorio –acumula riqueza pero mantiene la prohibición radical de disfrutarla– y constituye un ascetismo secular por oposición al ascetismo religioso. A través de la educación este “ethos” se acabará extendiendo a otros grupos sociales, incluidos los obreros, para convertirse en una especie de sentido común de las sociedades occidentales.

La ética calvinista, puritana y el espíritu capitalista, unidos estrechamente forman el núcleo del mundo moderno. «Una conducta vital caracterizada por un racionalismo práctico» –expresión que tomamos de su SOCIOLOGÍA DE LA RELIGIÓN (1920), es tan necesaria como una tecnología racional o como un derecho racional para la extensión del capitalismo. Para comprender la originalidad de WEBER tanto frente al marxismo como al marginalismo de Carl Menger, conviene recordar que para WEBER ha habido un capitalismo “no racional” (el de las ciudades de la Edad Media), por oposición al capitalismo racional, orientado por el mercado y por la racionalidad calvinista. De hecho, el capitalismo necesitó para triunfar que la familia dejase de ser el eje “no racional” de la sociedad y que –mediante procesos como la sociedad anónima por acciones– sea la empresa el modelo racional de la acción social. No puede, pues, explicarse el capitalismo ni por la pura lógica monetaria de la economía (Menger), ni por la lucha de clases (Marx) que, siendo elementos significativos, no agotan su pluralidad de significaciones.

«LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO»: ELEMENTOS PARA UNA LECTURA

A diferencia de Marx, WEBER no se interesa por el capitalismo en oposición a una (hipotética) sociedad socialista, sino como expresión de la especificidad del mundo occidental y de la racionalidad moderna. Para ambos el capitalismo es un hecho determinante en el destino del hombre, pero WEBER no ve una causalidad económica determinante en la historia, sino una sincronía de elementos, religiosos, económicos, éticos... que al entrecruzarse en un determinado momento dan origen a una determinada racionalidad capitalista. Éste es el tema de LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO (1904-1905) sobre el que luego volverá en LA ÉTICA ECONÓMICA DE LAS RELIGIONES MUNDIALES (1915-1920).

Lo que le importa en estos libros es explicar la «mentalidad económica», capaz de elaborar el “ideal tipo” capitalista, cuando la creación de riqueza se convierte en un imperativo moral. Hay un momento, más o menos datable en la época de Lutero, en que la palabra alemana “Beruf” (“vocación”) pierde su sentido religioso y se convierte en “profesión” o, mejor incluso, en una mezcla de ambas: “vocación” y “profesión”. El “ideal tipo” capitalista puede datarse, mejor incluso, en Benjamin Franklin cuando atesorar se convierte en una acción moral y usar a los otros humanos para hacer dinero llega a convertirse en una virtud.

Sería un error, un reduccionismo insostenible a partir de los textos de WEBER, limitar el nacimiento del capitalismo moderno a la sola extensión de la mentalidad calvinista. Es más correcto considerar que la racionalidad del capitalismo surge cuando la responsabilidad individual de los fieles, que originariamente se expresaba a través del examen de conciencia, que en principio es un mecanismo religioso, llega a convertirse en un sistema –una ascética– del autocontrol económico. Así, la racionalización de lo que en origen era una estructura religiosa se erige en principio unificador y organizador de la vida social. La vocación (ética, religiosa) y el oficio (actividad económica) se confunden como medios a través de los cuales se expresa –y se agradece– la bendición de Dios y se realiza el destino de los humanos.

La idea de predestinación calvinista (elección divina insondable) se realiza “en el mundo” mediante la prosperidad económica; que alguien “ha sido elegido” por la divinidad se hace palpable y concreto por el éxito en la actividad económica. WEBER comenta que «con su inhumanidad patética, esta doctrina [el puritanismo] había de tener como resultado en el ánimo de una generación que la vivió en toda su grandiosa consecuencia, el sentimiento de una inaudita soledad interior del hombre» (Segunda parte, cap. I). Ante la imposibilidad por alcanzar la certeza de su salvación [certitudo salutis], los individuos transfieren a la actividad económica las disposiciones éticas que en ellos había modelado su confesión religiosa. O como comenta WEBER: «Sólo el elegido tiene propiamente la “fe efficax”, sólo él es capaz –gracias a la “regeneratio” y a la consiguiente “santificatio” de su vida entera– de aumentar la gloria de Dios por la práctica de obras realmente, y no sólo aparentemente, buenas»; en definitiva, lo que se produce es una transferencia de la “eficacia” de la fe a la “eficiencia” en el negocio. La vocación que antaño se expresaba en el ámbito monástico se concreta, de ahora en adelante, en la multiplicación de los beneficios en el mercado. La «santidad en el obrar elevada a sistema», propia del luteranismo se encontraba “con” y “en” la economía moderna.

