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13.5.10

Precursor Arabe de la Sociología

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Las negrillas, sangrías, supresión y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Ibn Jaldún
De Wikipedia, la enciclopedia libre

(...)

Ideas notables Desarrolló teorías sobre la solidaridad (Asabiyyah) , del auge y caída de los Estados, Curva de Laffer, etc.

(...)

Ibn Jaldún (...). Conocido habitualmente como Abenjaldún (también escrito Ibn Khaldun, Ibn Khaldoun o Abenjaldun) (nacido el 27 de mayo de 1332 y fallecido el 19 de marzo de 1406), fue un famoso historiador, sociólogo, filósofo, economista, demógrafo y estadista árabe.

Nació en lo que actualmente es Túnez, aunque era de origen andalusí. Su familia fue dueña de la Hacienda Torre de Doña María en la actual Dos Hermanas (Sevilla).

Es considerado como uno de los fundadores de la moderna historiografía, sociología , filosofía de la historia, economía, demografía y las ciencias sociales en general.

Es fundamentalmente conocido por su obra Muqaddima o Prolegómenos a su vasta Historia de los árabes, que constituye un temprano ensayo de filosofía de la historia y de sociología, disciplina esta última de la que a menudo es considerado antecesor.

El gran historiador inglés Arnold J. Toynbee ha dicho que "Ibn Jaldún concibió y formuló una filosofía de la historia que es sin duda el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una persona en ningún tiempo y en ningún país".[1]

Biografía

Ibn Jaldún, cuya familia tuvo que abandonar Sevilla cuando fue tomada por los castellanos en 1248, vivió en el momento histórico cuando el Islam comenzaba su decadencia.

Luego de haber fracasado en sus ambiciones políticas y de haber sido perseguido y encarcelado, Ibn Jaldún dedica el resto de su vida a estudiar y reflexionar sobre los hechos sociales, económicos e históricos.

Este conocimiento será el que volcará en su obra.

Para ello, desde 1388 se instala en El Cairo (Egipto) donde se dedica a la enseñanza y a la investigación en varias universidades (madrasas), especialmente en la prestigiosa Al-Azhar. No obstante, tiene que volver a la arena política cuando Tamerlán asedia Damasco y recurre al prestigioso Ibn Jaldún para entrevistarse con él, aunque no tuvo éxito (1401).

Muchos años antes, en 1363, gracias a su amistad con Ibn al-Jatib quien lo llamó cuando se encontraba en Fez, Ibn Jaldún desempeñó una misión diplomática en favor del reino de Granada, en el otro extremo del Mediterráneo, más específicamente, en Sevilla ante Pedro I de Castilla, el Cruel.[2]

Su obra

La obra principal de Ibn Jaldún es el Libro de la evidencia, registro de los inicios y eventos de los días de los árabes, persas y bereberes y sus poderosos contemporáneos (...) que está dividido en siete libros.

El primero de ellos es la Muqaddima o Prolegómenos, que prologa al resto de la obra, aunque posteriormente ha sido tratado como una obra independiente.

Los libros del dos al cinco cubren la historia de la Humanidad hasta los tiempos de Ibn Jaldún.

Los libros seis y siete cubren la historia de los pueblos bereberes y del Magreb. Su historia es, como el mismo lo afirma, una Historia Universal y abarca el análisis de historias de otros pueblos como los asirios, hebreos, griegos y romanos.

Entre los aportes a la economía de Ibn Jaldún, se incluye el descubrimiento de la dinámica de los mercados. Analiza también conceptos económicos fundamentales como población, precio, beneficio, lujo, y formación de capital. Todos estos conceptos son analizados en sus obras, donde también traza las interrelaciones entre ellos.

Para Ibn Jaldun, la historia es el análisis de las civilizaciones tanto en el aspecto externo como interno: externamente, a través del relato cronológico de los hechos; internamente, mediante un análisis lógico e interrelacionado de los acontecimientos históricos para ubicar sus consecuencias en el presente y las tendencias de futuro.

En lo relativo a la sociología, es particularmente interesante su concepción sobre la existencia de un conflicto central (ciudad versus desierto). Debido a su análisis de los conflictos sociales, sociólogos modernos de la teoría del conflicto como Ludwig Gumplowicz, Gustav Ratzenhofer y Franz Oppenheimer han demostrado un creciente interés en Ibn Jaldún.

La importancia del método de conocimiento racionalista empleado por Abenjaldún del todo acorde con su condición de creyente, pero sin subordinar el conocimiento y la interpretación de la realidad a las descripciones contenidas en el Corán o en los hadices.

"Abenjaldún pone entre paréntesis a Dios", resume Charfi.

En el libro sexto del Muqaddima o los Prolegómenos, queda claro que es la reflexión fundada sobre la experiencia lo que permite literalmente al hombre hacerse tal por encima de un mundo animal sujeto a los sentidos. Cabe admitir por cuestión de fe una forma de conocimiento superior, estrictamente espiritual, propio de los ángeles, pero sin incidencia alguna sobre el conocimiento humano.Es sobradamente conocida la utilización de este criterio para explicar el carácter cíclico de las civilizaciones, y a su núcleo, la interacción conflictiva entre el modo de vida nómada y el urbano o civilizado.

(...)

Dotado de una fuerza propia, derivada de la cohesión grupal o asabiyya, el mundo árabe nómada es violento, depredador y en principio incapaz de formar un imperio.

Todo cambia, sin embargo, cuando sobre esa rudeza de costumbres incide la religión llevada por un Profeta a sus corazones: "Entonces la unificación más cabal se lleva a efecto entre ellos poniéndolos en condiciones de efectuar las conquistas y de fundar un imperio."[3]

(...)

Su manera de enfocar el devenir histórico así como todos los elementos que influyen en el mismo es muy similar al que siglos después establecerían los Annales dirigidos por Marc Bloch, Lucien Febvre o Fernand Braudel.

En ambos casos, se puede decir que realizan una historia social, en la cual el ser humano es el protagonista, no un individuo sino toda la colectividad.

Se puede decir sin ningún temor que Ibn Jaldún es el "padre" de la historia en el concepto contemporáneo de esta disciplina.

Referencias

1.↑ Arnold Toynbee, Estudio de la Historia
2.↑ Ibn Jaldun. Auge y caída de los imperios
3.↑ Elorza, Antonio. Los errores de Dios, El País, 21 de octubre de 2006

(...)

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Ibn_Jald%C3%BAn"

Consultado en abril del 2010.
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13.3.10

Francia: cuna de la Sociología

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Las negrillas, sangrías y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

El presente extracto ha sido tomado de un curso de mailxmail, constituye el capítulo 2 del mismo.

Tomado de:

http://www.mailxmail.com/curso-sociologia-ciencia-servicio-humanidad/precursores-montesquieu-rousseau-tocqueville

La sociología, una ciencia al servicio de la humanidad.

Precursores: Montesquieu, Rousseau, Tocqueville

Autor: Suyapa Alvarado


Fecha publicación: 09/06/2005

Precursores: Montesquieu, Rousseau, Tocqueville

CHARLES LOUIS DE SECONDAT MONTESQUIEU(1688-1755), , Escritor y filósofo francés.

Criticó la sociedad de Luis XIV.

Elaboró la teoría de la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) que influiría en el pensamiento liberal de la Revolución Francesa.

Se le considera precursor de la Sociología por su obra "Consideraciones sobre las Causas de la Grandeza de los Romanos; Análisis Comparado de Historia de las Civilizaciones";

interesado por los problemas del poder político y de las instituciones, escribió El Espíritu de las Leyes y las Cartas Persas.

Su aporte al pensamiento sociológico radica en dos aspectos centrales. Por un lado realizó una clasificación de las sociedades en tipos, lo que le permitió compararlas unas con otras; por otro lado se preocupó por estudiar las leyes que se aplican tanto a la naturaleza como a las sociedades humanas.

Para Montesquieu, la estructura y los cambios de una sociedad están determinados por aspectos demográficos y sociales. El crecimiento de la población y los aspectos geográficos -topografía, fertilidad del suelo, el clima, cercanía y lejanía respecto al mar, son elementos fundamentales que provocarán cambios en el resto de la sociedad.

JEAN JACQUES ROUSSEAU, (1712-1778). Pensador francés que llegó a ser considerado una de las grandes figuras del pensamiento social y político europeo de su época.

En su teoría afirma que el progreso de la ciencia y la cultura corrompen a la sociedad y la relación moral entre los seres humanos, haciendo que estos abandonen dos de las cualidades originarias, como son la igualdad y la libertad, propias de los hombres en su estado natural.

Rousseau, estaba conciente de que el ser humano no puede retroceder y volver atrás, de nuevo a su estado natural, por lo que en su obra El Emilio y El Contrato Social, sostiene que el ser humano puede reorientar y mejorar las condiciones de la vida individual y colectiva. Además, agregó que,

para superar la corrupción moral y las injusticias, se debía establecer un nuevo orden en donde la ley trate a todos por igual y los hombres fueran igualmente libres; en otras palabras, en la adopción de un contrato social

donde los individuos preservando sus intereses de carácter personal, fuesen capaces de actuar en el interés colectivo orientado hacia el bienestar de la sociedad.

ALEXIS DE TOCQUEVILLE, (1805-1859). Aristócrata francés.

Al igual que Montesquieu se le considera precursor de la Sociología por sus análisis realizados en La Democracia en América, Los Recuerdos de la Revolución de 1948 y El Antiguo Régimen y La Revolución.

En estas obras realiza una comparación entre la revolución continua que afecta a la sociedad francesa en esta época, con continuos gobiernos autoritarios y corruptos que anulan la participación de la población y el experimento de la descentralización y autogobierno de la democracia en Estados Unidos. Al realizar estos análisis Tocqueville se convierte en uno de los precursores de la Sociología comparada al contrastar las características del sistema social y político de Francia y Estados Unidos.
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22.2.10

La Democracia en América

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Las negrillas, cursivas, citas en bloque, separación y supresión de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

La democracia en América
De Wikipedia, la enciclopedia libre

Alexis de Tocqueville, autor de La democracia en América.La democracia en América (cuyo título original en francés es De la démocratie en Amérique) es un texto clásico del pensador, político, jurista e historiador francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) sobre la democracia en América, en particular sobre los Estados Unidos, en el que el autor analiza los puntos fuertes y débiles de ese país. Fue publicado en dos partes: la primera, en 1835, y la segunda en 1840. Si bien la traducción al inglés es literalmente On Democracy in America, la obra se conoce normalmente en ese idioma por Democracy in America.

El viaje de Tocqueville a América

En 1831 Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ambos franceses, fueron enviados por el gobierno galo para analizar el sistema penitenciario norteamericano. Llegados a Nueva York en mayo, pasaron nueve meses viajando a través del país, observando no solamente las prisiones sino muchos otros aspectos de la sociedad norteamericana, como la economía y la política. También pasan una temporada en Canadá, en concreto el verano de 1831, tanto en el Bajo Canadá como en el Alto Canadá -provincias que luego se convertirían en Quebec y Ontario-.

Tras haber retornado a Francia en febrero de 1832, ambos redactaron el informe de 1833 sobre el sistema carcelario norteamericano titulado Du système pénitentaire aux États-Unis et de son application en France (Del sistema carcelario de los Estados Unidos y su aplicación en Francia). Beaumont escribió enseguida una novela sobre las relaciones raciales en el país norteamericano. En cambio, Tocqueville, que estaba fascinado por la política americana, escribió un análisis político y social, La démocratie en Amérique. La última obra sería la más influyente de las dos.

Contenido

La democracia en América es sobre todo un análisis sobre la democracia representativa republicana, y las razones por las que había tenido tanto éxito en los Estados Unidos, habiendo fracasado sin embargo en los restantes países de América.

La obra se divide en dos tomos distintos, publicados de manera independiente. En la introducción al primero el autor afirma que renuncia a escribir un segundo tomo (algo que evidentemente, no cumplirá). Más que por la fecha de su publicación, ambas partes se diferencian por la temática que tratan.

El primero versa sobre el impulso que el movimiento democrático (que es una transformación social, antes de concretarse en las instituciones políticas) da a la forma de gobierno, a las leyes y a la vida política, es decir, a la democracia como estructura política.

El segundo tomo trata sobre la influencia que la democracia (esta vez como transformación social y como régimen político al mismo tiempo) ejerce sobre la sociedad civil, es decir, sobre las costumbres, las ideas y la vida intelectual.

En síntesis, el primer tomo es más político, y el segundo más sociológico.

Tocqueville especula sobre el futuro de la democracia estadounidense y sobre los peligros potenciales "para la democracia" y "de la democracia". Escribe que la democracia encierra el peligro de degenerar en lo que él describe como despotismo suavizado. Observa también que el único papel que puede desempeñar la religión es el de su separación del gobierno, aceptando un laicismo que conviene a ambas partes.

Importancia

La democracia en América tuvo numerosas ediciones a los largo del siglo XIX, alcanzando fama de manera inmediata, tanto en Europa como en Estados Unidos, y

consagrándose en el siglo XX como un clásico de la ciencia política, la sociología y la historia.

Esta obra de Tocqueville ha sido aclamada por predecir varios acontecimientos que finalmente tuvieron lugar:

en ella se predecía la abolición de la esclavitud,

o que se produciría un desgarramiento del país en forma de guerra civil.

Predijo el surgimiento de dos superpotencias mundiales, Rusia y los Estados Unidos,

así como el equilibrio bipolar (lo que hoy se conoce como guerra fría).

También advirtió contra la tiranía de las mayorías,

el despotismo popular,

la violencia partidista y

la subordinación de los más capaces a los prejuicios de los ignorantes,

así como la ausencia de libertad intelectual y

la degradación de la administración pública,

la decadencia de la asistencia social,

la educación o las bellas artes.

Que tales cosas hayan ocurrido o no es hoy en día discutible.

La obra ha sido criticada recientemente por ciertas lagunas: el autor no menciona la pobreza de las grandes ciudades, si bien se puede argumentar que en tiempos de Tocqueville (los años 30 del siglo XIX) la pobreza no era percibida de la misma manera que en épocas posteriores.

(...)

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/La_democracia_en_Am%C3%A9rica"

(...)
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27.12.09

Saint Simon como Socialista Científico

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Una reflexión que se extrae de la lectura del trabajo de Engels, "Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico", es que la ubicación del surgimiento del Socialismo Cientifico a partir del descubrimiento de Marx y de él mismo Engels (que generalmente no se lo autoreconoce) de la concepción materialista de la historia y de la teoría de la plusvalía, no es exacta. El Socialismo Científico surge con Saint simon, quien puso las bases teóricas de un orden social en la tierra, fundamentado en el trabajo y en la capacidad para trabajar, diferenciando el trabajo productivo, de bienes materiales, del trabajo improductivo de la administración del Estado y de la política y sentó la premisa de la extinción futura del Estado. Si pretendieramos que la Ciencia existe solamente a raíz de los descubrimientos de Marx y Engels, llegaríamos a la errónea conclusión, a la que no llegan ni Marx ni Engels ni en Filosofía ni en Economía Política, de que antes de ellos solamente hubo producción utópica o no científica en Filosofía y en Economía Política. Probablemente el calificativo de "Socialismo Utópico" sea más aceptable al referirse a Tomás Moro o a Tomás Campanella, que imaginaron sociedades humanitarias e igualitarias en el cielo, utópicas, pero no a Saint Simon, cuyas teorías, sistemática y coherentemente articuladas conforme los avances materiales e intelectuales de su época, incluyendo la de las fases de la evolución histórica de la humanidad, iban encaminadas a racionalizar la instauración del socialismo en la vida concreta, material, del ser humano. CE.
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8.9.09

Socialismo y Economía Clásica

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Las negrillas y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de:

http://www.econlink.com.ar/economia/socialismo/socialismo.shtml

EL SOCIALISMO
JOSE DAVID HERRERA BAIGORRIA

RESUMEN:

En este trabajo tiene la intecion de estudiar la vida, el pensamiento, las propuestas y las realizaciones de algunos de los primeros autores socialistas contemporáneos, sin antes hacer una breve referencia sobre la historia del comunismo y sobre algunos conceptos importantes a tener en cuenta. Se intentara explicar como el entorno influyo sobre dichos autores y en que consistió el ataque que hicieron estos autores socialistas a las ideas predominantes de la época, es decir a la doctrina clásica. Además se intentara explicar las causas de la divergencia entre la doctrina clásica con las del pensamiento socialista y se intentara explicar como el pensamiento socialista es fruto de su época.

Indice

I. INTRODUCCION: ORIGENES DEL SOCIALISMO

II. EL ENTORNO DE LOS PENSADORES SOCIALISTAS

III. PENSADORES SOCIALISTAS

III.1. CLAUDE HENRI DE ROUVROY, CONDE DE SAINT-SIMON (1760-1825)
III.1.1. PENSAMIENTO Y PROPUESTAS DE SAINT-SIMON
III.1.2. ESCUELA DE SAINT-SIMON

III.1.3. AUGUSTE COMTE

III.2. ROBERT OWEN (1771-1858)
III.2.1. PENSAMIENTO, PROPUESTAS Y REALIZACIONES DE OWEN

III.3. CHARLES FOURIER (1772-1832)
III.3.1. PENSAMIENTOS Y PROPUESTAS DE FOURIER

III.4. JEAN CHARLES LEONARD SIMONDE DE SISMONDI (1773-1842)
III.4.1. PENSAMIENTO Y PROPUESTAS DE SISMONDI
III.4.2. OBJECIONES DE SISMONDI CONTRA LA ESCUELA CLASICA
III.4.3. CRITICAS A SISMONDI

III.5. PIERRE JOSEPH PROUDHON (1809-1865)
III.5.1. PENSAMIENTO Y PROPUESTAS DE PROUDHON

III.6. KARL RODBERTUS
III.6.1. PENSAMIENTO Y PROPUESTAS DE RODBERTUS

III.7. FERDINAND DE LASALLE (1825-1864)
III.7.1 PENSAMIENTO Y PROPUESTAS DE LASALLE

III.8. LOUIS BLANC (1811-1864)

IV. CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFIA


I. Introducción: Orígenes del socialismo

La palabra "socialista" junto la palabra "socialismo" fueron usadas por primera vez en Inglaterra como "letras de molde" en London Cooperative Magazine, en 1826 (para referirse a Owen); y posteriormente en The Poor Man´s Guardian, en 1833.

Luego se extendió al continente, primero en Francia en Le Globe (para referirse a Saint-Simon) y en Encycolpedie Nouvelle, ganando posteriormente difusión general en todo el continente.

La palabra socialismo involucra un vasto conjunto de visiones, ideologías y actitudes. En ocasiones los conceptos de comunismo, socialismo y anarquismo suelen confundirse por lo que será conveniente definirlos:

Comunismo: Es aquel estado social en el cual no existe ni la propiedad privada de los medios de producción, ni el estado, ni las clases sociales.

En él un grupo humano no explota a otro, ni lo hacen entre si. También se entiende por comunismo la doctrina que aboga por el establecimiento de tal estado social, o que asevera que el mismo será inevitablemente el estado del futuro. (Giner, S.; 1975).

Socialismo: Es la teoría, doctrina o practica social que propugna (o ejercita) la posesión publica de los medios de producción y su administración también publica en pro del interés de la sociedad en general, y no a favor de clases o grupos particulares. (Giner, S.; 1975).

Anarquismo: Es la teoría o doctrina que mantiene que toda autoridad política es innecesaria y nociva, aunque otros tipos de autoridad (jurídica, religiosa) son también considerados perjudiciales. El anarquismo sostiene que, mediante la abolición de la autoridad se puede crear una sociedad justa, basada en la bondad innata del hombre y en su voluntad de cooperar pacíficamente con sus prójimos. (Giner, S.; 1975).

La idea del comunismo es muy abstracta y tiene una gran gama de interpretaciones un tanto teóricas como practicas en cuestiones políticas, históricas y económicas; destacándose entre esta gran gama el socialismo y el anarquismo. Así tanto el socialismo como el anarquismo, aunque son diferentes entre ambas, son ambas comunistas, agrupándose estas corrientes dentro de lo que se conoce como "pensamiento socialista" en general.

Los primeros comunistas de los que se tiene registro se remota a la epopeya homérica, en la que se describe una comunidad de bienes ejercitada en la campaña por el ejercito aqueo.

Posteriormente Platón en su obra "La República", desarrolla un proyecto de una sociedad comunista.

También el comunismo surge en comunidades precristianas como los esenios, en la que el comunismo era parte de su vida religiosa.

Lo mismo seria para los primeros cristianos, pero como algo accesorio a la fe.

Posteriormente surgió un conjunto de autores con obras donde se describían sociedades perfectas, donde el comunismo formaba parte, y que va desde Sir Tomas Moro con su obra llamada Utopía, escrito en 1516, hasta Juan Jacobo Rousseau con su obra llamada Contrato Social, escrita en 1762.

Estos autores se diferenciaron con los que posteriormente se los clasificaría como socialistas utópicos, en el hecho de que estos últimos se preocuparon, además de los problemas intelectuales, de elaborar los métodos destinados a conseguir sus fines.