No hay pues, una infraestructura económica que determine la ideología, sino una mutua implicación de religión y comportamiento económico. Sin la doble existencia de condiciones materiales y de disposiciones morales y religiosas, el capitalismo no sería posible. La «ética metódicamente racionalizada» por el calvinismo converge con el ascetismo necesario para la expansión del capitalismo. Es la conjunción sincrónica de ambos elementos lo que crea una economía racional moderna. Hay que enseñar previamente a ahorrar para que, mediante la acumulación, pueda crecer el capitalismo. En palabras del propio WEBER:

«Según la voluntad inequívocamente revelada de Dios, lo que sirve para aumentar Su gloria no es el ocio, ni el goce, sino el obrar; por lo tanto, el primero y principal de todos los pecados es la dilapidación del tiempo: la duración de la vida es demasiado breve y preciosa para “afianzar” nuestro destino. Perder el tiempo en vida social, en cotilleo, en lujos, incluso dedicar al sueño más tiempo del indispensable para la salud –de seis a ocho horas, como máximo– es absolutamente condenable desee el punto de vista moral. Todavía no se lee, como en Franklin “el tiempo es dinero”, pero el principio tiene ya vigencia en el orden espiritual; el tiempo es infinitamente valioso, puesto que toda hora perdida es una hora que se roba al trabajo en servicio de la gloria de Dios».

Ello explica que sociedades como las mediterráneas (católico romanas u ortodoxas), las árabes o las asiáticas hayan tenido un aterrizaje tan azaroso en la modernidad. No es por algún problema en los dogmas sino por la falta de un “ethos”. Se precisa una gran dosis de racionalización y de «desencantamiento del mundo» para que el capitalismo pueda llegar a desarrollarse.

En el plano empírico sería fácil mostrar que algunos territorios católicos y muchos territorios protestantes no cumplen con las condiciones factuales de la hipótesis weberiana. Ya en su época se le criticó, además, la poca atención al componente judío de la mentalidad capitalista. Después de la 2ª Guerra Mundial, Hugh Trevor-Roper documentó que a finales del siglo XVI la autonomía política de las ciudades europeas se veía limitada a la vez por el conservadurismo de los príncipes luteranos y por el poder de los reyes de España y Francia. También Fernand Braudel (especialmente su clásico: «Civilización material, economía y capitalismo») muestra, sin lugar a dudas que fueron las ciudades italianas (católicas) las que vieron nacer las primeras concentraciones de capital comercial y bancario. Es a los humanistas italianos a quienes cabe dar el mérito de haber reflexionado por primera vez sobre el significado del capitalismo. En definitiva, LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO puede ser un libro fácilmente “falsable” desde el punto de vista empírico. Pero lo que parece asumido es que el capitalismo nació contra la lógica del mercado o, si se prefiere, poniendo la acumulación por delante del intercambio. Y esa «mentalidad económica» deducida de lo que no era en principio económico o ventajoso a nivel primario explica en gran parte su originalidad como sistema.

RELIGIÓN Y ORGANIZACIÓN SOCIAL

WEBER, según escribió su esposa Manrianne, confesaba «no tener oído musical para la religión». Luterano por formación, es obvio que prefería el rigorismo calvinista, cuya severidad e intransigencia traspasó a su conducta vital. Tal vez no estaría de más recordar, sin ser demasiado freudianos, que el calvinismo era también la religión de su madre. WEBER participó en diversos congresos de cristianismo social y se interesó por la acción social de la iglesia que, tanto para liberales como para pietistas, constituía la expresión más pura de la fe. Pero cuando aborda el estudio de las religiones, sea el judaísmo o el calvinismo, se impone a sí mismo una radical “neutralidad axiológica” y da muestras de una impresionante erudición histórica. Lo que le interesa es, básicamente, poner de relieve la relación entre religión y modernización y lo que denominó «desencantamiento del mundo», es decir, el proceso de racionalización en su crítica de la fe.

Lo primero que conviene dejar claro es que, para WEBER, la religión no puede ser rechazada como si se tratara de algo irracional. Incluso la magia de ayer, contra la que hoy lucha la racionalización, fue racional en su momento; y lo mismo puede decirse del monoteísmo frente al politeísmo y el animismo. Incluso los 10 mandamientos del judaísmo establecieron un mecanismo legalista racionalizador. Si la racionalidad y la irracionalidad existen conjuntamente en el seno de las religiones es porque el comportamiento religioso es, también, un tipo de acción social. Es interesante observar como en la Reforma, al tratar de eliminar los elementos mágicos de la creencia, no se consiguió romper con lo irracional. Al contrario, con la racionalización creciente lo irracional refuerza su intensidad.

WEBER distingue, en tanto que sociólogo, dos formas de religiosidad, con cuatro tipos que, una vez más, no deben leerse como evolutivos, o ascendentes, sino que existen simultáneamente:

· «ascetismo» (forma activa) que incide en el mundo y que puede darse como ascetismo monástico (monje, sacerdote) o “en el mundo” como ascetismo secular (calvinista emprendedor). De hecho, en el capitalismo, el ascetismo secular hunde sus raíces al monástico sin que eso signifique que haya tomado su forma. El concepto mismo de “industria” se origina en el ámbito monástico para pasar a significar algo plenamente distinto en el ámbito económico.

· «misticismo» (forma pasiva) que no pretende adaptarse al mundo. También tiene una forma “fuera del mundo” (la clausura) y otra más activa (puritanismo).

En su texto de 1920 «Consideraciones intermedias: teoría de los grados o orientaciones del rechazo religioso del mundo» [Zwischenbetrachtung - «Paréntesis teórico»] muestra cómo en la modernidad se produce una oposición progresivamente insoluble de la esfera religiosa respeto a otras esferas de valor. La religión deja de impregnar la economía, la política y la ciencia y se abre una creciente diferencia entre estos órdenes y el la esfera religiosa, hasta constituirse dos grupos de fuerzas progresivamente desvinculadas de ella: las de la actividad racional (economía y política) y las que pertenecen al nivel de lo irracional (estética y erótica). Lo paradójico es que también estética y erótica conocerán también irremisiblemente su proceso de racionalización en la medida en que se vuelvan autónomas (lo que de hecho sucedió con Freud, todo hay que decirlo). Es el estado burocrático e impersonal, y no la religión, el que juzga las contradicciones entre las diversas esferas de valores y marca su diferenciación y su autonomía relativa.

EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO

Con la creciente intelectualización, el hombre moderno deja de creen en poderes mágicos. Pero al perderse el sentido profético se encuentra forzado a vivir en un mundo “desencantado”. Lo que denomina «irracionalidad ética del mundo» procede del antagonismo de valores ligado a la intuición fundamental de la infinita diversidad de la realidad misma. Por lo demás, el mundo moderno experimenta una gran dificultad para producir nuevos dioses o nuevos valores. La humanidad, o al menos la occidental, se halla en grave peligro de pasar de la irracionalidad ética a la «glaciación ética»; el supuesto politeísmo de los valores en una sociedad moderna no es más que la fachada bajo la que se oculta un indiferentismo hacia los valores, que ya no se confrontan entre sí. Bajo este pluralismo lo que sucede es una pura uniformización.

El concepto de «desencantamiento del mundo» [Entzauberung der Welt – traducible también por “pérdida de la magia” “desembrujo”...] permite un doble planteamiento. Por una parte constata el agotamiento del poder que antes poseyeron las religiones para determinar de manera significativa las prácticas sociales y para dotar de sentido la experiencia global del mundo. Pero además ofrece un criterio para evaluar el papel de la Ilustración. Esto es, sin embargo, una cuestión que conviene plantear en un contexto coherente. No se trata de un juicio, que sería contrario a la neutralidad axiológica, sobres si el movimiento de las Luces ha fracasado al no poder ofrecer una forma civil de esperanza al mundo. El desencantamiento del mundo, suscitado por el actual pluralismo de valores, no es imputable a la “racionalización” como tal sino a la forma racionalista de concebir la racionalización, que WEBER denomina «intelectualización».