Luego aparece otra vez el comunismo como tema central en la revuelta de los campesinos en Alemania en el siglo XVI, en la que surge la doctrina cristiana (como los principios del Evangelio de San Mateo, que se aproxima al comunismo) como arma ideológica para imponer el comunismo agrario.

Lo mismo que en Alemania surgiría con el movimiento comunista que apareció en la revolución Inglesa de los puritanos. Aparecieron grupos con tendencias comunistas llamados Niveladores (levellers) y que pedían mayor representación política y la desaparición de las clases sociales.

Luego entre los niveladores aparecieron grupos mas extremistas, ya totalmente comunista, llamados Diggers, cuya procedencia se deriva del artesanado ingles sin una filiación religiosa concreta (aunque protestantes).

La doctrina política de los Diggers puede remitirse a la obra del comerciante Gerrard Winstanley titulada "Nueva ley de la Justicia", publicada en 1649.

También en 1649, Winstanley y media docena de hombres comenzaron con una experiencia comunista, con una huerta, en una colina junto al Tamesis, en Surrey; siendo por ello encarcelado (en una iglesia) por los campesinos del lugar. Posteriormente los comunistas agrarios volvieron al lugar, pero el entorno le resultaba demasiado agresivo, tanto que llevo al fracaso al ensayo.

En 1652 Winstanley publico su "Ley de la libertad" en la que intento presentar una constitución comunista, en la que sus argumentos son aun teológicos. Los Diggers defienden la idea de que el parlamento suprima la propiedad, ya que esta da poder político y una sociedad democrática no debe reconocerla, además "la propiedad es una ofensa contra la moral, pues significa un monopolio sobre una parcela de la creación, entregada por Dios a los hombres para su uso y goce común".

Se cree que Winstanley buscaba una reforma total de la sociedad para que se acerque al ideal de una comunidad cristiana; y para lo cual seria necesario destruir la monarquía y atacar las estructuras jerárquicas y aristocráticas de la iglesia inglesa implantando una educación completamente secular. Con los Diggers se manifiesta una ideología anarquista y que se observa en la hostilidad a todo tipo de poder.

El origen del comunismo contemporáneo puede rastrearse en los escritos de 1750 de un francés llamado Morelly y del abate de Mably, pero también puede rastrearse con la "conspiración de los iguales" que se dio durante la Revolución Francesa y que reunió dos características que lo distinguió del comunismo anterior y lo identifican con el actual, como lo seria la ausencia de justificación religiosa como teológica y la existencia de una sucesión de discípulos que continuaron y refinaron las ideas implantadas en la conspiración.

La conspiración estaba basada en una organización secreta, dirigida por "un directorio secreto de seguridad publica" que constaban con aproximadamente doce miembros. Tenían como objetivo fundamental llevar propaganda, sobre todo a la tropa y a la policía, proclamando la insurrección y la restauración, para tomar así al gobierno de la constitución de 1793.

Luego si la conspiración triunfaba se debería llevar a cabo una redistribución de la riqueza mediante la incautación de bienes a los emigrados y a opositores políticos, que en una primera instancia pasaría a la Asamblea Nacional para luego convertirse en comunes para todo el pueblo.

Cuando ya la conspiración estaba muy avanzada el gobierno logro desarticular la organización de los iguales, condenando a la pena capital a unos treinta integrantes, entre los que se encontraba Babeuf.

Franςois N. Babeuf (1760-1797) apodado como Graco, fue el que dirigis la llamada conspiración de los iguales.

El Graco había sido un burócrata en una administración feudal que con la revolución había quedado desempleado y en la miseria, desempeñando entonces una gran actividad en huelgas, protestas, manifestaciones, panfletos. Posteriormente fue elegido a varios cargos que no le privaron de tener conflictos con los diferentes gobiernos republicanos, costándole la cárcel en mas de una oportunidad. Con la caída de Robespierre el Graco se quedo sin sus cargos y se convirtió en opositor y director del Journal de la Liberté de la Presse. En la misma época conoció a Felipe Buonarroti (1761-1837) de origen corso y que fue coautor de la conspiración, y su mejor historiador. Buonarroti continuo con el ideal socialista, hasta que en la época posnapoliónica fue heredada a sus discípulos, Louis Blanc y Auguste Blanqui.

Existen diversas clasificaciones que agrupan a los diferentes pensadores socialistas, de las cuales una muy usada es la siguiente:

Socialismo Utópico: Saint-Simon, Owen, Fourier.

Críticos socialistas: Simon de Sismondi.

Anarquistas: Godwin, Proudhon.

Socialismo de Estado o de Cátedra: Wagner, Rodbertus, Lasalle

Socialismo "Combativo": Babeuf, Blanc, Blanqui.

Institucionalismo: Veblen.

Socialismo Democrático

Socialismo Científico

En adelante, en este trabajo se desarrollara la vida, el pensamiento y las propuestas de algunos autores del socialismo, sin antes tratar de describir el entorno que rodeo a dichos autores.

II. El entorno de los pensadores socialista

La Europa de fines de siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX estaba sufriendo una transformación drástica, debido a cambios tecnológicos, sociales, económicos y políticos.

Así se puede nombrar los cambios políticos desde la revolución francesa, el surgimiento de Inglaterra como la potencia económica mas fuerte de la época, el surgimiento de la producción por máquinas y de fuentes avanzadas de energía (que surgía reemplazando el arado tirado por animales), grandes movimientos migratorios, el surgimiento de asentimientos predominantemente urbano, mayor desigualdad social, la aparición de una gran movilidad social.

En los países mas industrializados la situación de los trabajadores era deplorable debido a los bajos salarios, el trabajo de mujeres y niños, jornadas prolongadas de trabajo, una estricta vigilancia al trabajador y condiciones de asentamiento deplorables.

Ni Inglaterra se salvaba, ya que después de las guerras napoleónicas había comenzado una gran depresión debido que los mercados de los tejidos de algodón no se recuperaron.

Empezó haber discernimiento y rebeldía contra la doctrina clásica y ataques al capitalismo, considerándola a esta ultima como un sistema que constituía una dominación del capital sobre la producción.

Mientras tanto se encontraba en pleno auge una burguesía que apoyaba la libertad y la propiedad privada, exaltaba como valor al ahorro y que mejoraba día a día su bienestar material.

Hay un surgimiento del nacionalismo y un mayor proteccionismo por parte de Norteamérica y Alemania opuesto "al librecambismo favorable a la nación más adelantada".

Se discutía la conveniencia de una mayor intervención del estado para asegurar un equilibrio económico más estable y proteger el ingreso de los más pobres.

Surgían nuevas teorías filosóficas, mientras se dejaba de creer en la filosofía del derecho natural y en la constante intervención de una providencia que desea el bienestar a todos, mientras los estudios históricos hizo dudar de la permanencia de las leyes naturales.

Contra la filosofía utilitarista, de corta vida, se rechazo la idea de que el hombre calcula racionalmente sus placeres y sus trabajos.

Inglaterra y el continente estaban separados intelectualmente, ya que mientras Inglaterra tenia una larga tradición individualista que se remontaba hasta la época de John Locke y que se reflejaba en una monarquía limitada (gobierno parlamentario); en el continente sus autores ponían énfasis en la actividad grupal, su pensamiento estaba influenciada por el racionalismo cartesiano (que rechazaba las cosas materiales en la búsqueda de la verdad interior) y su gobierno era una monarquía absoluta.

Todo lo anterior lleva a mencionar:

Atemperando por las opiniones conservadoras de Emund Burke sobre el cambio social, el individualismo y el pensamiento libertario británico evitaron los cataclismos sociales de la Revolución Francesa y culminaron, en la esfera económica, en los escritos, ahora familiares, de Adam Smith y los economistas clásicos. (Ekelund; Herbert; 1991).

Todos los mas destacados filósofos de la ilustración francesa (excepto Rosseau) vieron en la historia como "una progresión interminable de los seres humano hacia la razón y la verdad".

Además surgió como teoría de la historia, que posteriormente se convirtió en teoría económica, la idea de que la sociedad evolucionaba a través de una sucesión de etapas, cada una de ellas superior a la anterior.

El iniciador del planteamiento anterior fue el filosofo francés Condorcet (1743-1794), que creía que el desarrollo histórico estaba sujeto a leyes generales y que la tarea del historiador se trata en buscar y encontrar aquellas leyes por las que los hombres progresan "hacia la verdad y el bienestar".

Condorcet proponía una nueva ciencia con base en la historia, que seria empírica y no racionalista. Condorcet consideraba que los errores del pasado, especialmente los que sucedieron en la revolución, son parte de una etapa de transición que lleva hacia la senda de la perfección social. Además, estudio la naturaleza temporal de la historia, observando que el desarrollo social es más desigual que el desarrollo del conocimiento, atribuyendo el retraso del desarrollo social al hecho que hasta su época, la historia había sido de los individuos, mas que una historia de las masas, por lo que las necesidades y el bienestar de la sociedad habían sido sacrificados por los de unas pocas personas.

III. Autores socialistas

III.1. Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825)

Nació en la nobleza francesa y afirmo ser descendiente de Carlomagno, él cual le había encomendado "salvar la Republica francesa tras la revolución".

Publico una obra en 1817 titulada "De l’ industrie", luego publico en 1819 "Catécisme des Industriels" y finaliza en 1825 con la obra "Le Nouveau christianisme".

El conde de Saint-Simon fue más bien precursor de la sociología que teórico de la economía, siendo este unos de los primeros en proponer crear una "ciencia positiva de la moral y la política, y de la humanidad en general", es decir, que la sociedad puede ser objeto de un estudio científico. Logro fundar una escuela de seguidores que influyo en una serie de pensadores importantes que incluían a Auguste Comte, Karl Marx y John Stuart Mill.

Muchos autores critican a Saint-Simom por no haber definido claramente ningún concepto, y que su terminología (pobres, ricos, abejas, zánganos, industriales, sabios, hombres representativos) no corresponde a una clasificación rigurosa de las funciones económicas. Además hay algunos autores que han negado que el conde de Saint-Simon hubiera sido un socialista, ya que no llego a presenciar la primera revolución proletaria. Sin embargo, los que opinan que Saint-Simon fue socialista, se basan en que su doctrina fue tomada por los posteriores socialistas y que sus propuestas fueron de carácter netamente socialista (como la de una economía planificada).

III.1.2. Pensamiento y propuestas del conde de Saint-Simon:

Para Saint-Simon la propiedad privada era una fuente de desorden, al ser la causa de que los productores no consiguieran capitales baratos y en suficiente cuantía, pues "las abejas carecían de capitales; para procurárselos". También para el conde la propiedad privada era un tipo de "monopolio", porque permitía a aquellos que no producen, como los propietarios, apoderarse sin esfuerzo alguno de la renta de los que si producen, como los industriales o los obreros.

Saint-Simon desarrollo una teoría evolutiva de la historia, donde se yuxtaponían dos sistemas sociales contradictorios, una que correspondía a la Francia prerrevolucionaria basada en fuerza militar y la aceptación de la fe religiosa, y otra que correspondía a la Francia después de la revolución basada en la capacidad industrial y en la aceptación voluntaria del conocimiento científico.

Para Saint-Simon "la ciencia y la industria constituían los sellos de la edad moderna".

Manifiesta que la clase de los industriales (médicos, químicos, albañiles, mecánicos, banqueros, etc.) es el sector trabajador y creador de la sociedad, mientras el sector de los nobles y propietarios son los "parásitos" de la sociedad.

Realiza una critica al orden social establecido y propone y predice para el futuro un orden social guiado por la clase industrial, pero de "bases igualitarias" (que seria el igualitarismo liberal de igualdad de oportunidades).

Pensaba que la cooperación económica y la organización industrial surgirían por si solos en el progreso de la sociedad. Manifestaba haber descubierto gracias al estudio histórico que una creciente comunidad de intereses y no en el egoísmo, acompaña el avance de la civilización.

El principal objetivo del nuevo orden social era "el control de los seres humanos sobre las cosas, no sobre las personas".

Para ello se necesitaría una administración de tipo tradicional y evitar que el gobierno intervenga en la esfera industrial. Diversos escritores o cronistas critican la falta de coherencia en sus programas de reorganización.

Realizo un plan para constituir un "parlamento industrial", que según se cree fue inspirado en el gobierno británico.

Para algunos autores el parlamento industrial es un anteproyecto de una economía totalmente planificada.

Este parlamento estaría constituido por tres cuerpos:

El primero (Cámara de los Inventos) estaría compuesto por 300 miembros: 200 ingenieros civiles, 50 poetas, 25 artistas, 15 arquitectos y 10 músicos.

Su primer cometido, según Saint-Simon, seria redactar un plan de obras publicas.

La segunda asamblea (la Cámara de Examen) también tendría 300 miembros, en su mayoría matemáticos y físicos. Su tarea consistiría en evaluar la viabilidad y deseabilidad de los proyectos propuestos por la primera camera y también desarrollar un plan director de educación publica.

Finalmente, una tercera asamblea (la Cámara de Ejecución), de un numero indeterminado de miembros, incluiría representantes de cada sector industrial. La tercera camara era la mas importante en el plan general. Ejercía derecho de veto sobre todos los proyectos propuestos y aprobados por las cámaras de inventos y examen, y también podría recaudar impuestos. (Ekelund; Herbert; 1991).

En la producción de bienes privados, Saint-Simon propuso una "confederación de asociaciones profesionales", que fuera numerosa y que tuviera un "objetivo industrial común" (que era el aumento del producto). Así se podría contribuir a la eficiencia económica, compartir el conocimiento y la tecnología entre sus miembros.

III.1.2. La escuela de Saint-Simon:

Fue una escuela que se convirtió en un culto y que llego extenderse por toda Francia y a otros países. Su doctrina procedía de la obra escrita por Saint-Simon "Le Nouveau christianisme"(El nuevo cristianismo), la cual se trata de un dialogo imaginario entre un conservador y un innovador, en la que el innovador gana gracias a la exposición de la doctrina de Saint-Simon (demostrando que la sociedad necesita reorganizarse mediante una nueva escala de valores, y que en la nueva sociedad las oportunidades serán iguales para todos y las capacidades de todos los hombres serán aprovechadas, sin importar su origen social).

El valor mas importante de la iglesia es "el mayor bien para el mayor numero posible".

Profesaban la idea que la clase social más numerosa y más pobre es la que poseía los verdaderos resortes del nuevo orden del futuro.

Tuvieron a lideres como Olinde Rodríguez, Enfantin, Bazard.

Muchos de sus miembros se convirtieron en prósperos hombres de negocio, que incluso llegaron a intervenir en la construcción del canal de Suez.

Además, muchos de sus miembros fueron tildados de fanáticos en extremo, mientras que otros ganaban fama por su búsqueda del placer físico y sus frecuentes orgías.

Sus miembros se manifestaban a favor de desmembrar y limitar la propiedad privada; ya que esta no es por derecho natural, sino que es por "un hecho social sometido, como todos los hechos sociales, a la ley del progreso; por tanto puede ser entendida, definida y regulada de mil maneras, según las épocas".

También proponían la supresión de la herencia para favorecer a los que producen (abejas), a expensas de los que no producen (zánganos).

III.1.3. Auguste Comte (1798-1857):

Fue un filosofo Francés nacido en Montpellier. Fue secretario del conde de Saint-Simon y creador de la escuela positivista y de la ciencia de la sociología. Expuso la popular teoría de los "tres estadios" de la historia y fue autor de "Un curso de filosofía positiva" y de "Por una religión de la humanidad".

Critico al pensamiento clásico considerándola como "esa tendencia vana e irracional al no admitir más orden que el que se establece por si mismo".

La clasifico como seudociencia, ya que concebía como ciencia algo diferente de lo que era para Smith o Say, pues la ciencia para Comte es "más amplia" al incluir todas las reglas para la conservación de las sociedades humanas; y "más realista" al estudiar las leyes que gobierna la evolución de las estructuras sociales, especialmente el de las instituciones liberales.

Comte criticaba a la escuela clásica porque presentaba como invariable en el tiempo las leyes de la sociedad humana, sin tener en cuenta que las situaciones sociales evolucionan sin cesar y que todo es relativo. Además, consideraba como una falacia el haber aislado uno de los móviles humanos para edificar sobre el una ciencia autónoma. Finalmente consideraba que la escuela clásica aceptaba implícitamente que las sociedades obedecen a la misma psicología y que tiene las mismas necesidades que los individuos, sin tener en cuenta que se tratan de organismos que son muy diferentes, cada uno con una personalidad propia y preocupados por la propia supervivencia.

III.2. Robert Owen (1771-1858)

Nació en el seno de una familia pobre en el norte de Gales, se auto educo con los libros del patrón para quien trabajaba, fue contramaestre en una fabrica de hilados en Manchester y de la cual se convirtió en copropietario de la factoría. Alcanzo la fama y a la fortuna antes de los treinta años (por las maquinas de hilar).

En 1800 asumió la dirección de la fabrica New Lamark en Escocia, luego de haberla comprado con otros socios, y cuya dirección aplico las teorías sociales a la cual profesaba, logrando un éxito económico y social. Los socios de Owen no satisfechos por sus practicas lo separaron de la dirección.

En 1813 publico una obra titulada "Ensayos sobre la formación del capital humano" y en 1821 publico un libro titulado "Sistema social" y en la que atacaba al individualismo de los economistas liberales, ya que la libre competencia era en realidad una justificación a la guerra económica y la explotación de los obreros.

Partió al estado norteamericano de Indiana donde fundo una colonia llamada "Nueva Armonía", la cual trataba de ser una realización de la sociedad ideal de Owen, pero sin embargo no lo logro.

Hacia 1833 presidio un basto movimiento obrero sindicalista y cooperativista, fundando así lo que hoy seria los sindicatos actuales. Esta organización se enfrento con la represión gubernamental y desapareció con el surgimiento del movimiento Cartista.

III.2. Pensamiento, propuestas y realizaciones de Owen:

Durante su vida se preocupo por aquellos sectores de la población a la que probablemente se sentía identificado, ya que en definitiva había nacido, crecido, experimentado hechos similares a dichos estratos de la población y probablemente compartía un sistema de valores y normas, una percepción de la realidad similar a dichos estratos. Es por lo anterior lo que probablemente lo llevo a prestar atención sobre la situación del trabajador, desafiando opiniones sociales predominantes como que "la pobreza era la consecuencias justa de los pecados de la clase trabajadora".


Owen manifestaba que no creía que el sufrimiento de los trabajadores fuese una condición necesaria para la acumulación de la riqueza, además afirmaba que una fuerza de trabajo satisfecha seria una fuerza de trabajo eficiente y que se podría transformar la realidad por las manos del hombre.

Owen profesaba como único precepto el de "mejorad el entorno social de un hombre, mejorareis al hombre"; ya que el carácter humano es la consecuencia directa de las circunstancias en que nace, vive y trabaja el hombre; por lo que se puede lograr la transformación del carácter humano a través de una nueva organización de su medio ambiente.

Como ya se nombro en párrafos anteriores Owen aprovecho la dirección de New Lamark para usarlo como campo de prueba para las teorías sociales, en un lugar donde la fuerza de trabajo era conocida como muy inmoral debido al alcoholismo y otros vicios y hábitos. Owen realizo una serie de transformaciones como la reducción del trabajo de los niños y dedicar tiempo a su educación, mejorar las condiciones de vivienda de los trabajadores, abrir tiendas baratas, imponer un sistema de promoción en la fabrica basado en la buena conducta de los trabajadores e instalar guarderías infantiles y escuelas.

Owen proponía o defendía el papel de un gobierno activo para la obtención de un sistema nacional de educación, brindar ayudas a los parados e introducir leyes de reformas en el trabajo de las fabricas.

III.3. Charles Fourier (1772-1832)

Este autor francés vivió en la pobreza y trabajo de empleado de comercio y viajante. Vivió soltero y fue considerado por sus biógrafos como excéntrico y fantasioso. Tenia como habito frecuentar salas de lectura.

En 1803 publico un articulo titulado "armonía universal" en donde manifiesta que es preciso completar el trabajo de los sabios, ya que han descubierto las leyes del movimiento material, pero no las leyes del movimiento social.

Luego en 1808 publica su primer obra llamada "teoría de los cuatro movimientos capitalistas" en donde realiza una denuncia sobre el sistema capitalista.

III.3.1. Pensamiento y propuestas de Fourier:

La base de su doctrina consistía en un hombre natural en donde las pasiones son buenas, por lo que rechazaba el mundo social tal como estaba organizado en su tiempo. Fourier consideraba que había que acabar con las reglas de la moral aceptada y dejar fluir a los instintos como la mentira y la hipocresía. El abandono general de la moral convencional significara el establecimiento del reino de la armonía social.

Para Fourier "existe una unidad del sistema de movimiento para el mundo material y el mundo espiritual". Así la historia humana no es mas que un aspecto del movimiento universal que se fragmenta en cuatro ramas: lo social, lo animal, lo orgánico y lo material.