Esta intelectualización obliga en nuestra época a reconocer que para encontrar un sentido a los conocimientos científicos del mundo, los humanos se enredan en un conflicto racionalmente insolucionable entre ideales incompatibles. Sólo las religiones tradicionales eran capaces de conferir al contenido de los valores culturales la dignidad de imperativos éticos incondicionales. Pero hoy las prácticas religiosas pertenecen al ámbito de lo privado. Las teodiceas y las promesas de salvación se substituyen por una ética individual; los controles sociales establecidos por una economía capitalista y un Estado burocrático no tienen la fuerza de la religión de antaño. Mientras que la religión podía definirse como una forma de acción colectiva portadora de sentido, en cambio la «intelectualización» está en el origen del «desencantamiento del mundo». La religión, que WEBER distingue claramente del “virtuosismo” sectario es un tema de este mundo y no del más allá que produce un “ethos” muy concreto; no es que exista algo así como una “lógica interna” de las religiones que conduce a una ética, sino que en la religión cristaliza de una manera muy específica el núcleo de intereses (materiales e ideales) que rigen la vida de los humanos. O, como se acostumbra a decir, la religión inserta lo extraordinario en la vida ordinaria.

DOMINACIÓN Y ACCIÓN POLÍTICA

Junto al estudio de la religión, el de la política es el otro ámbito central en WEBER; se acostumbra a recordar, cuando se trata este tema, que ya su padre fue una figura importante en el Partido liberal-nacional y que él mismo participó como delegado en el patético Tratado de Versailles y en la redacción de la constitución de la República de Weimar. Pero desde el punto de vista sociológico lo que le interesa es la acción pública y el orden político en cuanto “dominación”. Hay que establecer a las claras que para WEBER el poder reposa en la fuerza. Marsal cita un texto weberiano perfectamente claro a tal efecto: «[Poder es]la posibilidad de que una persona o un número de personas realicen su propia voluntad, en una acción comunal, incluso contra la resistencia de otros que participan en la acción». En LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN esto queda perfectamente claro ya desde la segunda página:

«En última instancia –dice WEBER– sólo se puede definir el Estado moderno, sociológicamente, partiendo de su medio específico, propio de él así como de toda federación política: me refiero a la violencia física. “Todo estado se basa en la fuerza”, dijo Troski en Brest-Litovsk. Así es, en efecto. Si sólo existieran estructuras políticas que no aplicasen la fuerza como medio, entonces habría desaparecido el concepto de “Estado”, dando lugar a lo que solemos llamar “anarquía” en el sentido estricto de la palabra. Por supuesto, la fuerza no es el único medio del Estado ni su único recursos, no cabe duda, pero sí su medio más específico. En nuestra época, precisamente, el Estado tiene una estrecha relación con la violencia. Las diversas instituciones del pasado –empezando por la familia–con consideraban la violencia como un medio absolutamente normal. Hoy, en cambio, deberíamos formularlo así: el Estado es aquella comunidad humana que ejerce (con éxito) el monopolio de la violencia física legítima dentro de un determinado territorio».

Por lo demás, WEBER fue siempre un convencido elitista o, como se dice a veces, “un crítico de la sociedad de masas”; por mucho que se esforzase en acercarse a la socialdemocracia, lo que en realidad le interesaba es que ésta representaba orgánicamente a la aristocracia obrera. Lo que valora en la democracia no es tanto la expresión de la voluntad popular cuanto la astucia que usa para lograr un cierto nivel de control sobre la actividad de las elites.

La teorización weberiana del Estado moderno se inserta en su análisis de las formas de racionalización. Pero lo que caracteriza al Estado moderno es que no usa la violencia al modo brutal de los Estados antiguos; más bien al contrario ha conseguido hacerse indispensable en la vida de los humanos, convirtiéndose en la fuente única de legitimación, gestionando servicios, etc. Lo fascinante de la dominación estatal es que se logra sin una violencia aparente, a través del convencimiento y de mecanismos carismáticos.

DOMINIO, OBEDIENCIA Y LEGITIMIDAD

Los tres mecanismos que pone en marcha la autoridad política son: «dominio», «obediencia» y «legitimidad». Que la sumisión no se consiga por una explícita violencia sino por “adhesión” de los individuos no puede explicarse sin acudir a mecanismos de fascinación por el poder, como los que se mueven en el concepto de “servidumbre voluntaria” de La Boétie. La ritualización del poder, la aceptación de su legitimidad indiscutida, la persuasión, etc., son creencias sin las cuales ningún Estado puede subsistir y que necesita divulgar.

La dominación es una construcción social y, por esto mismo, estudiar los mecanismos de creación de la obediencia o, por mejor decir, de la docilidad resulta imprescindible en cualquier teoría sobre el poder. La relación de fuerzas desiguales (recuérdese que toda acción social es una relación social) tendría que hacer difícil el establecimiento de un “orden” social; y sin embargo el orden social existe porque se han encontrado mecanismos para hacerlo no sólo legítimo sino incluso deseable para los humanos. De aquí que el análisis de las condiciones de producción de la creencia en la legitimidad sea un elemento básico en el trabajo de WEBER. O mejor dicho, lo que llega a mostrar es cómo la dominación se convierte en obediencia y la obediencia engendra legitimidad.

Hay, según la clasificación que estableció WEBER y que hoy es clásica, tres “ideales tipos” de legitimidad y dominación, cada una de las cuales engendra su propio nivel de racionalidad:

· Dominación tradicional
· Dominación carismática
· Dominación racional (o legal-racional)

«Dominación tradicional», es la que reposa en la creencia en el carácter sagrado de las tradiciones y de quienes dominan en su nombre. El orden es sagrado porque proviene de “siempre” y porque “toda la vida” de ha visto y se ha hecho igual. La técnica de gobierno consiste en emmascarar que la tradición es una invención y que el patrimonio base del poder patriarcal se basa en la explotación de los otros miembros de la familia (en el caso de las familias extensas) y en no diferenciar entre patrimonio personal y patrimonio del Estado (caso de las monarquías). Bajo la autoridad patriarcal el Estado es administrado como una finca particular y no puede hablarse con propiedad de ciudadanía.

«Dominación carismática», reposa en la creencia según la cual un individuo posee alguna característica o aptitud que le convierte en “especial”; se fundamenta en líderes que se oponen a la tradición y crean un orden nuevo. Es el tipo de los profetas [en griego “karisma” significa “gracia”]. Tal vez los individuos carismáticos, especialmente vistos de cerca, no resulten especialmente santos ni admirables pero logran provocar admiración, entusiasmo, apasionamiento –incluso de forma desinteresada. Las técnicas mediante las cuales se puede fabricar el carisma dependen de circunstancias históricas –WEBER es de antes de la televisión!– pero es obvio que se trata de una construcción social y que existe una correlación entre carisma y debilidad de las estructuras sociales. En todo caso es obvio que el carisma –tanto el de personas individuales como el de las instituciones– no se hereda, ni se puede transferir. El éxito de un buen político o de un emprendedor está vinculado a la capacidad de usar su carisma para institucionalizar un nuevo orden legal.

El tema del carisma en WEBER ha sido muy discutido, en la medida en que, a través de su discípulo Carl SCHMITT, fue usado para justificar en 1933 las ascensión al poder del Führer. En todo caso, el tipo de carisma que le interesaba no es el totalitario sino el que aparece plebiscitado en un Estado de derecho y sobretodo el “capitán de industria”, verdadero carismático de nuestro tiempo.

«Dominación racional» (“legal-racional”), es la que se da en los Estados modernos, en que legitimidad y legalidad tienden a confundirse, pues, de hecho, el orden procede de una ley –entendida como regla universal, impersonal y abstracta. Es la expresión de la racionalización: formal, basada en procedimientos, previsible, calculable, burocrática... y en este sentido caben aquí no sólo regímenes democráticos, sino el socialismo burocrático. De hecho, incluso lo que él denominó «democracia plebiscitaria de los jefes», es decir, lo que hoy se llama “despotismo managerial” cabría, más o menos, agazapado en este modelo de dominación, en la medida en que se pretende gobernar de una forma tecnocrática, previsible, calculable...