Fourier creía que la civilización pasaba por determinadas etapas de desarrollo en la que se destacan la confusión, el salvajismo, el patriarcado, la barbarie, luego la etapa por la que pasaba Francia, por ultimo y luego de pasar por una sexta etapa se llegaría "a la pendiente que subía hasta la armonía" que era la ultima etapa de absoluta felicidad y que duraría ocho mil años, después de la cual la historia se invertiría, y la sociedad volvería a transitar nuevamente por el mismo camino de etapas recorrido ya anteriormente.

Luego Fourier detalla los cambios que en el mundo acompañarían a la armonía:

La tierra será coronada por el polo norte, con un anillo semejante al de Saturno, y el mar se potabilizara, y adquirirá un sabor a limonada; nuestro pálido e ineficiente satélite será sustituida por seis lunas y una nueva fauna de dóciles bestias medrara sobre la tierra.

En los asuntos humanos reinara la armonía universal, estado que se caracteriza por la ausencia de derroche de energía que son típicos de la corrompida sociedad moderna. Por ende, no habrá ni criados, ni burócratas, ni ejércitos, y ni siquiera un buen numero de industria que absorben mucho esfuerzo y que son totalmente inútiles para las necesidades del hombre.

La armonía general significara también que la fragmentación del trabajo social moderno será superada: los hombres trabajaran menos, pero trabajaran solidariamente, bajo el signo de la cooperación y la libertad.(Giner, S; 1975).

En un plan de reorganización de la sociedad Fourier proponía una generalización de ciudades jardines (phalansteres o falansterios) cada uno con una forma de gran hotel, en la que vivirían mil quinientas personas. No existiría ninguna limitación a la libertad, ni una redistribución de la renta del tipo nivelador (ya que la desigualdad de la renta y la pobreza son de ordenación divina, por lo cual todo debería permanecer como esta).

Fourier no criticaba la propiedad privada per se, pero si su abuso, por lo que cada residente tendría que poder adquirir las habitaciones según las posibilidades y gustos individuales. Se enfrentaría al "egoísmo desenfrenado" vía cooperación; por lo que la producción económica y las tareas domesticas en el falansterio se realizaría colectivamente; asignando el trabajo sucio a los niños, mientras que los adultos harían solo el trabajo que le gustase.

Para Fourier el primer mal del capitalismo era " el conflicto de intereses individuales", y que para eliminarlo cada miembro seria un propietario cooperativo, así como un perceptor de salarios; además cada miembro obtendría una parte de la renta como capitalista y director.

Luego cuando todo el mundo estuviese organizado en falansterios, habría un sistema general de garantías, por la cual toda persona seria asistido por un servicio publico que recibirían en caso de necesidad (encontrar empleo, ayuda en caso de enfermedad, etc.). Cuando el mundo viva en falansterios y haya triunfado el garantismo, el hombre transformara la faz de la tierra con grandes obras colectivas.

III.4. Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (1773-1842)

Nació en Venecia dentro de una familia Austríaca de origen Italiano.

Fue historiador y escribió dos grandes libros de historia general "La histoire des republiques Italiannes" y la "Histoire des Francais" de veintiún tomos.

De joven vivió en Inglaterra donde recibió el influjo de Adam Smith, como lo demostraría una exposición de sus ideas en "La richesse commerciale" escrito en 1803. Luego con el paso del tiempo Sismondi tomo una actitud critica contra las teoría de la escuela clásica, especialmente contra Ricardo, como lo demostraría sus obras "Nouveaux principes d’ economie politique" escrito en 1819 y "Etudes sur l’ economie politique".

III.4.1. Pensamiento y propuestas de Sismondi:

Consideraba a la economía política como un subconjunto de la ciencia del gobierno y como una ciencia moral, oponiéndose así a verla como una ciencia de calculo.

Sismondi hizo un análisis de la evolución económica, dividiendo la historia industrial en tres etapas (esclavitud, feudalismo y capitalismo) y que según lo que creen algunos autores fue el germen de la interpretación económica de la historia propuesta por Marx.

Escribió una teoría sobre la sobreproducción (que se expondrá en el siguiente apartado), una teoría sobre la causa de la explotación y sobre la consecuencia de la explotación.

Las causas de la explotación comenzaba en un régimen de libertad contractual en donde los asalariados podrían aceptar su propia explotación ya que "libertad de derecho no implica automáticamente la libertad de hecho", pues al concertarse un contrato de trabajo las partes no están en la misma situación; el empresario percibe una ganancia; el trabajador un medio de vida, de modo que sufre una presión mucho mas fuerte que aquel.

Además la competencia entre los trabajadores se agrava como consecuencia del maquinismo y del régimen de libertad imperante ante la inexistencia de los gremios para limitar el número de obreros.

La competencia entre los mismos empresarios les impulsa a reducir al mínimo sus gastos de mano de obra, lo que ejerce una influencia hacia la baja de los salarios.

Como consecuencia de la explotación es que se llegaría en un futuro a una separación cada vez mayor entre las clases sociales, siendo que a la vez los ingresos de los mas pobres serian lo bastante bajos para que estos puedan acceder a la propiedad de los medios de producción, mientras lo que ya lo poseen se beneficiarían de las plusvalías (los trabajadores no participan de los beneficios realizados por la colectividad como una consecuencia del progreso técnico) y acumularían capitales en cantidades cada vez mayor.

Para solucionar lo anterior Sismondi proponía: una intervención del estado para que lograra la conservación de los gremios y suavizar por consiguiente la competencia, que se realizara un progreso técnico mas lento, la vuelta a costumbres patriarcales en la agricultura, acceso de los trabajadores a la propiedad del capital, que se generalice el sistema de pequeña empresa, que la empresa tome a cargo el mantenimiento del empleado en tiempo de enfermedad, paro o vejez. También abogo por reformas tales como garantizar a los trabajadores derecho de organización, de abolir el trabajo en domingo, comprimir las horas de trabajo, limitar el trabajo a los niños y poner frenos a la producción restringiendo los progresos de la invención.

III.4.2 Objeción de Sismondi contra la escuela clásica:

Según este autor la economía clásica tiene por objeto el estudio de la riqueza considerándola crematística, fría e inmadura; pues la riqueza mal distribuida no procura bienestar, ya que los empresarios tienden a satisfacer las necesidades de lujo o de pura ostentación antes que las necesidades mas apremiantes de las masas.

Ataco al método abstracto deductivo de la escuela Ricardiana, ya que consideraba que los razonamientos demasiados abstractos eran inadecuados para la época y que eran estos culpables de extraer demasiadas observaciones sueltas y referidas solo a Inglaterra sin referencia a otros países. Protesto contra la tendencia de los teóricos abstractos a considerar los hábitos y las costumbres como simples cálculos.

Sismondi no estaba de acuerdo con Ricardo por haber situado sus demostraciones fuera del tiempo y del espacio. También no estaba de acuerdo con las conclusiones de la teoría económica clásica porque las consideraba falsas y a veces presentadas como principios absolutos.

En la arena social, afirmaba que el ejercicio del egoísmo individual no coincidía con el interés general, como afirmaban los clásicos.

Para Sismondi era un error la afirmación de Ricardo y demás Clásicos sobre la realización automática de un equilibrio permanente.

El equilibrio entre las necesidades y la producción no se lograba por si misma, como sucede en situaciones de sobreproducción que puede prolongarse en el tiempo debida a la explotación continua sobre los asalariados.

Estos últimos no recibían un contravalor de lo que producían imposibilitándole rescatarlos.

Mientras tanto los empresarios con gran poder de compra orientada hacia los artículos de lujo, ejercían influencia mediante su demanda para que la producción se guiara hacia los bienes de lujo, provocando que la producción de los artículos de primera necesidad al no colocarse fácilmente se encontrara desatendida.

También la sobreproducción podría ser generado por la introducción de la maquinaria que ahorra trabajo y desplaza a los obreros. La maquinaria era cara y que por lo general se concentraba en las mayores empresas, por lo que muchos pequeños fabricantes tienen que abandonar el negocio generando desempleo y una reducción en los ingresos de muchos consumidores, mientras un mayor numero de maquinas genera un mayor producto.

Finalmente critico al hecho de querer ver al hombre aislado del mundo y que la teoría clásica llegaba a conclusiones que eran desmentidas por la realidad.

III.4.3. Criticas a Sismondi:

Se le escapo la constatación de los factores concretos que constituye la fuerza motriz del desarrollo histórico. También se le escapo que el crecimiento del producto crea con frecuencia oportunidades adicionales de empleo, es decir que el aumento de la producción tenia que ser precedido por un aumento de la demanda, por lo que la existencia de una sobreproducción seria solo temporaria. Además en el esquema de la distribución sobre la que se basa la teoría de las crisis motivada por la sobreproducción empleo un método abstracto y cometió errores tan graves como los economistas a quien criticaba.

Los distintos autores consideran que el análisis de Sismondi era mediocre, que se vale de conceptos imprecisos y mal definidos.

III.5. Pierre Joseph Proudhon (1809-1865)

Proudhon nació en el seno de una familia de artesanos que logro cierta holgura económica con la explotación de un pequeño comercio de detalle, haciéndose posteriormente en propietarios de varias parcelas de tierra.

De niño trabajo como pastor de bueyes hasta que una bolsa de estudios lo hace ingresar en el colegio real de Besaςon. Obtiene un oficio de tipsgrafo. Aprehende el hebreo y estudia la Biblia, para atacar con mas elementos a la religión (según algunos de sus biógrafos). Posteriormente obtiene de la academia de Besaςon la pensión Suard.

Se instala en París donde colabora con una enciclopedia católica, en donde trabaja en el estudio de las lenguas y de la economía política.

En 1840 publica un ataque contra la propiedad privada titulada "Qu’ est-ce que est la propieté?", donde le sirvió para adquirir notoriedad y acusaciones de conspiración contra el estado, pero de la cual fue absuelto.

Luego en 1846 publica la "Philosopie de la misére".

Con Proudhon al nivel de la propia teoría empieza a divergir el anarquismo con el socialismo.

En 1848 es elegido diputado y posteriormente es condenado a tres años de prisión por una serie de artículos contra Luis Napoleón Bonaparte.

Mientras cumple su condena se casa.

Luego en 1858 publica su obra esencial acerca de la justicia en la revolución y en el Iglesia, por lo cual fue procesado por ultraje a la religión y a la moral, escapando por consiguiente a Bruselas.

Vuelve a París en 1863, donde muere dos años después.

III.5.1. Pensamiento y propuestas de Proudhon:

Para Proudhon el contrato de trabajo libre establece el salario según la importancia del servicio prestado; luego si se produce explotación es porque el trabajo en conjunto con otros obreros es más productivo que el de esos mismos obreros trabajando aisladamente; lo que logra el empresario es el valor del trabajo en conjunto, mientras que paga al trabajador un salario determinado por la productividad individual; de modo que el beneficio es la plusvalía o "surplus" dada por los diversos trabajos; por lo que la explotación es un fenómeno necesario.

En la tesis "la propiedad es un robo" el autor afirma que incluir la propiedad como un derecho natural seria una contradicción porque el propietario se atribuye unas riquezas que por origen natural deberían seguir siendo comunes, pues Dios hizo la tierra y de él es la tierra.

La propiedad llegaría a destruir la libertad y la igualdad al permitir que algunos individuos acaparen instrumentos de trabajo que existen limitadamente, por lo que los trabajadores que desean utilizarlos no pueden hacerlos sin comprar a los propietarios este derecho de uso sin pagar unos "derechos de aubana" (que es la renta del trabajo del obrero). Luego afirmaba que la propiedad en el conjunto de las funciones sociales es causa de grandes males como de bienes, es la que garantiza la libertad del individuo frente a las presiones sociales (lo que es indispensable); por lo que la institución de la propiedad es una realidad antinómica fuente de a la vez del despotismo y la libertad.

Proudhon proponía no eliminar la propiedad, sino universalizarla, ya que si todos tuvieran una propiedad lograrían garantizar así la libertad. Para lo anterior el estado no intervenía en la división de la propiedad, siendo necesario para lograrlo realizar créditos gratuitos.

Proudhon argumentaba que los poderes políticos tienden siempre hacia la centralización y hacia la tiranía.

Proudhon quería una libertad que fuese absoluta en todas partes y para siempre, arraigada en un orden social consistente en una organización industrial en lugar de gobierno, de contratos en lugar de leyes, de fuerza colectiva en lugar de fuerza publica, asociaciones industriales en lugar de ejércitos y centralización económica en lugar de centralización política.

Quería reemplazar las clases de nobles, burgueses y campesinos, o de hombres de negocio y obreros por títulos generales y departamentos especiales de la industria.

Proudhon declaraba que "la verdad y la realidad son esencialmente históricas" y que "el progreso es inevitable", luego continuaba diciendo que "la ciencia y más que la autoridad, tiene la llave del futuro, y ella, más que el egoísmo es la única capaz de establecer la armonía social".

Proudhon refutaba algunos argumentos de los economistas clásicos, como lo hacia con una premisa del liberalismo clásico, que la consideraba falsa y hacia que se abortara sus conclusiones. Esa premisa era que mecanismo de precios servia para conseguir los fines sociales, pero Proudhon afirmaba que dicho mecanismo era tan opresivo (a causa de la difusión extremadamente desigual del poder del mercado y no como decían los clásicos de que el poder económico era mas o menos igual para todos) como el gobierno y la ley.

Ekelund y Herbert considera injusto la critica hacia el liberalismo económico de Proudhon, porque este criticaba al monopolio y no a la competencia. Proudhon afirmaba que la competencia era "el sabor del intercambio, la sal del trabajo. Suprimir la competencia es suprimir la misma libertad".

III.6. Karl Rodbertus (1805-1875)

Rodbertus fue un terrateniente y abogado prusiano, aunque paso la mayor parte de su vida retirado, llego a ser unos de los eruditos mas reconocidos de su época y considerado por muchos como el fundador del socialismo científico.

Algunas de sus principales puntos de vista se encuentran en una de sus primeras obras "Para un conocimiento de nuestra condición económica".

Entre los años 1850 y 1851 escribió "cartas sociales".

También escribió una obra titulada "El sistema de los derechos adquiridos".

En sus obras hay muchas reminiscencias a Ricardo y Sismondi; concentrando su interés sobre la naturaleza y la función del capital, que era un problema abordado, pero no resuelto por los clásicos.

III.6.1. Pensamiento y propuestas de Rodbertus:

Rodbertus realiza una critica sobre "la idea de la armonía necesaria entre el interés general y los intereses individuales en el régimen de competencia".

La adaptación de la producción a las necesidades sociales no esta garantizada (ya que solo la producción se adapta a la demanda), pues en un régimen de "apropiación privada" hay una concentración del poder adquisitivo que hace que los empresarios busquen ante todo una rentabilidad y por ello traten de satisfacer la demanda de los más ricos, ya que es más segura que satisfacer las necesidades mas vitales.

La producción se llevara a cabo por el móvil de la ganancia; el asalariado obtendrá el costo de su subsistencia y recibirán cada vez una proporción menor del ingreso nacional.

Con una caída en la participación de los salarios el consumo de los asalariados decrece, conduciendo a atascar el mercado, a la caída de los precios y a una mayor desocupación.

En contradicción con la tesis clásica, Rodbertus distinguió productividad y rentabilidad, ya que el deseo de rentabilidad lleva al empresario a producir menos de lo que podría a fin de elevar los precios y por consiguiente los beneficios.

También critica a la teoría clásica de la distribución. Divide la renta en renta de trabajo (que es productivo) y renta sin trabajo.

Con la renta de trabajo Rodbertus trato de refutar la idea clásica del capital al rechazar que el ahorro fuera una condición necesaria para la formación de capital.

Rodbertus señala que el ahorro no se necesita para la formación de capital porque en una economía cerrada el capital es el resultado de una colaboración entre la naturaleza y el trabajo, mientras que en una economía primitiva el ahorro no hace falta para que el hombre construya un arpón o una red o una maza. Además cuando la economía es adelantada, pero sin propiedad privada, el capital se forma por una unión de una aportación natural y trabajo, solamente en una economía de cambio con propiedad privada el ahorro forma capital. Lo que crea el ahorro es el capital desde el punto de vista de los particulares, es decir crea el capital privado; que se presenta bajo la forma de viviendas, dinero atesorado, joyas; y que no desempeña necesariamente una función productiva.

La retribución del capital privado es el interés, siendo esta ultima consecuencia del régimen jurídico de propiedad. El interés no se explica ni por la productividad del propio capital privado, ya que no siempre es productivo; ni por el sacrificio que constituye el ahorro, ya que hay en algunas oportunidades capital sin ahorro. El capital privado es distinto al capital objeto (capital desde el punto de vista de la sociedad).

(Pero para James:)

En realidad, los razonamientos de Rodbertus son erróneos desde el principio. El ahorro es necesario para la formación de capital, hasta en las economías primitivas.

Naturalmente, el ahorro no siempre adopta la forma de una suma de dinero, puede incluso no materializarse; hay ahorro cuando se ejecuta cuando se ejecuta un esfuerzo que no tiende directamente a un consumo inmediato... el capital privado, aun en forma de viviendas o de joyas puede prestar una serie de servicios (de alojamiento, de ornato, etc.), de modo que no puede negarse su productividad. (James, E.; 1974).

El trabajo origina todos los productos económicos directa o indirectamente, cambiándose todos los productos en proporción de las cantidades de trabajo que originan. El trabajo intelectual y la tierra, Rodbertus lo consideraba como "un don gratuito de la naturaleza".

La distribución desigual e injusta de la renta se ve alentada por el incremento de la productividad que sube el producto, mientras los salarios se mantienen a nivel subsistencia (ley de bronce de los salarios, que tiene que ver con el esquema malthusiano); por lo que la distribución seria cada vez más desigual debido a la participación decreciente del salario.

Rodbertus declaro que el principal problema a que se enfrenta el economista es la justicia distributiva.

Además Rodbertus consideraba que la renta sin trabajo no provenía de la productividad de los factores, sino que constituían una forma de explotación de los trabajadores debido al estado en que se hallaba las instituciones.

Rodbertus sostenía como solución que las masa alcancen el poder político, y una vez conquistada propuso hacer reformas al estado para lograr un sistema de previsión social dirigido que no distribuyera la riqueza, sino sus frutos a través de medidas gubernamentales.

El estado mediante medidas debería establecer jornadas de trabajo mas cortas, una cantidad de trabajo normal por día, fijar el nivel de las diversas rentas, asegurar la sustitución del dinero por bonos de trabajo en el pago de los precios de los productos y servicios productivos (logrando así la armonía), fijar los precios al nivel de los costes de producción de los diversos productos medido en trabajo.

III.7. Ferdinand de Lasalle (1825-1864)

Nacido en el seno de una familia aristócrata judía de Silesia, fue caracterizado como "individualista, brillante y emprendedor".

Trabajo con Marx y Engels en la "nueva gaceta Renana" en Colonia, y ayudo a Marx desde Berlín financiera y editorialmente a salir de la cárcel, cuando estuvo preso por revolucionario. Sin embargo las relaciones entre Lasalle y Marx no fueron buenas, sobre todo del lado de Marx.

Escribió un libro titulado "El sistema de los derechos adquiridos", donde expresa su filosofía política con un marcado tinte de idealismo Hegeliano al tratar de explicar la producción de bienes y las diferentes formas de distribuir la propiedad.

En 1863 fundo la Allgemeine Deutsche Arbeiterverein (Unión General Alemana de Trabajadores) y con ella una tendencia socialista llamada "socialdemocracia".

Luego en 1875 durante el congreso de Gotha la Unión General Alemana de trabajadores se unió a otro grupo formado por partidarios de Marx, dicha unión se llamo Partido Socialdemócrata de Trabajadores; que en 1891, luego del congreso de Erfurt, paso a llamarse Partido Socialdemócrata Alemán.
Lasalle murió al batirse a duelo por una condesa en 1864.

III.7.1. Pensamiento y propuesta de Lasalle:

Lasalle critico al capitalismo, centrándose en torno a la ley de hierro del salario (tema ya tratado por los fisiócratas, Ricardo, Malthus y Rodbertus) que dice que "el aumento en la productividad del trabajo no redunda en beneficio de los trabajadores, sino en beneficio de los receptores de beneficios y de renta".

Además "si suben los salarios, aumenta la población, con lo que se vuelve de nuevo al mero nivel de subsistencia, y a los salarios mínimos otra vez".

Los ataques de Lasalle al capitalismo y la propiedad privada se basaron en la creencia que la humanidad estaba regida por oportunidades fuera de control del individuo, por lo que se hacia necesario que el estado tomase a su cargo la producción y distribución a favor del bienestar social.

Como propuesta Lasalle promovía el dominio del estado por el proletariado, mediante los votos de estos (vía democracia); ya que Lasalle "confiaba en el poder omnímodo del estado" para llevar adelante las reformas necesarias, para encaminar a toda la sociedad hacia el socialismo.

La política de Lasalle difería de la política de Marx en la táctica revolucionaria a seguir, en la que Lasalle proponía el sufragio universal, aunque ayudo a Bismarck a unificar Alemania por la fuerza, siendo a la vez esta el punto más álgido de la discusión con Marx.

III.8. Louis Blanc (1811-1882)

Blanc fue en vida un político e historiador francés. Fue miembro del gobierno provisional en 1848. Escribió una obra titulada "Historia de la revolución francesa" y de otra denominada "La organización del trabajo", esta ultima publicada en 1841.