LA BUROCRACIA

La burocracia es para WEBER el pilar fundamental del moderno Estado de derecho, en la medida que permite diferenciar la esfera político-administrativa de otras esferas o niveles (la religión, la economía...). En este sentido cumple un papel racionalizador. Incluso si se defiende que la violencia del Estado es “legítima”, es porque se diferencia claramente de la violencia feudal indiscriminada. Si existe un estado de derecho necesariamente debe existir una burocracia que dé sentido y estructura organizativa a la ley. Esa es la figura del burócrata. Si la ley es abstracta, impersonal e igualitaria, el burócrata debe ser exactamente así también. El burócrata, desligado de todo interés personal, reclutado por un procedimiento objetivo basado en la cualificación y en el mérito es, así, el instrumento eficaz de la ley.

Todos los sistemas organizativos eficaces se basan en la burocracia: el Estado, la empresa e incluso las Iglesias (el sacerdote no deja de ser el burócrata de la fe). Sin burocracia no hay racionalización, ni sociedad basada en la ley. De ahí que el “ethos” burocrático (racionalidad e impersonalidad) impregne las sociedades modernas. La burocratización es «la nueva servidumbre», porque es la servidumbre de la ley.

Pero a juicio de WEBER la burocratización no es sólo algo inevitable en el capitalismo sino que constituye el destino común a todas las sociedades modernas, incluso las de tipo socialista. La «dictadura del funcionario», y no la del proletariado como creían los marxistas, es la que nos acecha en el futuro. Con eso la racionalización del mundo tan vez habrá alcanzado un hito, pero no está claro que lo haya alcanzado la libertad humana. Más bien al contrario.

ÉTICA Y POLÍTICA COMO FORMAS DE TRAGEDIA

Tal vez la obra weberiana que mejor ha resistido el paso del tiempo sea su conferencia LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN (1919) donde plantea la contradicción existente entre las diversas éticas posibles en el político. Junto con el cap. III de ECONOMIA Y SOCIEDAD es el texto fundamental para comprender la difícil relación entre ética y política. A diferencia de lo que a veces se ha planteado, WEBER no considera sólo la política como poder desnudo; es y ha de ser un poder basado en valores, en convicciones, en elementos de carisma y de racionalidad.

El título de la conferencia citada es, en alemán POLITIK ALS BERUF y, una vez más, convendría recordar la ambigüedad del término “Beruf” (a la vez vocación y profesión). En la misma expresión del título va incorporada la idea de que los políticos viven “para” la política a la vez que “de” la política. Eso distingue la política moderna de la que se realizaba, por parte de rentistas o de profesionales liberales más o menos ociosos. WEBER defiende que el político debe ser un profesional. En su aspecto de “vocación” toda acción política necesita, e implica, un cierto “carisma”; en su aspecto de “profesión”, en cambio, la política es cada vez una esfera más autónoma, más responsablemente comprometida. Con la sola pasión sin responsabilidad, no se hace política. El político, según una conocida expresión weberiana, debe «domar su alma». La fuerza del político consiste en dejar que los hechos actúen sobre él, en el recogimiento y la calma interior de su alma, procurando lo que denomina «la distancia respecto de los objetos y los hombres», para extraer de ellos las necesarias consecuencias prácticas. Así el buen político, por decirlo con una expresión de Laurent Fleury ejercería su oficio como una “pasión desapasionada”. En LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN afirma que:

«Hay tres cualidades que pueden considerarse decisivas para un político: la pasión, el sentido de responsabilidad y la seguridad interna. La pasión concebida como una dedicación realista: una entrega apasionada a la causa, al dios o al demonio que reina sobre ella. No se la puede confundir con esa actitud interna que mi difunto amigo Georg Simmel solía llamar “nerviosismo estéril” y que caracteriza a un determinado tipo de intelectuales».

No puede obviarse que la vocación política tiene en WEBER algo de trágico, en la medida que implica gestión de conflicto y que no podremos nunca liberarnos de ella ni hallar soluciones perfectamente justas. Desde que los hombres viven juntos tienen intereses diversos y algunos de estos intereses se ven inevitablemente sacrificados; de ahí que toda política tenga algo de trágico e, incluso, de nihilista. De la política –como del destino en la tragedia griega–dependemos desde que nacemos. Esa, por cierto, sería también una concepción muy nietzscheana de la actividad política como expresión de la «voluntad de poder», como lucha constante en la que lo que cuenta no es tanto el éxito en la realización de los ideales como la expresión del antagonismo y la lucha por el reconocimiento. Toda política es “lucha” y finalmente “elección” y, en la medida que toda elección es excluyente, tiene un sentido inevitablemente trágico: en toda política habrá siempre vencedores, vencidos y resentimiento. El elemento ético de la política debe, pues, ser estudiado desde una perspectiva correcta, sin ignorar que los pequeños orgullos, las miserias personales y los intereses materiales más evidentes cumplen un papel fundamental.

La política se hace con personas y las personas tienen intereses no siempre justos, ni dignos, ni siquiera decentes. Toda política por pura que pretenda ser, sufre de condicionamientos, dependencias, hipotecas por pagar y necesidades –o necedades– “instrumentales”; no pertenece a ningún reino angélico, sino que a veces resulta “humana, demasiado humana”. En consecuencia una política de ideales, de puras abstracciones dirigidas a imponer el imperio del bien sobre la tierra, sería tal vez una “política ideal” pero resultaría muy poco “real”. Para WEBER, el lugar de la ética está tan alejado del de la utopía como de la pura justificación de los valores sociales, o de los tópicos culturales, de una época. Lo que él llamó «el hombre auténtico» es el que resulta capaz de combinar adecuadamente las dos perspectivas, instrumental y moral, sin negar las contradicciones, a veces trágica, de su situación concreta. Y en éste sentido avisa que:

«Por lo demás el político debe luchar, cada día y cada hora, contra un enemigo muy trivial y demasiado humano: la vanidad común y silvestre, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda distancia, en este caso concreto de la distancia frente a así mismo».

Rige además en política una trágica «paradoja de las consecuencias: a veces los resultados que se logran resultan perfectamente opuestos a las motivaciones o las intenciones que movieron a la actuación del político. La repercusión incontrolable de ciertos actos, la imposibilidad de prever las circunstancias, la contradicción entre fines y medios, la distancia entre lo soñado y lo logrado, pesan como una losa sobre la acción política. Eso no significa, ni mucho menos, que el político deba prescindir de una “fe”, pero si que deba atemperarla a sus condiciones reales y efectivas de posibilidad. Como dice en LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN:

«Uno de los hechos básicos de la historia (...) es la paradójica contradicción que se da con frecuencia, por no decir siempre, entre el resultado final de la ación política y el objetivo originario. Sin embargo este objetivo no debe faltar, pues es él el que da coherencia interna a los actos. El contenido de la causa para la cual el político busca y utiliza el poder es un asunto de fe (...) De lo contrario, nos hallaríamos de hecho ante la maldición de la nulidad y el absurdo humanos, incluso si los éxitos políticos externos fuesen clamorosos».

De ahí que WEBER no crea tener recetas mágicas para actuar éticamente en política. Es más, incluso sucede que: «la ética puede desempeñar un papel nefasto desde el punto de vista moral [práctico]». En su sociología encontraremos, eso sí, una serie de conceptos básicos para la acción política «carisma», «racionalización» y, especialmente, «responsabilidad», pero no una teoría sobre la democracia. Tal vez eso sea achacable a que la democracia no es otra cosa sino el espacio en que la tragedia de la política no se disimula de ninguna manera y se juega en toda su radicalidad. La democracia, finalmente, tiene como esencia la posibilidad de que todas las supuestas “esencias” políticas reconozcan su contingencia.

LA ÉTICA DE WEBER: RESPONSABILIDAD Y CONVICCIÓN

Los conceptos de «responsabilidad» y «convicción» expresan la tragedia de la política en forma eminente en la medida que son los polos en que se mueve la acción política. Ambos extremos se necesitan y se repelen mútuamente. Un político sin convicciones es, sencillamente un oportunista, un profesional de la manipulación y un vendedor de humo. Pero un político sin conciencia de su responsabilidad, perdido en su mundo neurótico de utopías irrealizables, conduce a la derrota segura. Hallar el camino eficaz entre Escila y Caribdis constituye la marca del buen político posibilista y, a la vez, transformador. O en palabras del mismo texto: «La pasión no hace al político si éste no es capaz de convertir la responsabilidad al servicio de la causa en el norte de su actividad política». Y al mismo tiempo:

«Este es, precisamente, el problema: ¿cómo combinar la pasión ardiente y la fría seguridad? La política se hace con la cabeza y no con las otras partes del cuerpo o del alma. Y sin embargo, la entrega a la política sólo puede nacer y nutrirse de la pasión, si no queremos que sea no un juego frívolo e intelectual, sino una auténtica actividad humana. Ese dominio sobre el alma, que caracteriza al político apasionado y que le diferencia del diletante político con su “nerviosismo estéril”, sólo es posible si la persona se acostumbra a mantener la debida distancia en todos los sentidos de la palabra. La “fuerza” de una “personalidad” política implica, en primer lugar, la posesión de esas cualidades».