Blanc consiguió fundar unos "talleres sociales" que tenían la función de dar trabajo al proletariado en paro, sin explotarlo capitalisticamente.

Fue criticado por parte del socialismo, porque estaban en desacuerdo con el enfoque estatista y actitud reformista de Blanc.

Blanc profesaba el principio "a cada cual según sus necesidades", y consideraba que el estado era el único capaz de poner en vigencia y garantizar su cumplimiento.

El principio nombrado anteriormente se convertiría en la base de su teoría posterior.

Blanc había elaborado un programa que contaba con la ayuda del estado para crear lo que él llamaba "almacenes de trabajo social", y que los consideraba como los futuros sustitutos de la industria privada. Los almacenes de trabajo social estarían unidas en una federación subvencionada y dirigida por el estado.

IV. Conclusiones

El entorno que rodeaba a Europa en fines del siglo XVIII y primera mitad del siglo de XIX (que es el periodo de estudio de este trabajo) estaba cambiando, y esos cambios provocaban trastornos y una transformación de las sociedades hacia una mayor complejidad. Los cambios no se daban por igual, ya que Inglaterra llevaba la delantera con respecto al continente. Dichos cambios eran múltiples, y abarcaban lo tecnológico, lo social, lo político, lo económico.

Los autores socialistas compenetrados con la realidad de su época, captaron las calamidades que sufrían ciertos estratos de la población, debido al cambiante entorno, e intentaron explicarlo y proponer soluciones a dichos problemas. Pero la visión de los autores socialistas chocaron contra las doctrinas clásicas preocupadas por el crecimiento y la eficiencia.

Además el distanciamiento geográfico que se reflejaba en el distanciamiento intelectual entre Inglaterra y el continente, hizo que la doctrina socialista y clásica se distanciaran aun más (aunque hubo puntos en común entre ambas, como la noción de plusvalía o surplus), ya que mientras en el continente profesaban el colectivismo, el racionalismo, el estatismo y las ideas de Condorcet y otros sobre la historia, en Inglaterra predominaba el liberalismo, el control del gobierno para impedir la restricción sobre la libertad individual, el empirismo.

Así se observa como la disciplina de la historia influyo en todos los socialistas utópicos analizados en este trabajo, el papel importante del estado para los autores propiamente socialista (recordar que a los autores socialistas y anarquistas se lo engloba bajo la denominación de autores socialista en general, o tan solo autores socialistas), pero no para los anarquistas que lo identificaban como opresor, y el colectivismo que influyo en todos los autores socialistas y anarquistas del continente (rechazando de paso al individualismo).

Luego podemos suponer que la percepción de la realidad difiere de un estrato de la población a otro; ya sea por hábitos, creencias y experiencias diferentes, como la distinta posibilidad de una educación adecuada y distintas condiciones para una elaboración intelectual. Teniendo en cuenta este supuesto, se puede concluir que las ideas y propuestas de Owen, tan diferentes a las que imperaban en su época y lugar, es decir en Inglaterra de principios del siglo XIX, se debe a que Owen nació y creció en un estrato de la población diferente de la que surgían dichas ideas y doctrinas, por lo que se marca así otra causa que influyo a dar forma al pensamiento socialista y de la diferencia entre esta con la doctrina clásica.

Con todo lo anterior se intento explicar que el pensamiento socialista en general fue fruto de la época en que surgió y que las causas de las diferencias con la doctrina clásica fueron por las distintas características que rodearon a los autores de ambas doctrinas. Sin embargo ambos intentaron explicar aspectos de una misma realidad, cada vez más compleja y amplia, proponiendo líneas determinadas de acción para modificarla.

El pensamiento socialista analizado en este trabajo sigue siendo actual, ya que fue la piedra inicial sobre la que se construyo el socialismo actual (como la corriente marxista y la corriente de la socialdemocracia), y de ella se derivan diferentes maneras de ver al mundo y formas de hacer política.

Bibliografía

Dennis, Henri; "Historia del pensamiento económico", Ed. Ariel, Barcelona, 1973.

Ekelund, Robert B. & Herbert, Robert F.; "Historia de la teoría económica y de su método", Ed. Mc Graw Hill, 1991.

Fergusson, John M.; "Historia de la economía", México, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1958.

Giner, Salvador; "Historia del pensamiento social", Ed. Ariel, 1975.

James, Emile; "Historia del pensamiento económico", Ed. Aguilar, Madrid, 1974.

Macionis, John J. & Plumer, Ken; "Sociología", Ed. Prentice Hall, Madrid, 1999.

Terminado el jueves 14 de agosto del 2003.

Fecha de entrega de primera versión en 19 de agosto de 2003.
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19.8.09

Historia de la Sociología

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Las negrillas, supresión del índice y fotografías y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.
Notamos que se omite a Federico Engels, siendo uno de los más significativos sociólogos.

Tomado de:
wikipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_Sociolog%C3%ADa

La Sociología es una ciencia social relativamente nueva, que apareció a mediados del siglo XIX.

Fue Auguste Comte quién acuñó el término en 1838 en su Curso de Filosofía positiva.

Pero no fue hasta mediados del siglo XIX que se consolidó con una ciencia autónoma.

A partir de mediados del siglo XX ya se puede hablar de varias escuelas o corrientes más o menos dominantes.

En la actualidad existe una gran diversidad de autores y perspectivas que enriquecen a la sociología, así como esfuerzos para integrar las diversas corrientes.

Prehistoria de la sociología y precursores

Si bien Auguste Comte es llamado "padre de la sociología", los estudios de carácter sociológico se habían desarrollado mucho antes de que Comte acuñara el término o incluso de que se delimitara su propio campo de estudio.

Durante muchos siglos pensadores de muchas partes del mundo intentaron dar explicaciones acerca del funcionamiento de la sociedad.

Por ejemplo,

Heródoto en el siglo V a. C. se interesó en civilización Egipcia;

Ibn Jaldún(llamado así el primer sociologo) hizo lo mismo pero describiendo a las sociedades del Magreb, teorías sobre la sociedad y acuñó el termino 'Ilm al Umran' para denominar a la ciencia de la sociedad.


Durante la Ilustración lo social y las actividades del hombre cobran gran interés.

Escritores como Voltaire, Montesquieu, Giambattista Vico y otros se interesan por analizar las instituciones sociales y políticas europeas.

También surge una corriente conservadora, critica de muchas de las premisas de la Ilustración, muy interesada en saber las razones de los cambios y estabilidad existentes en la sociedad tales como Joseph de Maistre y Edmund Burke.

La voluntad de crear una "física social", es decir un conocimiento indiscutible de la sociedad de la misma forma que la Física, apareció con el positivismo del siglo XIX.

El primero en defender una teoría e investigación científica de los fenómenos sociales fue Henri de Saint-Simon (1760-1825) a mediados del siglo XIX.

Auguste Comte, quien fue secretario de Saint-Simon entre 1817 y 1823, desarrolló sus teorías sociológicas bajo la premisas del positivismo. Influido por éste, Comte desarrolló un concepto de sociología en donde la consideraba un pilar para el progreso humano.

También se le reconoce como a uno de los precursores de la sociología a Alexis de Tocqueville (1805-1859), por sus estudios sobre la revolución francesa y sobre los Estados Unidos.

Analizó a las sociedades en general e hizo una comparación entre las sociedades americanas y las sociedades europeas. La Ciudad Morena y sus fiestas patronales influyeron en la sociologia

La Sociología Clásica y la institucionalización francesa y alemana

Karl Marx

La sociología nace en plena revolución industrial; los clásicos de la sociología retoman muchos elementos de esas transformaciones, preocupándose por preguntarse sobre los efectos positivos y ante todo negativos de una sociedad en plena modernización.

La sociología continuó con un desarrollo intenso y regular a finales y en los albores del siglo XX.

Émile Durkheim, quien se inspiró en algunas teorías de Auguste Comte para renovar la sociología, quería en particular "estudiar los hechos sociales como si fueran cosas".

Uno de los retos de la sociología era desarrollarse como una ciencia autónoma.

Durkheim, retomando algunas de las preocupaciones de Comte buscó distinguir a la sociología de la filosofía por un lado (cuestión que Comte no había hecho) y de la psicología por el otro.

Él postuló las bases de una metodología científica para la sociología, en particular en la obra "Las reglas del método sociológico" (1895), y en "La división del trabajo social" (1893), libro que además es su tesis.

Su método reposa esencialmente en la comparación de estadísticas y características cuantitativas, buscando liberarse de todo subjetivismo ligado a toda interpretación cualitativa, y a desembarazarse de todos los prejuicios morales o moralizadores a priori para comprender los hechos sociales como en su obra: "El Suicidio".

El primer departamento europeo de sociología fue fundando en 1895 en la Universidad de Bordeaux por Emile Durkheim.

Karl Marx es otro pensador que ha tenido una profunda influencia en el pensamiento social y la crítica del siglo XIX. Si bien es un autor inclasificable por lo profundo de su obra, ha dotado de todo un enfoque trascendental para la sociología. Marx influyó en la sociología otorgádole conceptos como el de clase social e ideología, así mismo conceptualizó a la sociedad como una esfera de conflicto en donde las relaciones sociales estaban orientadas por la dominación de unos sobre otros. Son notables sus estudios sobre la dominación capitalista a mediados del siglo XIX.

Max Weber, contemporáneo de Durkheim, tomó un camino diferente. Empleó la Ciencia política, la Economía política, la Filosofía de la cultura y del derecho, los estudios religiosos que son, según él, todo como la sociología, las "ciencias de la cultura".

Según toda una tradición de la filosofía alemana (sobre todo Wilhelm Dilthey), estas ciencias son diferentes de las ciencias naturales ya que tienen su propio método. Ellas proponen una comprensión de los fenómenos colectivos antes que la búsqueda de leyes (es el método comprensivo). Su trabajo fue notable al desarrollar una idea de la Acción social y de los tipos de racionalidad, los tìpos de autoridad y de la legitimidad en el contexto de las transfomaciones capitalistas del mundo occidental pero sin dejar de lado las reflexiones sobre otras culturas.

Menos conocido pero de gran aporte para diversas corrientes contemporáneas es Georg Simmel. Simmel desarrolló el concepto de interacción social y algunos pequeños estudios clásicos sobre la moda, el dinero y el papel del extraño en la relación social.

En 1919 fue fundando un departamento en Alemania en la Universidad de Munich por Max Weber con la colaboración de George Simmel y Tonnies.

Institucionalización de la Sociología en Estados Unidos

A partir de la llegada del pensamiento social evolucionista a Estados Unidos, llegó de manera importante la influencia de Herbert Spencer y de Georg Simmel. Fruto de esta influencia surgieron dos corrientes. Por un lado, el efímero darwinismo social principalmente desarrollado por Lester Ward.

Por otro, surgió la Escuela de Chicago, más que una escuela todo un enfoque relacionado con los estudios urbanos, interaccionistas (influencia de Simmel)y centrados en el sujeto social.

Teoría sociólogica antes y después de la Segunda Guerra Mundial

La Sociología Norteamericana
Parsons, Merton
El Interaccionismo simbólico
La Teoría crítica y la Escuela de Frankfurt
El funcionalismo y el estructuralismo


La comunidad internacional

La cooperación internacional en sociología comenzo en 1893 cuando Rene Worms fundó el pequeño Instituto Internacional de Sociología, eclipsado luego por la Asociación Internacional de Sociología, fundanda en 1949.
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16.5.08

Cronología de la Sociología: 1600´s

En inglés.

A Sociology Timeline from 1600
by Ed Stephan

1620 Apr 24: John GRAUNT born London

1623 May 26: William PETTY born Hampshire

1632 Aug 29: John LOCKE born Wrington, Somerset

1632 Nov 24: Benedict (or Baruch) SPINOZA born Amsterdam

1642: Thomas HOBBES: De Cive, Aubrey's 'Life'

1651: Thomas HOBBES:Leviathan

1662: John GRAUNT: Observations on the Bills of Mortality

1668 Jun 23: Giambattista VICO born Naples

1670: SPINOZA: A Theologico-Political Treatise

1670 Bernard MANDEVILLE born Dordrecht, Holland

1671: SHAFTESBURY (Anthony Ashley Cooper, 3rd Earl) born

1674 Apr 18: John GRAUNT died

1676: William PETTY: Political Arithmetick

1677 Feb 21: Baruch SPINOZA died

1677: SPINOZA: Ethics

1677 SPINOZA: On the Improvement of the Understanding

1679 Dec 4: Thomas HOBBES died

1682: William PETTY: (Another) Essay on Political Arithmetick

1683: William PETTY: Observations on the Dublin Bills of Mortality

1685 Mar: George BERKELEY born Dublin

1687 Dec 16: William PETTY died

1689 Jan 18: Charles de Secondat, Baron de MONTESQUIEU born Château La Brède, near Bordeaux

1690: John LOCKE: Essay Concerning Human Understanding

1690: John LOCKE: Second Treatise on Government

1694: Francis HUTCHESON born

3.5.08

Historia del Primero de Mayo

La Historia del 1º de Mayo

Tomado de:

http://www.ugt.es/ugtpordentro/historia1demayo.htm

Presentación
Introducción
Aquellos días interminables
Diez horas legales
Ley Federal de las ocho horas
Crisis y Cesantía
La gran huelga ferroviaria
Nace la AFL
Demanda única y sostenida
1º de mayo de 1886
Desenlace sangriento
Los hechos
El proceso
Hablan los sentenciados
La Ejecución
Epílogo

PRESENTACION

El 1º de mayo, representa una fecha emblemática para los trabajadores, se conmemora el Aniversario de las manifestaciones legales en democracia, después de la larga noche de la dictadura franquista.

En 1978 los trabajadores participaron masivamente en la manifestación del 1º de mayo reivindicando el pleno ejercicio de las libertades y la consolidación de la Democracia, en concreto el pleno ejercicio de la Libertad Sindical a través de la promulgación de un Estatuto de los Trabajadores, la devolución del Patrimonio Sindical, la regulación de las Secciones Sindicales en las empresas, la Regulación de la Negociación Colectiva y el Derecho de Huelga. Además, reivindicaban medidas eficaces contra el paro y contra la subida escandalosa de los precios.

Con este motivo, y como homenaje a los Mártires de Chicago, la Fundación Francisco Largo Caballero, que tiene como uno de sus objetivos la recuperación de la “Memoria Histórica”, ha seleccionado de su hemeroteca este dossier de la revista “Los Mineros”, que explica el establecimiento del 1º de Mayo en todos los países, en el año 1890, por acuerdo del Congreso Internacional Obrero Socialista, celebrado el año anterior en París, al que acudió Pablo Iglesias.

En aquella época las condiciones de vida de los trabajadores en Europa y los EE.UU. no podían ser peores: la jornada laboral llegaba hasta las 16 horas (para muchos miles de hombres y mujeres la jornada se iniciaba a las 4 de la madrugada y terminaba a las 8 de la noche); el salario era escaso y sólo permitía ir malviviendo mientras había un puesto de trabajo en la Industria.

En caso de cierre de la empresa, el destino para las familias obreras era el paro o la emigración. Sus hijos trabajaban desde los 6 años, y las mujeres de noche para completar el salario familiar
.

La miseria y la explotación eran un lugar común entre las clases trabajadoras, así como la represión policial. No es extraño, por lo tanto, que los obreros intentaran terminar con esta situación a partir de la década de 1880.

El documento que presentamos es un texto de divulgación para conocimiento de los trabajadores y sobre todo de los jóvenes, que desgraciadamente no encuentran en los libros de texto esta información, de lo que ocurrió en aquél entonces por defender las reivindicaciones obreras concretadas en la conquista de las 8 horas.

FUNDACIÓN
Francisco Largo Caballero

INTRODUCCIÓN

El 1° de mayo de 1886 la huelga por la jornada de ocho horas estalló de costa a costa de los Estados Unidos. Más de cinco mil fábricas fueron paralizadas y 340.000 obreros salieron a calles y plazas a manifestar su exigencia.

En Chicago los sucesos tomaron rápidamente un sesgo violento, que culminó en la masacre de la plaza Haymarket (4 de mayo) y en el posterior juicio amañado contra los dirigentes anarquistas y socialistas de esa ciudad, cuatro de los cuales fueron ahorcados un año y medio después.

Cuando los mártires de Chicago subían al cadalso, concluía la fase más dramática de la presión de las masas asalariadas (en Europa y América) por limitar la jornada de trabajo.

Fue una lucha que duró décadas y cuya historia ha sido olvidada, ocultada o limpiada de todo contenido social, hasta el punto de transformar en algunos países el 1.° de mayo en mero “festivo” o en un día franco más. Pero sólo teniendo presente lo que ocurrió, adquiere total significación la fecha designada desde entonces como “Día Internacional de los Trabajadores”.

AQUELLOS DIAS INTERMINABLES

A mediados del siglo XIX, tanto en Europa como en Norteamérica, en las emergentes factorías industriales, se exigía a los obreros trabajar doce y hasta catorce horas diarias, durante seis días a la semana, incluso a niños y mujeres, en faenas pesadas y en un ambiente insalubre o tóxico.

Los emigrantes europeos, que llegaban entonces a los Estados Unidos en busca de un mundo mejor, cambiaron (a lo más) los resabios feudales que todavía pesaban sobre sus hombros por la voracidad desbocada de un capitalismo joven, que multiplicaba sus ganancias ampliando al máximo la jornada de trabajo. Extraños en un país desconocido, los inmigrantes crearon las primeras organizaciones de obreros agrupándose por nacionalidades, buscando primero el apoyo y la solidaridad de los que hablaban la misma lengua, constituyendo luego gremios por oficios afines (carpinteros, peleteros, costureras), y orientando su acción por las vías del mutualismo.

América era también el campo de experimentación para algunos socialistas utópicos, que crearon en los Estados Unidos colonias comunitarias, como las de Robert Dale Owen (1825), Charles Fourier y Etienne Cabet, constituidas por trabajadores emigrados.

Los obreros propiamente norteamericanos se limitaban a buscar consuelo para sus sufrimientos terrenales en las diferentes sectas religiosas existentes en el país. Fueron inmigrantes ingleses pobres los que primero diseminaron inquietudes sociales entre sus hermanos de clase, y los mismos continuaron en territorio americano la lucha ya extendida en Inglaterra por la reducción de la jornada de trabajo.

El desarrollo de la industria manufacturera, el perfeccionamiento de máquinas y herramientas, la concentración de grandes masas obreras en los Estados del Noreste, proporcionaron el terreno donde germinó la propaganda de los emigrados.

La primera huelga brotó, 60 años antes de los sucesos de Chicago, entre los carpinteros de Filadelfia, en 1827, y pronto la agitación se extendió a otros núcleos de trabajadores.

Los obreros gráficos, los vidrieros y los albañiles empezaron a demandar la reducción de la jornada de trabajo, y 15 sindicatos formaron la “Mechanics Union of Trade Associations” de Filadelfia. El ejemplo fue seguido en una docena de ciudades; por los albañiles de la isla de Manhattan; en la zona de los grandes lagos, por los molineros; también por los mecánicos y los obreros portuarios.

En 1832, los trabajadores de Boston dieron un paso adelante en sus demandas y se lanzaron a la huelga por la jornada de diez horas, agrupados en débiles organizaciones gremiales por oficios.

Pese a que el movimiento se extendió a Nueva York y Filadelfia, no tuvo éxito. Afirmó, sin embargo, el espíritu de combate de los asalariados, que siguieron presionando por sus reivindicaciones.

DIEZ HORAS LEGALES

El resultado de estas luchas, que marcan el nacimiento del sindicalismo en Estados Unidos, influyó primero en el Gobierno Federal antes que en los patrones, que expoliaban impunemente a sus trabajadores al amparo del librempresismo.

En 1840, el Presidente Martín van Buren reconoció legalmente la jornada de 10 horas para los empleados del Gobierno y también para los obreros que trabajaban en construcciones navales y en los arsenales.

En 1842, dos Estados, Massachusetts y Connecticut, adoptaron leyes que prohibían hacer trabajar a los niños más de 10 horas por día.


El mismo año, la quincallería Whtite & Co. de Buffalo (Estado de Nueva York) introdujo en sus talleres la jornada de 10 horas.

Pero la agitación obrera continuó. Desde el otro lado del mar llegaban noticias alentadoras.

Cediendo a la presión sindical, el Gobierno inglés promulgó una ley (1844) que redujo a 7 horas diarias el trabajo de los niños menores de 13 años, y limitó a 12 horas el de las mujeres.

Se esperaba lograr pronto allí la jornada de 10 horas para los adultos, hombres y mujeres.

En ese ambiente se reunió el primer Congreso Sindical Nacional de los Estados Unidos, el 12 de octubre de 1845, en Nueva York.

Se tomaron medidas concretas para coordinar la lucha de los diferentes gremios y la que se llevaba a cabo en distintas ciudades. Se planteó la creación de una organización secreta permanente para la reivindicación de los derechos del trabajador.

El Congreso Sindical de Nueva York se fijó como tarea de acción inmediata la demanda del reconocimiento legal de la jornada de 10 horas y se convocó a mítines obreros en las principales ciudades para agitar públicamente esta exigencia.