WEBER opone, pues, dos lógicas políticas que son dos éticas:

· La «ética de la convicción» [Gesinnungsethik] está animada únicamente por la obligación moral y la intransigencia absoluta en el servicio a los principios.

· La «ética de la responsabilidad» [Verantwortungsethik] valora las consecuencias de sus actos y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones o posibilidades ante una determinada situación. Es una expresión de racionalidad instrumental, en el sentido que no sólo valora los fines sino los instrumentos para alcanzar determinados fines. Esta racionalidad instrumental «maduramente relexionada» es la que conduce al éxito político.

En definitiva, sería un error de la acción política plantearse exclusivamente la «racionalidad de los valores» para prescindir de lo fundamental: la racionalidad en las herramientas que han de conducir a la realización de estos valores. Hay, pues, en la política una ética implícita que no conocen los partidarios de la pureza, de la ingenuidad evangélica o del doctrinarismo dogmático de cualquier signo. El propio WEBER pone un ejemplo muy conocido a propósito de la imposibilidad de aplicar el “Sermón de la Montaña” cristiano, modelo de ética de la convicción, en una página que culmina así:

«La consecuencia de una ética de la caridad acosmista sería: “No te opongas al mal por la fuerza”. Para el político, en cambio, sólo vale esta otra frase: “debes oponerte al mal por la fuerza pues de lo contrario te harás responsable de su supremacía”. Quien pretenda vivir según la ética del Evangelio, que se abstenga de participar en huelgas, pues son una forma de coacción; sería preferible que se inscribiera en uno de esos sindicatos amarillos».

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Leer a WEBER, a menudo desconcierta por su misma erudición y por aquel estilo innecesariamente laberíntico y pesado (que algunos toman por “profundo”) de profesor alemán de hace cien años. Pero, como se ve, por ejemplo, en LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN, de vez en cuando WEBER es capaz de concentrar en unas pocas líneas de gran precisión conceptual el núcleo mismo de lo que le preocupa; y a poca experiencia literaria que tenga, su lector nota que en esas pocas líneas, se juega literalmente el todo por el todo prescindiendo de cualquier ambigüedad.

WEBER no es una lectura para adolescentes; exige una cierta madurez y obliga a prescindir de cualquier ingenuidad política... o moral. El supuesto de que la realidad es compleja y de que todas las teorías que se usen para explicarla pueden resultar ambivalentes no debiera olvidarse nunca a la hora de acercarse a su obra. En todo caso conceptos como los que aquí se han expuesto, especialmente en el orden de la metodología de las ciencias sociales y de la teoría política están en la base de la teoría social de los últimos cien años. Caracterizar la religión como inserción de lo extraordinario en la vida ordinaria, proponer esquemas multicausales, elaborar una tipología de los “ethos” de la política, analizar el significado de la responsabilidad, observar los límites del proceso de racionalización... son méritos innegables del pensamiento weberiano y ponen las bases de la sociología contemporánea. Y desde el punto de vista ético parece difícil hacer frente al desafío ecológico y a los cambios en los patrones de valoración moral sin hacer un profundo análisis de lo que hoy significa la «responsabilidad».

APUNTES ELABORADOS A PARTIR DE:

· FLEURY, L : «MAX WEBER», París: PUF, 2001 (1ª reimpresión 2003)

· HENNIS, W : «LA PROBLEMÁTIQUE DE MAX WEBER», París: PUF, 1996

· MARSAL, F : «CONOCER MAX WEBER Y SU OBRA», Barcelona: Dopesa, 1978

· MITZMAN, A : «LA JAULA DE HIERRO: UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA DE MAX WEBER», Madrid: Alianza Ed., 1969 (diversas reediciones)

... y materiales propios [R.A.]