A esta etapa siguieron las huelgas, que alcanzaron excepcional amplitud en Pittsburgh, centro metalúrgico, donde 40.000 obreros mantenían una huelga de 6 semanas por la jornada de 10 horas.

Pero los patrones no cedieron, y muchos inmigrantes recién llegados se dispusieron a asumir el puesto de los huelguistas. El movimiento fracasó. En otros lugares se lograron avances concretos: New Hampshire decretó la implantación de la jornada de 10 horas y numerosas fábricas hicieron lo mismo en otros Estados.

Pero la agitación cobró nuevos impulsos al divulgarse, en 1848, la noticia de que los obreros de una sociedad colonizadora en Nueva Zelanda habían obtenido la jornada de 8 horas.

Sin embargo, no se estructuró un movimiento que respaldara esta aspiración. Las demandas se limitaron a exigir un máximo de 10 horas de trabajo por día.

Fue sólo a comienzos de 1866, una vez terminada la guerra de secesión, que renació la lucha por acortar la jornada de labor.

Otros avances se habían logrado entretanto. El Estado de Ohio adoptó la ley de 10 horas para las mujeres obreras, y los sindicatos de la construcción estaban vivamente impresionados al saber que los albañiles de Australia obtenían en esos días el reconocimiento de la jornada de 8 horas.

Por otra parte, la reducción de la jornada de trabajo, que absorbería mayor cantidad de mano de obra, se convertía en una necesidad urgente por el retorno de los soldados desmovilizados y el cierre de las fábricas que trabajaban para la guerra. Además, los inmigrantes seguían afluyendo, por centenares y centenares de miles.

Al Congreso de Estados Unidos ingresaron más de media docena de proyectos de ley que proponían legalizar la jornada de 8 horas, y la Asamblea Nacional de Trabajo, celebrada en Baltimore en agosto de 1866, con representantes de 70 organizaciones sindicales, entre ellas 12 uniones nacionales, proclamó:

“La primera y gran necesidad del presente, para liberar al trabajador de este país de la esclavitud capitalista, es la promulgación de una ley por la cual la jornada de trabajo deba componerse de ocho horas en todos los Estados de la Unión Americana. Estamos decididos a todo hasta obtener este resultado”.

El mismo congreso sindical acordó crear comités para “recomendar” la reivindicación de las 8 horas, cometiendo el error de confiar únicamente en la buena voluntad de los poderes públicos para hacer ley su iniciativa.

Mientras, en Europa, la I Internacional (creada en 1864) había acordado en su Congreso de Ginebra, en 1866, agitar mundialmente la demanda de la jornada de trabajo de 8 horas.

Los asalariados norteamericanos, en el Congreso Obrero de los Estados del Este, celebrado en Chicago en 1867, dedicaron gran parte de sus debates a las 8 horas. El hombre que impulsó las resoluciones sobre el tema fue Ira Steward, un mecánico autodidacta de Chicago, a quien daban el sobrenombre de “El maniático de las ocho horas”.

Steward sostenía que al acortarse la jornada de trabajo aumentaría la necesidad de mano de obra y que, por lo tanto, de allí surgiría el aumento de los salarios.

Escéptico de la eficacia de la acción puramente sindical, Steward, en ausencia de un partido político autónomo de la clase obrera, proponía un método usado tradicionalmente por el movimiento sindical norteamericano: ejercer presión sobre los partidos del “stablishment” y no dar sus votos más que a los candidatos que aceptaran impulsar todo o parte del programa sindical.

LEY FEDERAL DE LAS OCHO HORAS

Finalmente, los esfuerzos de la clase obrera norteamericana lograron modificar la actitud del Gobierno, ya que no la de los empresarios privados.

Siendo Presidente de los Estados Unidos Andrew Johnson, en 1868 se dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes trabajaban en obras públicas. La Ley Ingersoll, dictada el 25 de junio de 1868, establecía:

“Artículo 1.º La jornada de trabajo se fija en ocho horas para todos los jornaleros u obreros y artesanos que el Gobierno de los Estados Unidos o el Distrito de Columbia ocupen de hoy en adelante.

Sólo se permitirá trabajar como excepción más de ocho horas diarias en casos absolutamente urgentes que puedan presentarse en tiempo de guerra o cuando sea necesario proteger la propiedad o la vida humana.

Sin embargo, en tales casos el trabajo suplementario se pagará tomando como base el salario de la jornada de ocho horas. Este no podrá ser jamás inferior al salario que se paga habitualmente en la región.

Los jornaleros, obreros y artesanos ocupados por contratistas o subcontratistas de trabajos por cuenta del Gobierno de los Estados Unidos o del Distrito de Colombia serán considerados como empleados del Gobierno o del Distrito de Columbia.

Los funcionarios del Estado que deban efectuar pagos por cuenta del Gobierno a los contratistas o subcontratistas deberán cerciorarse, antes de pagar, de que los contratistas o subcontratistas hayan cumplido sus obligaciones hacia sus obreros; no obstante, el Gobierno no será responsable del salario de los obreros.

Artículo 2.º Todos los contratos que se concerten en adelante por el Gobierno de los Estados Unidos o por su cuenta (o por el Distrito de Columbia, o por su cuenta), con cualquier corporación o persona, se basarán en la jornada de ocho horas, y todo contratista que exigiere o permitiere a sus obreros trabajar más de ocho horas por día estará contraviniendo la ley, salvo los casos de fuerza mayor previstos en el artículo 1.º.

Artículo 3.º Los que contravengan a sabiendas esta prescripción serán pasibles de una multa de 50 a 1.000 dólares, o hasta de seis meses de prisión, o de ambas penas conjuntamente”.

La jornada de 8 horas pasaba así a ser obligación “legal” en los Estados Unidos para las obras públicas, así como lo era ya para los trabajos privados en Australia. Los obreros industriales, entre tanto, seguían sometidos a una jornada de 11 y 12 horas diarias a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos.


Los grandes contratistas de obras públicas en construcción se opusieron, por supuesto, a la aplicación real de la jornada federal de 8 horas.

Los patrones formaron una “Asociación de las Diez Horas”, tratando de demostrar que esa duración del tiempo de trabajo era “más provechosa para los trabajadores”.

Eran los años en que Federico Engels le escribía a Carlos Marx que “a causa de la agitación por las 8 horas se han anulado contratos por más de un millón y medio de dólares”, tomando como base una información de la prensa norteamericana.


El Estado de California se había adelantado a los demás y decretado la jornada obligatoria de 8 horas para todos los trabajadores del sector público o del sector privado, a fines de 1868.

Pero no hay evidencia de que esa progresista medida legal se haya aplicado en la práctica, así como hay fuertes dudas sobre la vigencia concreta de lo que mandaba la Ley Ingersoll para los trabajos públicos.

Un historiador del movimiento sindical norteamericano escribió: “La agitación en pro de la jornada de 8 horas, después de numerosas vicisitudes y de algunos éxitos legislativos que no fueren seguidos de aplicación práctica, no llegó a ningún resultado, y el pueblo obrero fue afectado por una profunda desilusión”.


De allí arrancó el empuje que culminaría en los sucesos de Chicago, en mayo de 1886.

CRISIS Y CESANTIA

Con el estímulo de las luchas por acortar la jornada de trabajo, las organizaciones obreras se fueron extendiendo y fortaleciendo.

En 1867, en Chicago se había creado el Partido Nacional Obrero, que planteó en su primera convención la búsqueda de un camino político independiente para la clase trabajadora.

Instaba a los obreros a evitar ser utilizados políticamente por la burguesía, pero sus llamamientos no lograron calar en la masa.

Cobró auge en cambio la “Liga por las Ocho Horas”, fundada en Boston en 1869, que levantó además una plataforma de lucha de corte socialista y proclamó la “guerra de clases a los capitalistas”.

En 1870 se fundó la organización secreta “Los Caballeros del Trabajo”, de inspiración anarquista, a la cual se atribuyeron todos los atentados cuyos autores no pudo descubrir la policía, y que sería profusamente citada en el proceso de Chicago años más tarde. Sus dirigentes asumieron con posterioridad posiciones pro-capitalistas.

En septiembre de 1871 se efectuó una gran manifestación pública por la jornada de 8 horas en Nueva York, a la que asistieron más de 20.000 trabajadores, una cifra considerable entonces. Participaron principalmente franceses y alemanes emigrados, miembros de la Internacional, y también obreros propiamente norteamericanos.

En 1872 libraron importantes combates por las 8 horas los obreros mueblistas y de otros ramos afines, que lograron satisfacción para sus demandas, pero los cabecillas fueron engañados posteriormente por los patrones, despedidos de su ocupación, y fue nuevamente prolongada la jornada de trabajo.

La organización sindical era débil aún, y fragmentada, como para poder exigir el cumplimiento de los acuerdos.

Fue brotando así la idea de una huelga general para una fecha determinada; lo que se concretaría 14 años más tarde, el 1° de mayo de 1886.

Entre tanto, en 1873, las cosas empeoraron repentinamente para los trabajadores.

La crisis que se veía venir llegó finalmente, arrojando a la cesantía a centenares de miles de obreros.

Las fábricas cerraban sus puertas y los cesantes vagaban como lobos por las calles, alimentándose de los desperdicios que encontraban en las latas de basuras.

El invierno de 1872-73 dejó un horrible saldo de muertos de hambre y frío, como no se tenía memoria en los Estados Unidos. Sólo en el Estado de Nueva York había 200.000cesantes.

El 13 de enero de 1873, la Sección Norteamericana de la Internacional convocó a un mitin de desocupados en Nueva York para demostrar al Gobierno del Estado su situación y pedir solución a su miseria.

Se exigía una ración diaria de alimentos para los cesantes, la iniciación de obras públicas para dar trabajo a los necesitados y una prórroga legal para el pago de arriendos y alquileres modestos. Se quería evitar que fueran lanzadas a la calle (y expuestas a morir de frío) las familias que no podían cubrir la renta por hallarse el padre o el esposo sin trabajo.

La manifestación conmovió a la ciudad y, en bullicioso desfile, los cesantes se dirigieron al Ayuntamiento para hacer presentes sus demandas. Cuando llegaban allí, fueron atacados por una horda de polizontes, que apareció de improviso, apaleando y sableando a todo el mundo, incluso mujeres y niños. Centenares de heridos y contusionados quedaron sobre los adoquines de la zona céntrica de Nueva York, y otros centenares de pobres fueron detenidos y puestos a disposición de los tribunales “por resistir órdenes de la policía”.

La gran prensa ventiló falsedades e injurias sobre las heridas y el hambre de los cesantes tan ferozmente reprimidos.

“Era un mitin público de ladrones ociosos”, dijo un diario de Nueva York.

“Hay que prepararles comidas envenenadas si quieren comer a costa del Gobierno”, escribió otro en Chicago. Los editoriales llamaron a eliminar “la peste de miserables” que asolaba la ciudad
.

Paralelamente, la exigencia de las 8 horas de trabajo se hacía cada vez más fuerte, presentada incluso como una forma de aumentar la floja demanda de mano de obra.

“Los Caballeros del Trabajo”, en un programa hecho público en 1874, declaraban que se esforzarían por obtener las 8 horas, “negándose a trabajar jornadas más largas, incluso a través de una huelga general”. En una larga lista de reformas y reivindicaciones, proclamaban su propósito de “obtener la reducción gradual de la jornada de trabajo a 8 horas por día, a fin de gozar en alguna medida de los beneficios de la adopción de máquinas en reemplazo de la mano de obra”.

LA GRAN HUELGA FERROVIARIA

Ese mismo año (1874), el Estado de Massachusetts decretaba la jornada máxima de 10 horas para mujeres y niños, mientras la agitación prendía ahora entre los ferroviarios, que no tardaron en lanzar una huelga de grandes proporciones.

En junio de 1877, los dueños de los ferrocarriles comunicaron a los trabajadores que sus salarios serían reducidos en un 10%, porque las empresas “estaban perdiendo dinero” con motivo de la crisis. Esta fue la gota que colmó el vaso.

Desde 1873, el salario de los trabajadores había disminuido ya en un 25% para salvar las ganancias de los propietarios.

La huelga estalló en Pittsburgh y en menos de 2 semanas se había extendido a 17 Estados.

Era el movimiento más vasto que hasta entonces enfrentara el gran capital norteamericano
.

Los magnates ferroviarios consiguieron que el Gobierno movilizara al Ejército contra los huelguistas, que habían incorporado entre tanto la demanda de una jornada laboral de 8 horas, y no tardaron en producirse enfrentamientos violentos entre obreros y soldados.

En Maryland quedaron 10 obreros muertos después de un choque frontal con las tropas.

En Pittsburgh, los trabajadores corrieron a pedradas a los militares, para luego asaltar la maestranza del ferrocarril local, donde destruyeron 120 locomotoras e incendiaron 1.600 vagones.

En Reading, los obreros desarmaron a una compañía de soldados y confraternizaban con ellos cuando fueron atacados por tropas de refuerzo, que aparecieron imprevistamente. Entonces, algunos militares fueron muertos y hubo numerosas víctimas entre los obreros.

En Saint Louis la huelga abarcó a todos los oficios y los trabajadores se apoderaron de la ciudad. Fue cortado el tránsito por los puentes que cruzan el Mississippi, y durante 8 días los sindicatos administraron tiendas y fábricas y dictaron sus propias leyes. Finalmente, fueron sangrientamente reprimidos.

La lucha de clases se hizo tan violenta que la burguesía organizó grupos civiles armados para proteger sus riquezas. La prensa “de orden” exaltaba diariamente a pertrecharse y a extender las bandas armadas antiobreras. Se formaron así verdaderas milicias privadas, cuando no grupos de matones y hasta empresas de rompehuelgas, con sucursales en los centros industriales más importantes, al servicio de los propietarios.

La más famosa de estas organizaciones, que alcanzaría triste renombre en los sucesos de Chicago, fue la de los hermanos Pinkerton, que había reclutado algunos cientos de scabs (“amarillos”), que enviaban a quebrar huelgas allí donde la presión obrera se hacía sentir en demanda de la jornada de 8 horas. Los Pinkerton, además, proporcionaban bandas armadas, espías, provocadores y hasta asesinos a sueldo.

Algunas autoridades hacían caso omiso de la existencia de estas organizaciones criminales e incluso borraban los antecedentes penales de sus integrantes, a condición de que mostraran ferocidad en su cometido, disolviendo mítines obreros, delatando a los dirigentes o agrediéndolos.

NACE LA AFL

Pese a la ofensiva en su contra, el movimiento obrero norteamericano siguió fortaleciéndose.

En 1881 se constituyó en Pittsburgh la American Federation of Labor (AFL), Federación Norteamericana del Trabajo, que exigió en su primer congreso un más riguroso cumplimiento de la jornada de 8 horas para los que trabajaban en obras públicas.

En su segundo congreso, celebrado en Cleveland en 1882, la AFL aprobó una declaración, presentada por los delegados de Chicago, para que se extendiera el beneficio de las 8 horas a todos los trabajadores, sin distinción de oficio, sexo o edad:

“Como representantes de los trabajadores organizados, declaramos que la jornada de trabajo de ocho horas permitirá dar más trabajo por salarios aumentados. Declaramos que permitirá la posesión y el goce de más bienes por aquellos que los crean. Esta ley aligerará el problema social, dando trabajo a los desocupados. Disminuirá el poder del rico sobre el pobre, no porque el rico se empobrezca, sino porque el pobre se enriquecerá. Creará las condiciones necesarias para la educación y mejoramiento intelectual de las masas. Disminuirá el crimen y el alcoholismo... Aumentará las necesidades, alentará la ambición y disminuirá la negligencia de los obreros. Estimulará la producción y aumentará el consumo de bienes por las masas. Hará necesario el empleo cada vez mayor de máquinas para economizar la fuerza de trabajo... Disminuirá la pobreza y aumentará el bienestar de todos los asalariados”.

El tercer congreso de la AFL (1883) acordó solicitar al Presidente de los Estados Unidos que impulsara la ley de las 8 horas, y además envió una nota a los comités nacionales de los Partidos Republicano y Demócrata, para que definieran sus respectivas posiciones sobre la jornada de 8 horas y otras reivindicaciones de los trabajadores.

Los preparativos de la huelga general del 1° de mayo de 1886 habían empezado a gestarse dos años antes, en noviembre de 1884, cuando se reunió en Chicago el IV Congreso de la AFL (La AFL se llamaba entonces Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de los EE.UU. y Canadá).

En el IV Congreso se pudo constatar, desde la primera sesión plenaria, el cambio producido en el espíritu de los dirigentes sindicales. Las dilaciones y negativas con que contestaron a sus demandas los partidos políticos los empujaron a buscar nuevas formas de acción, basadas en sus propias fuerzas. Su decisión se fortaleció por la experiencia internacional conquistada por la clase obrera en aquellos años y, sobre todo, por la del movimiento sindicalista inglés.

DEMANDA UNICA Y SOSTENIDA

Uno de los autores de la proposición que meses más tarde sacudiría a los Estados Unidos, Frank K. Foster, afirmó ante sus compañeros: “Una demanda concertada y sostenida por una organización completa producirá más efecto que la promulgación de millares de leyes, cuya vigencia dependerá siempre del humor de los políticos... El espíritu de organización está en el aire, pero el costo que hemos pagado por nuestra inexperiencia, el sectarismo y la falta de espíritu práctico representan todavía grandes obstáculos para lanzar una huelga general”.

Otros delegados al Congreso pusieron en evidencia que los únicos resultados realmente serios en cuanto a las 8 horas se habían logrado fuera de toda legislación, por acuerdos directos con los empresarios bajo la presión de la movilización sindical.

En el curso de sus intervenciones, Foster sugería que todos los sindicatos manifestaran su voluntad unánime, apoyados por la organización entera, haciendo una huelga general por la jornada de 8 horas.

Gabriel Edmonston, que compartía ese punto de vista, hizo entonces una proposición práctica: a partir del 1° de mayo de 1886 se obligaría a los industriales a respetar sin más la jornada de 8 horas.

Donde los patrones se negaran, se declararía la huelga de inmediato. En el plazo previo a la fecha fijada, se llevaría la consigna por todo el país y la prensa obrera agitaría esa demanda básica de los asalariados.

El 1° de mayo de 1886 debería estar todo listo para una gran huelga general de costa a costa.

Foster y Edmonston fueron, pues, los autores de aquella proposición, cuyos alcances históricos muy pocos intuyeron entonces.

Para los historiadores, un punto no está claro: ¿por qué se eligió precisamente el 1° de mayo como la fecha en que debería estallar la huelga general en todos los Estados Unidos?.

La explicación más atendible es la que recuerda que por ese entonces el 1° de mayo era la fecha en que debían renovarse los contratos colectivos de trabajo, así como otras obligaciones generales, los arriendos de tierras y convenciones similares.

Era el “moving-day” (día de mudanza) norteamericano, equivalente a los compromisos de trabajo que se iniciaban el día de San Juan en el Sur de Francia por esos años, o en Navidad en otras regiones de Europa, o en el día de San Martín.

Además, el año designado (1886) daba el tiempo suficiente para que los patrones fueran advertidos y conocieran las demandas y las consecuencias de su negativa, sin poder pretextar después la sorpresa de la petición como factor para rechazarla.

La proposición de Gabriel Edmonston (aprobada por el Congreso) decía:

“La Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de los Estados Unidos y Canadá ha resuelto que la duración de la jornada de trabajo, desde el 1º de mayo de 1886, será de 8 horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de todo el país hacer respetar esta resolución a partir de la fecha convenida”.

Gracias a una intensa propaganda, pronto la resolución de Chicago echó firmes raíces en el seno de la clase obrera.

El Congreso de “Los Caballeros del Trabajo”, reunido en la ciudad de Hamilton, también decidió auspiciar la agitación por la huelga general hasta la obtención de las 8 horas. En todo el país se crearon grupos locales, especialmente encargados de la preparación del movimiento, que organizaron mítines y manifestaciones, repartieron folletos y periódicos, promovieron huelgas parciales, asambleas, conferencias, recolección de firmas y otras actividades de agitación.

En California y toda la costa Oeste de los Estados Unidos, la Federación de Carpinteros tomó en 1885 la iniciativa del movimiento por la reducción de la jornada de trabajo, mientras la AFL, en su Congreso de Washington (diciembre de 1885), renovó la decisión de Chicago. El sindicato de obreros mueblistas propuso que en cada ciudad se organizara un frente único de todas las organizaciones gremiales, para que presentaran a los patrones el contrato-tipo preparado por la asesoría legal de la AFL, y que debía entrar en vigencia el 1° de mayo de 1886. Así se acordó.

A medida que la fecha fijada se acercaba, las organizaciones sindicales trabajaban animosamente. El número de sus adherentes se había triplicado en esos meses. En Chicago, el “Comité por las 8 Horas” puso en guardia contra las huelgas parciales o mal organizadas, que podrían tener como consecuencia lock-outs y que “pueden hacer abortar el movimiento”. La Cámara Sindical de los carpinteros y ebanistas de la misma ciudad advirtió a los patrones, por carta certificada, que el 1° de mayo debía iniciarse la “jornada normal” y comprometió a sus miembros a detener absolutamente el trabajo en los talleres en que no se aplicasen las 8 horas.

Pese a las orientaciones de los dirigentes, que trataban de contener los movimientos parciales para lanzarlos al unísono cuando llegara mayo, en abril de 1886 la presión de las masas derivó en innumerables huelgas en diversas ciudades del país.

En los Estados de Ohio, Illinois, Michigan, Pennsylvania y Maryland la marea se hizo incontenible. El Presidente Grover Cleveland llevó la cuestión obrera al Congreso, donde no vaciló en afirmar:

“Las condiciones presentes de las relaciones entre el capital y el trabajo son, en verdad, muy poco satisfactorias, y esto en gran medida por las ávidas e inconsideradas exacciones de los empleadores”.

Ante la pujanza del movimiento sindical, ciertas empresas no pudieron esperar la fecha fijada para conceder las 8 horas sin disminuir los salarios. Más de 30.000 obreros se beneficiaron ya en el mes de abril, principalmente los mineros de Virginia.

1º DE MAYO DE 1886

Por fin, la fecha tan esperada llegó. La orden del día, uniforme para todo el movimiento sindical era precisa: ¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!.

Simultáneamente se declararon 5.000 huelgas y 340.000 huelguistas dejaron las fábricas, para ganar las calles y allí vocear su demandas
.

En Nueva York, los obreros fabricantes de pianos, los ebanistas, los barnizadores y los obreros de la construcción conquistaron las 8 horas sobre la base del mismo salario. Los panaderos y cerveceros obtuvieron la jornada de 10 horas con aumento de salario. En Pittsburgh, el éxito fue casi completo. En Baltimore, tres federaciones ganaron las 8 horas: los ebanistas, los peleteros y los obreros en pianos-órganos. En Chicago, 8 horas sin disminuir sus salarios: embaladores, carpinteros, cortadores, obreros de la construcción, tipógrafos, mecánicos, herreros y empleados de farmacia; 10 horas con aumento de salario: carniceros, panaderos, cerveceros. En Newark, los sombrereros, cigarreros, obreros en máquinas de coser Singer, obtuvieron las anheladas 8 horas. En Boston, los obreros de la construcción. En Louisville, los obreros del tabaco. En Saint Louis, los mueblistas, y en Washington, los pintores... En total, 125.000 obreros conquistaron la jornada de 8 horas el mismo 1° de mayo. A fin de mes serían 200.000, y antes que terminara el año, un millón. No era la victoria absoluta; pero se había obtenido un resultado importante, por sobre, incluso, de algunas fallas en el movimiento obrero. “Jamás en este país ha habido un levantamiento tan general de las masas industriales” (expresaba un informe de la AFL) “El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millares de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando muchos, hasta ahora, habían permanecido indiferentes a la acción sindical”.

En Chicago, los sucesos tomaron un giro particularmente conflictivo.

Los trabajadores de esa ciudad vivían en peores condiciones que los de otros Estados. Muchos debían trabajar todavía 13 y 14 horas diarias; partían al trabajo a las 4 de la mañana y regresaban a las 7 u 8 de la noche, o incluso más tarde, de manera que “jamás veían a sus mujeres y sus hijos a la luz del día”.

Unos se acostaban en corredores y desvanes; otros, en inmundas construcciones semiderruidas, donde se hacinaban numerosas familias. Muchos no tenían ni siquiera alojamiento. Por otra parte, la generalidad de los empleadores tenía una mentalidad de caníbales. Sus periódicos escribían que el trabajador debía dejar al lado su “orgullo” y aceptar ser tratado como “máquina humana”.

El “Chicago Tribune” osó decir:

“El plomo es la mejor alimentación para los huelguistas... La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social. Es de esperar que su uso se extienda”.


No era extraño que en ese cuadro Chicago fuese el centro más activo de la agitación revolucionaria en los Estados Unidos y cuartel general del movimiento anarquista en América. Dos organizaciones dirigían la huelga por las 8 horas en Chicago y todo el Estado de Illinois: la Asociación de Trabajadores y Artesanos y la Unión Obrera Central, pero eran sus exaltados periódicos obreros los polos en torno a los cuales giraba la acción reivindicativa.

Uno de estos periódicos era escrito en alemán, el “Arbeiter Zeitung”, que aparecía tres veces a la semana, dirigido por August Spies, de orientación anarquista, y otro, “The Alarm”, en inglés, dirigido por el socialista Albert Parsons.

Junto a ellos, un brillante grupo de agitadores, periodistas y oradores de verbo encendido insuflaba el ímpetu peculiar que caracterizaba la lucha obrera en ese Estado.

La mayoría de ellos pasaría a la Historia como los “Mártires de Chicago”: Fielden, Schwab, Fischer, Engel, Lingg, Neebe.

DESENLACE SANGRIENTO

Pese a los éxitos parciales de algunos sindicatos, la huelga en Chicago continuaba. Una sola usina seguía echando su humo negro sobre la región: la fábrica de maquinaria agrícola McCormik, al Norte de Chicago.

El fundador de la usina, Cyrus McCormik, había muerto poco antes y dejado en el testamento una suma considerable de dinero para levantar una iglesia. Pero su heredero resolvió construir el templo sacando los fondos de un descuento obligatorio a sus obreros, que lo rechazaron. El 16 de febrero de 1886 estalló la huelga. Entonces, McCormik hijo contrató cientos de rompehuelgas a través de los hermanos Pinkerton y desalojaron en medio día la fábrica, que estaba ocupada por los trabajadores.

Cuando estalló la huelga general del 1° de mayo, McCormik seguía funcionando con el trabajo de los rompehuelgas, y no tardaron en producirse choques entre los restantes trabajadores de la ciudad y los “amarillos”.

El ambiente ya estaba caldeado, porque la policía había disuelto violentamente un mitin de 50.000 huelguistas en el centro de Chicago, el 2 de mayo.

El día 3 se hizo una nueva manifestación, esta vez frente a la fábrica McCormik, organizada por la Unión de los Trabajadores de la Madera.

Estaba en la tribuna el anarquista August Spies, cuando sonó la campana anunciando la salida de un turno de rompehuelgas. Sentirla y lanzarse los manifestantes sobre los “scabs” (amarillos) fue todo uno. Injurias y pedradas volaban hacia los traidores, cuando una compañía de policías cayó sobre la muchedumbre desarmada y, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre ella. 6 muertos y varias decenas de heridos fue el saldo de la acción policial.

Enardecido por la matanza, Fischer voló a la Redacción del “Arbeiter Zeitung”, donde escribió una vibrante proclama, con la cual se imprimieron 25.000 octavillas y que sería luego pieza principal de la acusación en el proceso que terminó con su ahorcamiento. Decía:

“Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.

Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.

Es la necesidad lo que nos hace gritar: “¡A las armas!”.

Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden...

¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!

¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!”.


La proclama terminaba convocando a una gran concentración de protesta para el 4 de mayo, a las cuatro de la tarde, en la plaza Haymarket, y concluía con las palabras:

“¡Trabajadores, concurrid armados y manifestaos con toda vuestra fuerza!”.

Esta frase (y aquella que decía “¡A las armas!”) fueron tachadas por Spies, director de la imprenta, y él mismo vigiló especialmente que no la incluyeran los tipógrafos. Sin embargo, cuando posteriormente la Policía se incautó de los originales, convirtió esa frase no publicada en el núcleo central de la acusación.

En Haymarket se reunieron unas 15.000 personas. La mayoría de los que posteriormente serían los mártires de Chicago se hallaba a esa hora en la Redacción del “Arbeiter Zeitung”. Parsons estaba con su mujer y dos hijos; lo acompañaba una obrera con la que iban a discutir la organización de las costureras. Fielden y Schwab también estaban allí. Schwab abandonó la reunión para asistir a un mitin en Deering. Cuando discutían sobre la incorporación de las costureras a la lucha por las 8 horas, mujeres particularmente explotadas que entonces trabajaban sobre 15 horas diarias, un obrero se presentó diciendo que en la concentración faltaban oradores en inglés. Todos dejaron el local del periódico y fueron allí, donde Spies ocupaba la tribuna. Le sucedió Parsons, que habló por espacio de una hora. Luego, Fielden. Los discursos eran moderados y la muchedumbre se comportaba con tranquilidad, pese a la gravedad de la masacre del día anterior frente a McCormik.

El alcalde de Chicago, Carter H. Harrison, que presenciaba el mitin para pulsar el ambiente, se fue a casa al concluir de hablar Parsons, dándole órdenes al capitán de Policía Bonfield, a cargo de la tropa, de que la retirara. Empezaba a llover, como culminación de un día helado y húmedo. Fielden estaba aún en la tribuna y la gente comenzaba a dispersarse. Algunos obreros se dirigieron incluso al Zept Hall, cervecería que quedaba en las proximidades, para seguir a través de sus ventanas la manifestación.

En la plaza, la muchedumbre ya estaba reducida a unos pocos miles cuando 180 policías avanzaron de pronto sobre los manifestantes con los capitanes Bonfield y Ward al frente, quienes ordenaron terminar el mitin de inmediato y a sus hombres tomar posiciones de disparar. Ya se alzaban los fusiles cuando, desde el montón informe de los manifestantes, se vio salir un objeto humeante del tamaño de una naranja, que cayó entre dos filas de los policías, levantando un poderoso estruendo y arrojando por tierra a todos los que se encontraban cerca. Sesenta policías quedaron heridos de inmediato y uno muerto, en medio de tremenda confusión. Fue la señal para que se desatara un pánico loco y una carnicería más terrible que la de la víspera. Rehechos en sus filas y apoyados por refuerzos, los policías cargaron salvajemente sobre la multitud, disparando y golpeando a diestra y siniestra. El balance dejó un total de 38 obreros muertos y 115 heridos. Otros 6 policías alcanzados por la bomba murieron en el hospital.

Esa misma noche, Chicago fue puesto en estado de sitio, se estableció el toque de queda y la tropa ocupó militarmente los barrios obreros. Al día siguiente, la nación estaba conmocionada por los sucesos y la gran prensa no reparó en nada para calumniar a radicales, anarquistas, socialistas y trabajadores extranjeros, sobre todo a los alemanes. El 5 de mayo, “The New York Times” daba por hecho que los anarquistas eran los culpables del lanzamiento de la bomba. La policía, al mando del capitán Michael Schaack, realizó una batida contra 50 supuestos “nidos” de anarquistas y socialistas y detuvo e interrogó de manera brutal a unas 300 personas.

El jefe de Policía Ebersold, hablando tres años más tarde sobre aquellos hechos, decía: “Schaack quería mantener la tensión. Deseaba encontrar bombas por todos lados... Y hay algo que no sabe el público. Una vez desarticuladas las células anarquistas, Schaack quiso que se organizasen de inmediato nuevos grupos... No quería que la "conspiración" pasase; deseaba seguir siendo importante a los ojos del público”.

La policía estaba más interesada en conseguir pruebas en contra de los detenidos que en localizar al que había arrojado la bomba. Se ofreció dinero y trabajo a cuantos se ofrecieron a testificar a favor del Estado.

Los locales sindicales, los diarios obreros y los domicilios de los dirigentes fueron allanados, salvajemente golpeados ellos y sus familiares, destruidos sus bibliotecas y enseres, escarnecidos y, finalmente, acusados en falso de ser ellos quienes habían confeccionado, transportado hasta la plaza de Haymarket y arrojado la bomba que desencadenó la feroz matanza. Ninguno de los cargos pudo ser probado, pero todo el poder del gran capital, su prensa y su justicia, se volcaron para aplicar una sanción ejemplar a quienes dirigían la agitación por la jornada de 8 horas.

Spies, Parsons, Fielden, Fischer, Engel, Schwab, Lingg y Neebe pagaron con sus vidas, o la cárcel, el crimen de tratar de poner un límite horario a la explotación del trabajo humano.

El 11 de noviembre de 1887, un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas, fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los dirigentes anarquistas y socialistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Otro de ellos, Louis Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Samuel Fielden y Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos forzados.

El proceso había estremecido a Norteamérica y la injusta condena (sin probárseles ningún cargo) conmovió al mundo. Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación no pudo contenerse, y hubo manifestaciones en contra del capitalismo y de sus jueces en las principales ciudades del mundo.

De allí empezó a celebrarse cada 1° de mayo el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas y no su aberrante epílogo.

Pero fue el sacrificio de los héroes de Chicago el que grabó a fuego en la conciencia obrera aquella fecha inolvidable.

LOS HECHOS

Luego del enfrentamiento de huelguistas y esquiroles frente a la fábrica McCormik, la tarde del 3 de mayo de 1886 se reunió en Chicago el grupo socialista de trabajadores alemanes “Lehr und Wehr Verein” (Asociación de Estudio y Lucha). Con asistencia de Engel y Fischer, se acordó convocar un mitin de protesta en la plaza Haymarket, para el día siguiente por la tarde (4 de mayo). Fischer se entrevistó con Spies el día 4 por la mañana, comprometiéndolo a hablar en aquel mitin.

Parsons no estaba en la ciudad. Se hallaba en Cincinnati. Llegó el día 4 en la mañana a Chicago y, sin saber de la concentración, queriendo ayudar a su esposa en la organización de las costureras, convocó a una reunión en las oficinas del diario “Arbeiter Zeitung”. Al mismo lugar llegaron Fielden y Schwab, donde Parsons se presentó con su esposa mexicana, Lucy González, dos de sus hijos y miss Holmes, del gremio de las costureras.

Schwab partió a un mitin en Deering, donde estuvo hasta las diez y media de la noche. En ese momento vinieron a buscar a Parsons, porque en la plaza de Haymarket faltaban oradores en inglés, y fue éste con toda su familia. Hablaron allí Spies, Parsons y Fielden, que debía cerrar la manifestación.

Mientras continuaba hablando Fielden, Parsons fue al cercano local Zept Hall para protegerse de la lluvia, que empezaba a caer. Allí se encontraba ya Fischer. En la tribuna seguían Fielden, que era el orador, y Spies, cuando de pronto (según el testimonio del apóstol cubano José Martí, entonces corresponsal de prensa en los Estados Unidos) “se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el aire, un hilo rojo. Tiembla la tierra, húndese el proyectil cuatro pies en su seno; caen rugiendo, uno sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos de un moribundo desgarran el aire”.

Esa bomba lanzada por mano anónima fue seguida del fusilamiento de la multitud por la policía, dejando a 38 obreros muertos y 115 heridos y puso en difícil situación a los dirigentes. Se hallaron (en palabras de Martí) “acusados de haber compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la bomba del tamaño de una naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los policías, dejó a uno muerto, causó después la muerte de seis más y abrió en otros 50 heridas graves...”.

En la redada policial que siguió a la masacre (más de 300 detenidos en un día), bajo estado de sitio, toque de queda y ocupación militar de los barrios obreros, fueron aprehendidos Spies, Schwab y Fischer, en las oficinas del “Arbeiter Zeitung”, esa misma noche. A Fielden, herido, lo sacaron de su casa. A Engel y Neebe, de sus casas también. Lingg fue apresado en su buhardilla, luego de enfrentarse a bofetadas con los policías que lo iban a detener. Le hallaron bombas. Parsons logró escapar, pero se presentó voluntariamente al Tribunal, al iniciarse el proceso, para compartir la suerte de sus compañeros.

EL PROCESO

El 17 de mayo de 1886 se reunió el Tribunal Especial, ante el cual comparecieron: August Spies, 31 años, periodista y director del “Arbeiter Zeitung”; Michael Schwab, 33 años, tipógrafo y encuadernador; Oscar W. Neebe, 36 años, vendedor, anarquista; Adolf Fischer, 30 años, periodista; Louis Lingg, 22 años, carpintero; George Engel, 50 años, tipógrafo y periodista; Samuel Fielden, 39 años, pastor metodista y obrero textil; Albert Parsons, 38 años, veterano de la guerra de secesión, ex candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por los grupos socialistas, periodista; Rodolfo Schnaubelt, cuñado de Schwab, y los traidores William Selinger, Waller y Scharader, ex integrantes del movimiento obrero que testificaron en falso contra quienes llamaban “camaradas” y cuyo perjurio fue posteriormente comprobado, cuando ya sus declaraciones habían sido acogidas por el Tribunal y ahorcados cuatro de los acusados.

El 21 de junio de 1886 se procedió al examen de jurados entre 981 candidatos, ante el juez Joseph E. Gary, que debía seleccionar a 12 de ellos. 5 ó 6 obreros, que se presentaron como posibles jurados, fueron recusados por el ministerio público. Se admitió sólo a los individuos que daban garantías de sustentar prejuicios antisocialistas o antianarquistas, predispuestos con anticipación contra los detenidos, a quienes se acusó formalmente de “conspiración de homicidio”, por la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba, y por otros 69 cargos. 5 de los acusados habían nacido en Alemania y uno en Inglaterra, lo que estimulaba las acusaciones contra la “inspiración foránea” de la agitación obrera.

En realidad; siguiendo el testimonio de Martí, se los procesaba “por explicar en la prensa y en la tribuna las doctrinas cuya propaganda les permitía la ley. En Nueva York, entre tanto, los culpables en un caso de incitación directa a la rebeldía habían sido castigados ¡con doce meses de cárcel y 250 dólares de multa!”.

Nada se decía en la acusación de la huelga nacional por la jornada de 8 horas, y menos de las condiciones de vida que sufrían los obreros en los Estados Unidos. Los acusadores estaban obsesionados por “la conspiración de la dinamita”, y aseguraban que Schnaubelt (cuñado de Schwab) había arrojado la bomba en Haymarket, que Spies y Fischer le habían ayudado en esa tarea, que Lingg la habría fabricado y transportado hasta la plaza...

Después de 22 días de examen de candidatos, el Gran Jurado estuvo dispuesto para la vista de la causa. Entre tanto, el alguacil especial Henry Rice se jactaba ante sus amigos, como se supo posteriormente, de que él mismo se había encargado de prepararlo todo para que formasen parte del Jurado sólo hombres declaradamente adversos a los acusados y éstos no escaparan así de la horca.

El 15 de julio de 1886, el fiscal Grinnell, como representante del Estado de Illinois, empezó la acusación por los delitos de conspiración y asesinato de policías, prometiendo probar en el juicio quién había arrojado la bomba en la plaza Haymarket.

Fundaba la acusación en que los procesados pertenecían a una “asociación secreta” que se proponía hacer la revolución social y destruir el orden establecido, empleando la dinamita para ello.

El 1º de mayo (según Grinnell) era el día señalado para iniciar la subversión, “pero causas imprevistas lo impidieron”.

Así quedó aplazada, decía, para el 4 de mayo en la plaza de Haymarket. El plan revolucionario, dijo el fiscal, había sido preparado por August Spies, pero no sólo eso, también éste había encendido la mecha de la bomba, antes de que la lanzara Schnaubelt sobre los policías.

Seguía el fiscal:

“La vasta conspiración es obra de la Internacional. Los miembros de dicha asociación se dedican, unos a la propaganda, otros a la fabricación de bombas y otros a entrenar en el manejo de las armas a sus afiliados”.

Demostró Grinnell que todos los acusados eran anarquistas o socialistas, lo que ellos reconocieron de buen grado, pero no pudo probar su participación directa en el delito que les imputaba.

Los testigos utilizados por la acusación eran el capitán de Policía Bonfield, que ordenó disparar contra la multitud en Haymarket, y los ex anarquistas Waller, Schrader y Selinger, que declararon contra sus antiguos camaradas, pagados o coaccionados por la policía: Waller aseguraba que sí existió conspiración, pero se confundió ante las miradas de los que lo habían considerado un compañero, y entonces el fiscal interrogó a Schrader. Pero éste, “más cobarde que vil”, titubeó tanto, su declaración se hizo tan contradictoria y torpe, que el procurador del Estado gritó a la defensa: “Llevaos este testigo: no es nuestro, es vuestro”.

El testigo Gillmer dijo que vio a Schnaubelt (cuñado de Schwab) arrojar la bomba ayudado por Fischer y Spies, pero se probó que Fischer estaba en ese momento fuera de la plaza, en el Zept Hall, y Spies en la tribuna de oradores, y que Schnaubelt estaba en un sitio de la plaza distinto al lugar desde donde fue arrojada la bomba.

Para probar la existencia de una “conspiración”, el fiscal recurrió a la prensa anarquista, presentando fragmentos de artículos y reproducción de discursos de los procesados, muy anteriores a los sucesos materia de juicio. Las citas eran amañadas y absolutamente fuera de contexto, pero se leyeron de manera melodramática ante los jurados, y se exaltaron las pasiones de los mismos exhibiéndoles bombas reales, armas, dinamita y hasta uniformes ensangrentados de los policías heridos en Haymarket. Pero no se demostró judicialmente ninguna relación concreta entre la bomba arrojada allí y los procesados.

José Martí dijo expresamente en su crónica de los sucesos: “No se pudo probar que los ocho acusados del asesinato del policía Degan hubieran preparado ni encubierto siquiera una conspiración que rematase con su muerte. Los testigos fueron los policías mismos, y cuatro anarquistas comprados, uno de ellos confeso de perjurio. Lingg mismo, cuyas bombas eran semejantes, como se vio por el casquete, a la de Haymarket, estaba, según el proceso, lejos de la catástrofe. Parsons, contento de su discurso (ya pronunciado), contemplaba la multitud desde un lugar vecino. El perjuro fue quien dijo, y desdijo luego, que vio a Spies encender el fósforo con que se prendió la mecha de la bomba, que Ling "cargó con otro hasta un rincón cercano a la plaza en un baúl de cuero", que la tarde de los seis muertos en McCormik acordaron los anarquistas, a petición de Engel, armarse para resistir nuevos ataques. Que Spies estuvo un instante en el lugar en que se tomó el acuerdo. Que en su despacho había bombas, y en una u otra casa, "Manuales de guerra revolucionaria". Lo que sí se probó con plena prueba fue que, según todos los testigos adversos, el que arrojó la bomba era un desconocido”.

La defensa acusó al capitán Bonfield, a cargo de la Policía en Haymarket, de estar pagado por la “Citizens Association”, una “organización burguesa de conspiradores capitalistas”, que venía buscando el momento para descabezar el movimiento obrero en Chicago. Spies llegó a decir: “Somos acusados de conspiración por los verdaderos conspiradores y sus instrumentos... Si no se hubiera arrojado esa bomba, igual habría hoy centenares de viudas y de huérfanos... Bonfield, el hombre que haría avergonzar a los héroes de la noche de San Bartolomé, el ilustre Bonfield que habría prestado innegables servicios a Doré como modelo para los demonios de Dante, Bonfield era el hombre capaz de llevar a la práctica la conspiración de la "Citizens Association" de nuestros patricios”.

HABLAN LOS SENTENCIADOS

El 20 de agosto de 1886, ante el Tribunal en pleno, fue leído el veredicto del Jurado: condenados a muerte Spies, Schwab, Lingg, Engel, Fielden, Parsons, Fischer y a 15 años de trabajos forzados, Oscar W. Neebe.

Se les concedió el uso de la palabra a los sentenciados. Sus discursos se conservan y algunos fragmentos de ellos se reproducen aquí, en el orden en que fueron pronunciados. Hiela la sangre leerlos. Se trata de hombres que sabían de antemano que serían condenados a la pena capital y por un crimen que no habían cometido. Sus palabras, inspiradas y proféticas, tienen un patetismo que los años pasados desde entonces no logran borrar.

DISCURSO DE AUGUST SPIES
(Director del “Arbeiter Zeitung”, 31 años. Nacido en Alemania Central)

“Al dirigirme a este Tribunal lo hago como representante de una clase social enfrente de los de otra clase enemiga, y empezaré con las mismas palabras que un personaje veneciano pronunció hace cinco siglos en ocasión semejante: "Mi defensa es vuestra acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia".

Se me acusa de complicidad en un asesinato y se me condena, a pesar de que el ministerio público no ha presentado prueba alguna de que yo conozca al que arrojó la bomba, ni siquiera de que en tal asunto haya tenido yo la menor intervención. Sólo el testimonio del procurador del Estado y el de Bonfield, y las contradictorias declaraciones de Thompson y de Gillmer, testigos pagados por la Policía, pueden hacerme aparecer como criminal.

Y si no existe un hecho que pruebe mi participación o mi responsabilidad en el asunto de la bomba, el veredicto y su ejecución no son más que un crimen maquiavélicamente concebido y fríamente ejecutado, como tantos otros que registra la historia de las persecuciones políticas y religiosas.

Se han cometido muchos crímenes jurídicos aun obrando de buena fe los representantes del Estado, creyendo realmente delincuentes a los sentenciados. En esta ocasión, ni esa excusa existe. Por sí mismos, los representantes del Estado han fabricado la mayor parte de los testimonios, y han elegido un Jurado viciado en su origen. Ante este Tribunal, ante el público, yo acuso al procurador del Estado, y a Bonfield, de conspiración infame para asesinarnos.

La tarde del mitin de Haymarket encontré a un tal Legner. Este joven me acompañó, no dejándome hasta el momento en que bajé de la tribuna, unos cuantos segundos antes de estallar la bomba. El sabe que no vi a Schwab aquella tarde. Sabe también que no tuve la conversación que me atribuye Thompson. Sabe que no bajé de la tribuna para encender la bomba. ¿Por qué los honorables representantes del Estado rechazan a este testigo que nada tiene de socialista? Sencillamente porque probaría el perjurio de Thompson y la falsedad de Gillmer. Y el nombre de Legner estaba en la lista de los testigos presentados por el ministerio público. No fue, sin embargo, citado a declarar, y la razón es obvia. Se le ofrecieron 500 dólares para que abandonara la ciudad, y rechazó indignado el ofrecimiento. Cuando yo preguntaba por Legner, nadie sabía de él ¡el honorable, el honorabilísimo fiscal Grinnell, me contestaba que él mismo lo había buscado sin conseguir encontrarlo! Tres semanas después supe que aquel joven había sido llevado detenido por dos policías a Buffalo, Estado de Nueva York. ¡Juzgad quiénes son los asesinos!

Si yo hubiera arrojado la bomba o hubiera sido el causante de que se la arrojara, o hubiera siquiera sabido algo de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí... Mas, decís, "habéis publicado artículos sobre la fabricación de dinamita". Y bien, todos los periódicos los han publicado, entre ellos los titulados "Tribune" y "Times", de donde yo los trasladé, en algunas ocasiones, al "Arbeiter Zeitung" ¿Por qué no traéis al estrado a los editores de aquellos periódicos?

Me acusáis también de no ser ciudadano de este país. Resido aquí hace tanto tiempo como Grinnell, y soy tan buen ciudadano como él cuando menos, aunque no quisiera ser comparado con tal personaje. Grinnell ha apelado innecesariamente al patriotismo del Jurado y yo voy a contestarle con las palabras de un literato inglés: ¡El patriotismo es el último refugio de los infames!

¿Qué hemos dicho en nuestros discursos y en nuestros escritos?

Hemos explicado al pueblo sus condiciones y las relaciones sociales; le hemos hecho ver los fenómenos sociales y las circunstancias y leyes bajo las cuales se desenvuelven; por medio de la investigación científica hemos probado hasta la saciedad que el sistema del salario es la causa de todas las iniquidades, iniquidades tan monstruosas que claman al cielo. Nosotros hemos dicho, además, que el sistema del salario, como forma específica del desenvolvimiento social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de civilización; que dicho sistema preparaba el camino y favorecía la fundación de un sistema cooperativo universal, que tal es el socialismo. Que tal o cual teoría, tal o cual diseño de mejoramiento futuro, no eran materia de elección, sino de necesidad histórica, y que para nosotros la tendencia del progreso era la de una sociedad de soberanos en la que la libertad y la igualdad económica de todos produciría un equilibrio estable como base y condición del orden natural.

Grinnell ha dicho repetidas veces que es el anarquismo lo que se trata de sojuzgar. Pues bien, la teoría anarquista pertenece a la filosofía especulativa. Nada se habló de la anarquía en el mitin de Haymarket. En ese mitin sólo se trató de la reducción de horas de trabajo. Pero insistid: "Es el anarquismo al que se juzga". Si así es, por vuestro honor que me agrada: yo me sentencio, porque soy anarquista. Yo creo como Burke, como Paine, como Jefferson, como Emerson y Spencer y muchos otros grandes pensadores del siglo, que el estado de castas y de clases, el estado donde una clase vive a expensas del trabajo de otra clase -a lo cual llamáis orden- yo creo, digo, que esta bárbara forma de organización social, con sus robos y asesinatos legales, está próxima a desaparecer y dejará pronto paso a una sociedad libre, a la asociación voluntaria o a la hermandad universal, si lo preferís. ¡Podéis, pues, sentenciarme, honorable Jurado, pero que al menos se sepa que aquí, en Illinois, ocho hombres fueron condenados por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el triunfo final de la Libertad y de la Justicia!

Grinnell ha repetido varias veces que éste es un país adelantado. ¡El veredicto corrobora tal aserto!

Este veredicto lanzado contra nosotros es el anatema de las clases ricas sobre sus expoliadas víctimas, el inmenso ejército de los asalariados. Pero si creéis que ahorcándonos podéis contener el movimiento obrero, ese movimiento constante en que se agitan millones de hombres que viven en la miseria, los esclavos del salario; si esperáis salvaros y lo creéis, ¡ahorcadnos!... Aquí os halláis sobre un volcán, y allá y acullá, y debajo, y al lado, y en todas partes surge la Revolución. Es un fuego subterráneo que todo lo mina.

Vosotros no podéis entender esto. No creéis en las artes diabólicas, como nuestros antecesores, pero creéis en las conspiraciones. Os asemejáis al niño que busca su imagen detrás del espejo. Lo que veis en nuestro movimiento, lo que os asusta, es el reflejo de vuestra maligna conciencia. ¿Queréis destruir a los agitadores? Pues aniquilad a los patrones que amasan sus fortunas con el trabajo de los obreros, acabad con los terratenientes que amontonan sus tesoros con las rentas que arrancan a los miserables y escuálidos labradores... Suprimíos vosotros mismos, porque excitáis el espíritu revolucionario.

Ya he expuesto mis ideas. Ellas constituyen una parte de mí mismo. No puedo prescindir de ellas, y aunque quisiera no podría. Y si pensáis que habréis de aniquilar esas ideas, que ganan más y más terreno cada día, mandándonos a la horca; si una vez más aplicáis la pena de muerte por atreverse a decir la verdad -y os desafiamos a que demostréis que hemos mentido alguna vez-, yo os digo que si la muerte es la pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan costoso precio. ¡Ahorcadnos! La verdad crucificada en Sócrates, en Cristo, en Giordano Bruno, en Juan Huss, en Galileo, vive todavía; éstos y otros muchos nos han precedido en el pasado. ¡Nosotros estamos prontos a seguirles!”
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El discurso de Spies, interrumpido sin cesar por el juez, duró más de 2 horas. Hablaba como un iluminado, y las interrupciones parecían hacerlo más enérgico y elocuente.

DISCURSO DE MICHAEL SCHWAB

(Nacido en Baviera, Alemania. Tipógrafo. Tenía 33 años en el momento del juicio)

“Hablaré poco, y seguramente no despegaría mis labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que acaba de desarrollarse.

Habláis de una gigantesca conspiración.

Un movimiento social no es una conspiración, y nosotros todo lo hemos hecho a la luz del día. No hay secreto alguno en nuestra propaganda. Anunciamos de palabra y por escrito una próxima revolución, un cambio en el sistema de producción de todos los países industriales del mundo, y ese cambio viene, ese cambio no puede menos que llegar...

Si nosotros calláramos, hablarían hasta las piedras. Todos los días se cometen asesinatos; los niños son sacrificados inhumanamente, las mujeres perecen a fuerza de trabajar y los hombres mueren lentamente, consumidos por sus rudas faenas, y no he visto jamás que las leyes castiguen estos crímenes...

Como obrero que soy, he vivido entre los míos; he dormido en sus tugurios y en sus cuevas; he visto prostituirse la virtud a fuerza de privaciones y de miseria, y morir de hambre a hombres robustos por falta de trabajo. Pero esto lo había conocido en Europa y abrigaba la ilusión de que en la llamada tierra de la libertad, aquí en América, no presenciaría estos tristes cuadros. Sin embargo, he tenido ocasión de convencerme de lo contrario.

En los grandes centros industriales de los Estados Unidos hay más miseria que en las naciones del viejo mundo.

Miles de obreros viven en Chicago en habitaciones inmundas, sin ventilación ni espacio suficientes; dos y tres familias viven amontonadas en un solo cuarto y comen piltrafas de carne y algunos restos de verdura.

Las enfermedades se ceban en los hombres, en las mujeres y en los niños, sobre todo en los infelices e inocentes niños. ¿Y no es esto horrible en una ciudad que se reputa civilizada?

De ahí, pues, que haya aquí más socialistas nacionales que extranjeros, aunque la prensa capitalista afirme lo contrario con objeto de acusar a los últimos de traer la perturbación y el desorden desde fuera.

El socialismo, tal como nosotros lo entendemos, significa que la tierra y las máquinas deben ser propiedad común del pueblo.

La producción debe ser regulada y organizada por asociaciones de productores que suplan a las demandas del consumo. Bajo tal sistema todos los seres humanos habrán de disponer de medios suficientes para realizar un trabajo útil, y es indudable que nadie dejará de trabajar.

Tal es lo que el socialismo se propone. Hay quien dice que esto no es americano. Entonces, ¿será americano dejar al pueblo en la ignorancia, será americano explotar y robar al pobre, será americano fomentar la miseria y el crimen?

¿Qué han hecho los partidos políticos tradicionales por el pueblo? Prometer mucho y no hacer nada, excepto corromperlo comprando votos en los días de elecciones. Es natural después de todo, que en un país donde la mujer tiene que vender su honor para vivir, el hombre se vea obligado a vender su conciencia...

"El anarquismo está muerto", ha dicho el fiscal. El anarquismo hasta hoy sólo existe como doctrina, y Mr. Grinnell no tiene poder para matar ninguna doctrina. El anarquismo es hoy una aspiración, pero una aspiración que se realizará algún día... La anarquía es un orden sin gobierno. Es un error emplear la palabra anarquía como sinónimo de violencia, pues son cosas opuestas. En el presente estado social, la violencia se emplea a cada momento, y por eso nosotros propagamos la violencia también, pero solamente contra la violencia, como un medio necesario de defensa”.

DISCURSO DE OSCAR NEEBE

(Nacido en Filadelfia, de padres alemanes, no era obrero, sino vendedor de levaduras en una empresa propiedad de su familia. Desde su adolescencia trabajó a favor de los desheredados y organizó varios importantes sindicatos por oficio. Fue condenado a 15 años de prisión)

“Durante los últimos días he podido aprender lo que es la ley, pues antes no lo sabía. Yo ignoraba que pudiera estar convicto de un crimen por conocer a Spies, Fielden y Parsons...

Con anterioridad al 4 de mayo yo había cometido ya otros delitos. Mi trabajo como vendedor de levaduras me había puesto en contacto con los panaderos. Vi que los panaderos de esta ciudad eran tratados como perros... Y entonces me dije: "A estos hombres hay que organizarlos; en la organización está la fuerza". Y ayudé a organizarlos. Fue un gran delito. Aquellos hombres ahora, en vez de estar trabajando catorce y dieciséis horas, trabajan diez horas al día... Y aún más: cometí un delito peor... Una mañana, cuando iba de un lado a otro con mis trastos, vi que los obreros de las fábricas de cerveza de la ciudad de Chicago entraban a trabajar a las cuatro de la mañana. Llegaban a su casa a las siete u ocho de la noche. No veían nunca a su familia; no veían nunca a sus hijos a la luz del día... Puse manos a la obra y los organicé.

En la mañana del 5 de mayo supe que habían sido detenidos Spies y Schwab, y entonces fue también cuando tuve la primera noticia de la celebración del mitin de Haymarket durante la tarde anterior. Después que terminé mis faenas fui a las oficinas del "Arbeiter Zeitung", en donde me encontraba cuando fue allanado el periódico...

Veinticinco policías allanaron mi casa el mismo día y encontraron un revólver y una bandera roja, de un pie cuadrado, con la que jugaba frecuentemente mi hijo.

Yo no creo que sólo los anarquistas y socialistas tengan armas en su casa... Habéis probado que organicé asociaciones obreras, que he trabajado por la reducción de horas, que he hecho cuanto he podido por volver a publicar el "Arbeiter Zeitung": he ahí mis delitos.

Pues bien: me apena la idea de que no me ahorquéis, honorables jueces, porque es preferible la muerte rápida a la muerte lenta en que vivimos.

Tengo familia, tengo hijos, y si saben que su padre ha muerto lo llorarán y recogerán su cuerpo para enterrarlo. Ellos podrán visitar su tumba, pero no podrán, en caso contrario, entrar en el presidio para besar a un condenado por un delito que no ha cometido.

Esto es lo que tengo que decir. Yo os suplico: ¡Dejadme participar de la suerte de mis compañeros! ¡Ahorcadme con ellos!”.

DISCURSO DE ADOLF FISCHER

(Nacido en Bremen, Alemania. Periodista. Tenía 30 años)

“No hablaré mucho; solamente tengo que protestar contra la pena de muerte que me imponéis, porque no he cometido crimen ninguno. He sido tratado aquí como asesino y sólo se me ha probado que soy anarquista.

Pero si yo he de ser ahorcado por profesar mis ideas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada que objetar.

Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por la redención de la especie humana, entonces yo lo digo muy alto: disponed de mi vida.

Aunque soy uno de los que prepararon el mitin de Haymarket, nada tengo que ver con el asunto de la bomba. Yo no niego que he concurrido a tal mitin, pero tal mitin... (Se le acerca, entonces, el defensor, Mr. Solomon, aconsejándole que no continúe en tal tono, que no es conveniente, etcétera.) ... Sois muy bondadoso, Mr. Solomon. Sé muy bien lo que estoy diciendo: Ahora bien, el mitin de Haymarket no fue convocado para cometer ningún crimen; fue, por el contrario, convocado para protestar contra los atropellos y asesinatos de la Policía en la fábrica McCormik.

Pocas horas antes del mitin en Haymarket habíamos tenido una reunión para tomar la iniciativa y convocar a esa manifestación popular. Se me comisionó para que me hiciera cargo de buscar oradores y redactar los volantes. Cumplí este encargo invitando a Spies a que hablara en el mitin y mandando a imprimir veinticinco mil volantes.

En el original aparecían las palabras "¡Trabajadores, acudid armados!": Yo tenía mis motivos para escribirlas, porque no quería que, como en otras ocasiones, los trabajadores fueran ametrallados impunemente, indefensos.

Cuando Spies vio dicho original, se negó a tomar parte en el mitin si no se suprimían aquellas palabras. Yo accedí a sus deseos, y Spies habló en Haymarket. Esto es todo lo que tengo que ver en el asunto del mitin...

Yo no he cometido en mi vida ningún crimen.

Pero aquí hay un individuo que está en camino de llegar a ser un criminal y un asesino, y ese individuo es Mr. Grinnell, que ha comprado testigos falsos a fin de poder sentenciarnos a muerte. Yo le denuncio aquí públicamente.

Si creéis que con este bárbaro veredicto aniquiláis nuestras ideas, estáis en un error, porque éstas son inmortales.

Este veredicto es un golpe de muerte dado a la libertad de imprenta, a la libertad de pensamiento, a la libertad de palabra, en este país.

El pueblo tomará nota de ello. Es cuanto tengo que decir”.

DISCURSO DE LOUIS LINGG

(Era el único acusado efectivamente dispuesto a utilizar métodos terroristas, experto, además, en fabricar bombas. Carpintero. Tenía 22 años. Había nacido en Alemania)

“Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y qué significan la ley y el orden? Sus representantes son los policías, y entre éstos hay muchos ladrones. Aquí se sienta el capitán Schaack. El me ha confesado que mi sombrero y mis libros habían desaparecido de su oficina, sustraídos por los policías. ¡He ahí vuestros defensores del derecho de propiedad!

Yo repito que soy enemigo del orden actual y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras respire.

Declaro otra vez franca y abiertamente que soy partidario de los medios de fuerza.

He dicho al capitán Schaack, y lo sostengo, que si vosotros empleáis contra nosotros vuestros fusiles y cañones, nosotros emplearemos contra vosotros la dinamita.

Os reís probablemente porque estáis pensando: "Ya no arrojará más bombas". Pues permitidme que os asegure que muero feliz, porque estoy seguro que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados, ellos harán estallar la bomba.

En esta esperanza os digo: ¡Os desprecio; desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad! ¡Ahorcadme!”.


DISCURSO DE GEORGE ENGEL

(Alemán de nacimiento, había emigrado a los EEUU en 1873, estableciéndose primero en Nueva York y Filadelfia. Tipógrafo y periodista. Tenía 50 años al ser condenado a la horca en Chicago)

“Es la primera vez que comparezco ante un Tribunal americano, y en él se me acusa de asesinato. ¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino?

Por la misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora.

Aquí también, en esta "libre república", en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con que alimentarse en los montones de basura de las calles.

Cuando en 1878 vine a esta ciudad, creí hallar más fácilmente medios de vida aquí que en Filadelfia, donde me había sido imposible vivir por más tiempo. Pero mi desilusión fue completa.

Empecé a comprender que para el obrero no hay diferencia entre Nueva York, Filadelfia o Chicago, así como no la hay entre Alemania y esta república tan ponderada.

Un compañero de taller me hizo comprender científicamente la causa de que en este rico país no pueda vivir decentemente el proletariado. Compré libros para ilustrarme más, y yo, que había sido político de buena fe, abominé de la política y de las elecciones y también comprendí que todos los partidos estaban degradados... Entonces entré en la Asociación Internacional de Trabajadores.

Los miembros de esta asociación están convencidos de que sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la Historia enseña. En ella podemos aprender que la fuerza libertó a los primeros colonizadores de este país, que sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud, y así como fue ahorcado el primero que en este país agitó la opinión contra la esclavitud, vamos a ser ahorcados nosotros.

¿En qué consiste mi crimen?

En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social en que sea imposible el hecho de que mientras unos amontonan millones utilizando las máquinas, otros caen en la degradación y en la miseria.

Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos.

Vuestras leyes están en oposición con las de la Naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar...

En la noche en que fue arrojada la primera bomba en este país, yo me hallaba en mi casa. Yo no sabía ni una palabra de la conspiración que pretende haber descubierto el ministerio público.

Es cierto que tengo relaciones con mis compañeros de proceso, pero a algunos sólo los conozco por haberlos visto en reuniones de trabajadores. No niego tampoco que haya yo hablado en varios mítines, afirmando que si cada trabajador llevase una bomba en el bolsillo, pronto sería derribado el sistema capitalista imperante. Esa es mi opinión y mi deseo.


Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos. Todo lo demás yo lo desprecio; desprecio el poder de un Gobierno inicuo, sus policías y sus espías. Nada más tengo que decir”.

DISCURSO DE SAMUEL FIELDEN

(Pastor metodista y obrero textil. Tenía 39 años. Había nacido en Inglaterra)

“Habiendo observado que hay algo injusto en nuestro sistema social, asistí a varias reuniones gremiales y comparé lo que decían los obreros con mis propias observaciones. Mas no conocía el remedio para los males sociales.

Pero discutiendo y analizando las cosas en boga actualmente, hubo quien me dijo que el socialismo significaba la igualdad de condiciones, y ésta fue la enseñanza.

Comprendí en seguida aquella verdad, y desde entonces fui socialista.

Aprendí cada vez más y más; reconocí la medicina para combatir los males sociales, y como me juzgaba con derecho para propagarla, la propagué.

La Constitución de los Estados Unidos, cuando dice "el derecho a la libre emisión del pensamiento no puede ser negado" da a cada ciudadano, reconoce a cada individuo, el derecho a expresar sus pensamientos.

Yo he invocado los principios del socialismo y de la economía social y por ésta, y sólo por ésta razón me hallo aquí y soy condenado a muerte...

Se me acusa de excitar las pasiones, se me acusa de incendiario porque he afirmado que la sociedad actual degrada al hombre hasta reducirlo a la categoría de animal.

¡Andad! Id a las casas de los pobres, y los veréis amontonados en el menor espacio posible, respirando una atmósfera infernal de enfermedad y muerte...

La cuestión social es una cuestión tanto europea como americana.

En los grandes centros industriales de los Estados Unidos el obrero arrastra una vida miserable, la mujer pobre se prostituye para vivir, los niños perecen prematuramente aniquilados por las penosas tareas a las que tienen que dedicarse, y una gran parte de los vuestros se empobrece también diariamente. ¿En dónde está la diferencia de país a país?

Habéis traído aquí a los corresponsales de la prensa burguesa para probar mi lenguaje revolucionario, y yo os he demostrado que a todas nuestras reuniones han podido acudir nuestros adversarios... y, en resumen, os digo que esos periodistas son hombres que no dependen de sí mismos, que no son libres, que obran a instigación ajena, y lo mismo pueden acusarnos de un crimen que proclamarnos el más virtuoso de todos los hombres. Un ciudadano de Washington que aquí vino a combatirnos en 1880 nos ha escrito repetidas veces ofreciéndonos declarar que nuestras reuniones no tenían por objeto excitar al pueblo a la rapiña, como decís vosotros, sino simplemente a la discusión de las cuestiones económicas. Veinte testigos más estaban dispuestos a confirmar lo mismo. Esto era en el supuesto de que se nos acusase en aquel sentido. Pero vimos aquí que de lo que se nos acusaba realmente era de "anarquistas", y por eso no vinieron aquellos testigos, porque no eran necesarios...

Si me juzgáis convicto de haber propagado el socialismo, y yo no lo niego, entonces ahorcadme por decir la verdad...

Si queréis mi vida por invocar los principios del socialismo, como yo entiendo que los he invocado en favor de la Humanidad, os la doy contento y creo que el precio es insignificante ante los resultados grandiosos de nuestro sacrificio...

Yo amo a mis hermanos, los trabajadores, como a mí mismo. Yo odio la tiranía, la maldad y la injusticia.

El siglo XIX comete el crimen de ahorcar a sus mejores amigos. No tardará en sonar la hora del arrepentimiento. Hoy el sol brilla para la Humanidad, pero puesto que para nosotros no puede iluminar más dichosos días, me considero feliz al morir, sobre todo si mi muerte puede adelantar un solo minuto la llegada del venturoso día en que aquél alumbre mejor para los trabajadores.

Yo creo que llegará un tiempo en que sobre las ruinas de la corrupción se levantará la esplendorosa mañana del mundo emancipado, libre de todas las maldades, de todos los monstruosos anacronismos de nuestra época y de nuestras caducas instituciones”.

DISCURSO DE ALBERT PARSONS

(De 38 años, ex candidato a la Presidencia de los EEUU, había nacido en el Sur, en Alabama, y peleado en la guerra de secesión. Luego abandonó fortuna y familia -que, de paso, lo había repudiado por casarse con una mexicana de origen indígena- para dedicarse a la propagación de ideas socialistas)

“Me preguntáis qué fundamentos hay para concederme una nueva prueba de mi inocencia. Yo os contesto y os digo que vuestro veredicto es el veredicto de la pasión, engendrado por la pasión y realizado, en fin, por la pasión de la ciudad de Chicago. Por este motivo, yo reclamo la suspensión de la sentencia y una nueva prueba inmediata. ¿Y qué es la pasión? Es la suspensión de la razón, de los elementos de discernimiento, de reflexión y de justicia necesarios para llegar al conocimiento de la verdad.

No podéis negar que vuestra sentencia es el resultado del odio de la prensa burguesa, de los monopolizadores del capital, de los explotadores del trabajo...

Hay en los Estados Unidos, según el censo de 1880, dieciséis millones doscientos mil jornaleros. Estos son los que por su industria crean toda la riqueza de este país.

El jornalero es aquél que vive de un salario y no tiene otros medios de subsistencia que la venta de su trabajo hora tras hora, día tras día, año tras año. Su trabajo es toda su propiedad; no posee más que su fuerza y sus manos. De aquellos dieciséis millones de jornaleros, sólo nueve millones son hombres; los demás, mujeres y niños...

Ahora bien, señores; yo, como trabajador, he expuesto los que creía justos clamores de la clase obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer del trabajo y de los frutos de su trabajo...

Este proceso se ha iniciado y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por los que creen que el pueblo no tiene más qué un derecho y un deber, el de la obediencia.

¿Creéis, señores, que cuando nuestros cadáveres hayan sido arrojados a la fosa se habrá acabado todo? ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah, no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero, para demostraros vuestra injusticia y las injusticias sociales que nos llevan al cadalso...

Yo estaba libre y lejos de Chicago cuando vi que se había fijado la fecha de la vista de este proceso.

Juzgándome inocente y sintiéndome asimismo que mi deber era estar al lado de mis compañeros y afrontar con ellos, si era preciso, la sentencia; que mi deber era también defender desde aquí los derechos de los trabajadores y la causa de la libertad y combatir la opresión, regresé sin vacilar a esta ciudad.

Me dirigí a la casa de mi amiga miss Ames, en la calle Morgan. Hice venir a mi esposa y conversé con ella algún tiempo. Mandé aviso al capitán Black, señalándole que estaba aquí pronto a presentarme y constituirme preso. Me contestó que estaba dispuesto a recibirme. Vine y le encontré a la puerta de este edificio, subimos juntos y comparecí ante este Tribunal. Sólo tengo que añadir: aún en este momento no tengo de qué arrepentirme”.

(El discurso de Parsons duró ocho horas y lo pronunció en dos sesiones, los días 8 y 9 de octubre de 1886).

Pronunciadas las condenas a muerte, hubo una gran movilización popular en todos los Estados Unidos y algunos países europeos para lograr anular la sentencia. En Berlín, París y Londres se realizaron masivos mítines callejeros contra el fallo. En el efectuado en la capital inglesa hablaron el dramaturgo George Bernard Shaw, el teórico anarquista Piotr Kropotkin, el socialista William Morris y la teósofa Annie Besan. Pero las presiones más directas se ejercían en el propio Chicago. Sólo se consiguió, después de cientos de miles de solicitudes, contrasolicitudes, audiencias y manifestaciones, que la Corte Suprema del Estado de Illinois viera el caso, pero ésta no hizo más que confirmar la sentencia.

El gobernador del Estado de Illinois, Oglesby, recibió una petición con más de 200.000 firmas en la que se le instaba a perdonar la vida de los condenados. También leyó una carta enviada por Parsons, en que éste decía que, habiendo sido culpado de asesinato por el solo hecho de haber asistido a la manifestación de Haymarket, solicitaba la suspensión temporal de la ejecución, para que su esposa y sus hijos, que también habían estado presentes en el mitin, pudieran ser juzgados, sentenciados y ejecutados junto con él. Al leer estas palabras, el gobernador Oglesby exclamó: “¡Dios mío, que cosa tan horrible!”, y no quiso saber más del caso.

Entre tanto, la gran prensa capitalista de los Estados Unidos caldeaba los ánimos presentando a los reos como “bestias dañinas”, que merecían “todo el rigor de la ley”, y apremiaba por su pronta ejecución.

La angustia de los familiares de los condenados aumentaba día a día. Ellos, desafiantes, aguardaban el desenlace sin temor. Al borde del cadalso, August Spies conquistaba (sólo con su apostura, que ella ve desde lejos, y con sus ideas y su palabra) el amor de una distinguida joven de Chicago, Nina van Zand. Escribió José Martí: “Prendada de la arrogante hermosura y el dogma humanitario de Spies, se le ofreció de esposa en el umbral de la muerte, y de mano de su madre, de distinguida familia, se casó con el preso; llevó a su reja día sobre día el consuelo de su amor, libros y flores; publicó con sus ahorros, para allegar recursos a la defensa, la autobiografía soberbia y breve de su desposado, y se fue a echar de rodillas a los pies del gobernador para pedirle clemencia”.

La esposa de Albert Parsons, Lucy, de origen mexicano, entre tanto, recorría los Estados Unidos, “aquí rechazada, allí silbada, allá presa, hoy seguida de obreros llorosos, mañana de campesinos que la echan como a bruja, después de catervas de crueles chicuelos para "pintar al mundo el horror de la condición de estas castas infelices", mayor mil veces que el de los medios propuestos por los anarquistas para terminarlo”.

Hasta que se llegó al día del “cúmplase” de la sentencia. El 10 de noviembre de 1887, un día antes, Louis Lingg sacó de entre sus ensortijados cabellos una diminuta bomba en forma de cigarrillo que allí había escondido, la encendió con la llama de la bujía de su celda, y se la llevó a la boca. Se destrozó totalmente la cara, el cuello y la laringe, y murió seis horas más tarde. El gobernador Oglesby conmutó esa misma noche, víspera de la ejecución, la pena de muerte a Schwab y Fielden por la de presidio perpetuo. Tres días antes, Engel había tratado de tomar una botella de láudano para quitarse la vida, pero había sido sorprendido por sus carceleros, que lo cuidaron esmeradamente para poder ahorcarlo como manda la ley.

LA EJECUCION

El 11 de noviembre de 1887 se consumó el crimen legal. Engel, Spies, Parsons y Fischer fueron ahorcados. Entre los periodistas que cubrieron aquella trágica noticia en Chicago estaba José Martí, cuyo relato del acto final fue publicado en el diario “La Nación”, de Buenos Aires, el 1° de enero de 1888. Por su insuperable elocuencia y realismo, reproducimos aquí (por su pluma) el relato que hiciera de aquellos minutos dramáticos que vivió desde tan cerca.

“Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintada de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de carceleros y periodistas, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeteo incesante del telégrafo que el "Sun" de Nueva York tenía establecido en el mismo corredor... por sobre el silencio que encima de todos esos ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. Al fin del corredor se levantaba el cadalso.

-Oh, las cuerdas son buenas: ya las probó el alcaide.

El verdugo habla, escondido en la garita del fondo, de las cuerdas que sujetan el pestillo de la trampa.

-La trampa está firma, a unos diez pies del suelo... No; los maderos de horca no son nuevos; los han pintado de ocre para que parezcan bien en esta ocasión; porque todo ha de estar decente, muy decente... Sí, la milicia está a mano; y a la cárcel no se dejará acercar a nadie... De veras que Lingg era hermoso...

Risas, tabaco, brandy, humo que ahoga en sus celdas a los reos despiertos. En el aire espeso y húmedo chisporrotean, cocean, bloquean, las luces eléctricas. Inmóvil sobre la baranda de las celdas, mira al cadalso un gato... Cuando de pronto, una melodiosa voz, llena de fuerza y sentido, la voz de uno de estos hombres a quienes se supone fieras humanas, trémula primero, vibrante en seguida, pura y luego serena, como quien ya se siente libre de polvos y ataduras, resonó en la celda de Engel, que, arrebatado por el éxtasis, recitaba "El tejedor", de Enrique Heine, como ofreciendo al cielo el espíritu, con los dos brazos en alto:

"Con los ojos secos, lúgubres, ardientes,
rechinando los dientes,
se sienta en su telar el tejedor;
¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!
Tres maldiciones en la tela urdimos;
¡Adelante, adelante el tejedor!

Maldito el falso Dios que implora en vano
en invierno tirano
muerto de hambre el jayán en su obrador;
¡En vano fue la queja y la esperanza!
Al Dios que nos burló, guerra y venganza.
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Rey del poderoso
cuyo pecho orgulloso
nuestra angustia mortal no conmovió!
¡El último doblón nos arrebata,
y como a perros luego el Rey nos mata!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Estado en que florece,
y como yedra crece
vasto y sin tasa el público baldón;
donde la tempestad la flor avienta
y el gusano con podre se sustenta!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Corre, corre sin miedo, tela mía!
¡Corre bien, noche y día!
Tierra maldita, tierra sin honor,
con mano firme tu capuz zurcimos;
tres veces, tres la maldición urdimos:
¡Adelante, adelante el tejedor!'

Y rompiendo en sollozos, se dejó Engel caer sentado en su litera, hundiendo en las palmas el rostro envejecido. Muda lo había escuchado la cárcel entera, los unos como orando, los presos asomados a los barrotes, estremecidos los periodistas y los carceleros, suspenso el telégrafo, Spies a medio sentar, Parsons de pie en su celda, con los brazos abiertos, como quien va a emprender vuelo.

El alba sorprendió a Engel hablando entre sus guardas, con la palabra voluble del condenado a muerte, sobre lances curiosos de su vida de conspirador; a Spies, fortalecido por el largo sueño; a Fischer, vistiéndose sin prisa las ropas que se quitó al empezar la noche para descansar mejor; a Parsons, cuyos labios se mueven sin cesar, saltando sobre sus vestidos, después de un corto sueño histérico.

-¿Oh, Fischer, cómo puedes estar tan sereno, cuando el alcaide que ha de dar la señal de tu muerte, rojo por no llorar, pasea como una fiera de alcaidía?

-Porque -responde Fischer, clavando una mano sobre el brazo trémulo del guarda y mirándole de lleno en los ojos- creo que mi muerte ayudará a la causa con que me desposé desde que comencé mi vida, y amo más que a mi vida misma, la causa del trabajador; y porque mi sentencia es parcial, ilegal e injusta.

-Pero Engel, ahora que son las 8 de la mañana, cuando ya sólo te faltan dos horas para morir, cuando en la bondad de las caras, en el afecto de los saludos, en los maullidos lóbregos del gato, en el rastreo de las voces, y los pies, estás leyendo que la sangre se te hiela, ¿cómo no tiemblas, Engel?

-¿Temblar porque me han vencido aquéllos a quienes hubiera querido yo vencer? Este mundo no me parece justo; y yo he batallado, y batallado ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrazado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella? ¡No, alcaide, no quiero droga; quiero vino de Oporto! -Y uno sobre otro, se bebe tres vasos...

Spies, con las piernas cruzadas, como cuando pintaba para el "Arbeiter Zeitung" el universo dichoso, color de llama y hueso, que sucedería a esta civilización de esbirros y mastines, escribe largas cartas, las lee con calma, las pone lentamente en sus sobres, y una y otra vez deja descansar la pluma para echar al aire, reclinado en su silla, como los estudiantes alemanes, bocanadas y aros de humo. ¡Oh Patria, raíz de la vida, que aun a los que te niegan por el amor más vasto a la Humanidad, acudes y confortas, como aire y como luz por mil medios sutiles! "Sí, alcaide -dice Spies-, beberé un vaso de vino del Rin".

Fischer, cuando el silencio comenzó a ser angustioso, en aquel instante en que en las ejecuciones como en los banquetes todos los concurrentes callan a la vez como ante solemne aparición, prorrumpió iluminada la faz por venturosa sonrisa, en las estrofas de "La Marsellesa" que cantó con la cara vuelta al cielo... Parsons, a grandes pasos mide el cuarto..., vuélvese hacia la reja..., gesticula, argumenta, sacude el puño alzado, y la palabra alborotada, al dar contra los labios, se le extingue como en la arena movediza se confunden y perecen las olas.

Llenaba de fuego el sol las celdas de los cuatro reos, cuando el ruido improviso, los pasos rápidos, el cuchicheo ominoso, el alcaide y los carceleros que aparecen a sus rejas, el color de la sangre que sin causa visible enciende la atmósfera, les anuncian lo que oyen sin inmutarse, ¡que es aquélla la hora!

Salen de sus celdas al pasadizo angosto. "¿Bien?". "¡Bien!". Se dan la mano, sonríen, crecen: "Vamos".

El médico les había dado estimulantes. A Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia a cada uno en su celda; les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero; les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca; abajo, la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso, ¡como en un teatro!

Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se levanta la horca; delante va el alcaide, lívido; al lado de cada reo marcha un corchete. Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien peinado, blanco como su misma mortaja, magnífica la frente; Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si no tuviese miedo a morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa; las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.

Plegaria es el rostro de Spies; el de Fischer, firmeza; el de Parsons, orgullo rabioso; a Engel, que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons; les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y resuena la voz de Spies, mientras está cubriendo la cabeza de sus compañeros, con un acento que a los que le oyen les entra en las carnes;

"La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora". Fischer dice, mientras el vigilante atiende a Engel: "Este es el momento más feliz de mi vida".

"¡Hurra por la anarquía!", dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario las manos amarradas hacia el alcaide. "Hombres y mujeres de mi querida América...", empieza a decir Parsons... Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa, y cesa; Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere; Engel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como una marejada, y se ahoga; Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborilea; y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores”.

EPILOGO

Los funerales de los que ya mismo se empezó a llamar Mártires de Chicago se efectuaron el día 12 de noviembre de 1887.

El ataúd de Spies iba oculto bajo las coronas; el de Parsons, escoltado por 14 obreros que llevaban una corona simbólica cada uno; el de Fischer, adornado con guirnaldas de lirio y clavelinas; los de Engel y Lingg (junto de nuevo a sus compañeros), envueltos en banderas rojas.

Las viudas y los deudos, de riguroso luto, y encabezando el cortejo un veterano de la guerra civil, con la bandera de los Estados Unidos. 25.000 personas asistieron a las exequias y otras 250.000 flanquearon el recorrido.

Durante días las casas obreras de Chicago exhibieron una flor de seda roja clavada a su puerta en señal de duelo.

En 1893, un nuevo gobernador de Illinois, John Atgeld, accedió a que se revisara el proceso. Las diligencias practicadas por el juez Eberhardt entonces establecieron que los ahorcados no habían cometido ningún crimen y que “habían sido víctimas inocentes de un error judicial”.

Schwab, Fielden y Neebe fueron puestos en libertad. La hermana del testigo Waller demostró al juez que todo lo dicho por él era falso y cómo se había comprado su testimonio; se recogieron declaraciones contra el capitán Bonfield, que había manifestado: “Dénme unos tres mil de esos anarquistas y yo sé lo que voy a hacer con ellos”; se probó cómo el procurador especial Rice dispuso la integración espúrea del Jurado y otros delitos semejantes. Pero ya era demasiado tarde. Aquellos inocentes, “víctimas de un error judicial”, estaban muertos.

¿Y del Día de los Trabajadores.., del 1° de mayo..., qué fue en los Estados Unidos?

El dirigente Peter J. Mac Guire había propuesto en 1882 en un mitin de la Central Labor Union, de Nueva York, celebrar el primer lunes de septiembre como “Fiesta de los que trabajan”.

Así nació el Labor Day norteamericano, que se celebró el lunes 5 de septiembre de 1882 por primera vez con un desfile, concierto y picnic
.

Desde entonces, y más aún luego de los sucesos de Chicago, el sindicalismo oficial de los EE.UU. con apoyo del Gobierno, celebra esa “fiesta” cada primer lunes de septiembre y ha ayudado con celo inigualable a los patrones para que millones y millones de trabajadores se olviden del real sentido del 1º de mayo, y hasta de la fecha misma.

Pero no podrán borrar sobre su propio territorio, ni sobre toda la faz de la Tierra, la sombra oscilante de los ahorcados de Chicago.